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La formación docente es considerada hoy la política educativa más urgente y demandada, tanto por la sociedad y el sistema educativo, como por el sector docente. En tanto ésta logre articular sus propósitos con otros componentes que integran la profesión docente, maestros y maestras se sienten más motivados a avanzar en sus propósitos y acciones de cambio. El país, desde décadas, ha realizado esfuerzos para promover la formación docente, cuyos resultados han quedado reducidos a escombros. A la ineficiencia de su perspectiva pedagógica incapaz de sensibilizar y motivar a realizar cambios, se unió el desinterés institucional efectivo por incorporar los sentidos y significados auténticos de los cambios en las prácticas educativas que se operan en contextos reales.

En los últimos años, los esfuerzos que el país hace con apoyo de la cooperación y financiamiento internacional, para transformar y fortalecer la formación docente, están a la vista. Ello hace ver que la estima hacia la formación de maestros y maestras va en aumento, aunque la brecha de necesidades supera, aún con mucho, los esfuerzos institucionales que se hacen al respecto.

Además de la fuerza que muestra la formación docente en todo el país, la contextura conceptual y pedagógica que está asumiendo, posee un enfoque transformador e innovador. La reflexión crítica sobre la práctica y la investigación acción han irrumpido, no sin dificultades ni recelos, en el interior de los contenidos y métodos de formación, por primera vez en la historia de la educación pública del país. En tanto la formación supera el academicismo estéril, asociado a la abundancia de contenidos y la ausencia del debate de las ideas y experiencias alternativas previas del docente, para adentrarse en la difícil y compleja tarea de que sean los propios maestros y maestras que se atrevan a poner en cuestión sus concepciones y prácticas docentes habituales, investigándolas desde patrones metodológicos científicos rigurosos, y contrastándolas a la luz de nuevas teorías y metodologías, se abren las puertas para superar la resistencia a los cambios, gestando conflictos sociocognitivos entre visiones habituales arraigadas y otras nuevas.

Ayudar a maestros y maestras a superar estos conflictos necesarios, se constituye en el recurso dinamizador por excelencia, que produce excelentes propósitos y compromisos de cambio. En tanto activan el pensamiento metacognitivo, capaz de cuestionar qué aprenden, como lo aprenden, qué no están aprendiendo, cómo lo están aprendiendo, qué deben desaprender, qué han aprendido mal, qué y cómo lo aplican, qué no llegan a aplicar, por qué no lo aplican, etc, se abre paso la actividad auto-reguladora a través de la cual toman decisiones valientes de cambio.

Pero surgen múltiples preguntas que deberán ser respondidas con responsabilidad, frente a los grandes costos económicos que supone esta fuerte inversión:

* ¿Llegan estos buenos propósitos y planes de cambio a ser apoyados por la administración educativa de Delegados y Directores de centro?

* ¿Aprovecha la institución como se debe estas oportunidades de formación, percibiendo desde las Delegaciones y Centros Educativos la formación como la mejor inversión de futuro de la educación y no como un gasto incómodo?

* ¿Aprovechan los niveles medios y locales los recursos humanos preparados para que logren conformar redes efectivas, preparen a otros, compartiendo con sus colegas lo aprendido?

* ¿Estos esfuerzos por fortalecer la formación responden a un Plan Nacional de Formación Docente, o tienen una mirada de corto plazo?

* ¿Reconoce suficientemente la institución los esfuerzos que realiza el personal docente por avanzar en su formación, estimulándoles con el justo reconocimiento de un Escalafón actualizado, justo y motivador? (La Ley de Carrera Docente data de 1990 y desmotiva al docente que desea perfeccionar su formación.

* ¿Plantea la institución educativa una política de innovación pedagógica que invada todos los territorios, anime y estimule a los docentes que se preparan, a que emprendan cambios, y genere ambientes psicosociales propicios para que los cambios y mejoras en la calidad educativa se constituyan en el compromiso colectivo de toda la comunidad educativa?

Algunas investigaciones y experiencias que recogen testimonios de personal docente en general muestran que, frente a los resultados alentadores de quienes se forman con una nueva perspectiva de formación, aún se impone la cultura organizacional de la institución, profundamente incrustada en todas sus venas y poros, fuertemente resistente al cambio, dispuesta a avasallar a quienes pretendan cambios e innovaciones.

 La mejor manera de como esta cultura institucional logra imponerse frente a la amenaza de los cambios, es precisamente incorporando el discurso de los cambios de forma, pero atribuyendo a los cambios sentidos y significados falsos y engañosos que acaban imponiéndose, es decir, cambios para no cambiar, cambios que sólo llegan a ser lemas sin ningún compromiso con la práctica. Siendo así, la batalla por el cambio acaba por rendirse, y la gran inversión en formación docente se reduce a un incremento en la deuda pública solamente.

Urge activar políticas que enfrenten esta cultura organizacional encubierta de resistencia, apoyen y motiven la innovación y transformación educativas, y estimulen y promuevan escenarios en los que esta lucha de sentidos y significados, resulte en la creación de oportunidades y espacios en los que sea posible emprender los cambios y transformaciones profundas que requiere nuestra educación.