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En la novela autobiográfica inconclusa de Rubén Darío, “El oro de Mallorca”, se encuentra un autorretrato del panida que es casi totalmente ignorado por el público nicaragüense. Esa obra fue publicada por entregas en el diario La Nación, de Buenos Aires, en 1913-1914. Ahí Darío se nos presenta bajo el nombre de Benjamín Itaspes, un célebre músico que es igual a él en prácticamente todo, a excepción del nombre y la profesión.

De este Itaspes-Darío se nos ofrece una semblanza bastante detallada, tanto de su aspecto exterior como de sus interioridades psicológicas. Se nos dice, por ejemplo, que él rezaba todas las noches su Padre-nuestro, que había conservado, “a pesar de su espíritu inquieto y combatido, y de su vida agitada y errante, mucho de las creencias religiosas que le inculcaron en su infancia”.

El protagonista de la novela se dirige a Mallorca a pasar de lo que se podría describir como una cura de desintoxicación. “Notaba, con gran contentamiento, que no sentía la necesidad de los excitantes, lo cual contribuiría, según los médicos, al completo restablecimiento de su bienestar físico y moral. Aunque se encontraba débil, después de la última crisis que le postrara por largos días, en cama, no recurría a los por toda su pasada vida habituales alcoholes”.

Se aclara que “el quinto y el tercero de los pecados capitales” habían sido los que más se habían posesionado desde su primera edad “de su cuerpo sensual y de su alma curiosa, inquieta e inquietante”.Luego aduce que, debido a lo contradictorio y amargado de su destino, el había encontrado un refugio en esos “edenes momentáneos”, cuya posesión traía después irremisiblemente “horas de desesperanza y de abatimiento”.

Dentro de la novela, el alter-ego de Darío conoce a una apetecible divorciada de origen francés, con la que rápidamente entabla un romance. A ella le cuenta sus desventuras y sus sueños, y encuentra que sus confidencias son bien recibidas. La acción de la novela es lenta y la acción es mínima (paseos, almuerzos, conversaciones, etc.). Lo importante parece ser describir ante todo la personalidad del autor-narrador. En cuanto a su morosidad, la obra se parece a las novelas de Henry James.

El músico-poeta hace un repaso de su vida y recapitula. “Se encontraba a los cuarenta y tantos años fatigado, desorientado, poseído de las incurables melancolías que desde su infancia le hicieron meditabundo y silencioso, escasamente comunicativo, lleno de una fatal timidez, en una necesidad continua de afectos, de ternura, invariable solitario, eterno huérfano, Gaspar Hauser”. Como se sabe, Gaspar Hauser fue un adolescente alemán famoso en Europa por el misterio en torno a su origen y a su muerte. Su carácter era el de un niño salvaje, por lo que se sabe que creció en cautiverio en completo aislamiento.

Continúa Darío diciendo: “Su salud física, hasta entonces robusta, empezaba a decaer. Ni en su infancia, ni en su juventud había hecho ejercicios musculares. Su aspecto era de un hombre fornido y bien plantado, pero su debilidad era extrema. No había frecuentado gimnasios, ni hecho servicio militar, ni se había dedicado a deportes. Y sobre esto, desde su adolescencia, pasada en climas ardorosos y gastadores, había sido el enemigo de su cuerpo a causa de su ansia de goces, de su imaginación exaltada, de su sensualidad que complicó después con lecturas e iniciaciones, su innato deseo de gozar del instante, con todo y su educación religiosa. Un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior. En sus angustias, a veces inmotivadas, se acogía a un vago misticismo, no menos enfermizo que sus exaltaciones artísticas. Su gran amor a la vida estaba en contraposición coan un inmenso pavor de la muerte. Era esta para él como una fobia, como una idea fija. Cuando ese clavo de hielo metido en el cerebro le hacía pensar en lo inevitable del fin, si estaba en soledad, sentía que se le erizaba el pelo como a Job al roce de lo nocturno invisible”.

Darío reconoce que tenía “instintos y predisposiciones de archiduque”, y se resiente de “Tantos años errantes, con la incertidumbre del porvenir.” Se declara “amigo de bien parecer, de bien comer, de bien beber y de bien gozar como era; cansado de una ya copiosa labor cuyo producto se había evaporado día por día; asqueado de la avaricia y mala fe de los empresarios, de los «patrones», de los explotadores de su talento”. Luego expone sus inquietudes ante la perspectiva de la senectud: “se veía en vísperas de entrar en la vejez, temeroso de un derrumbamiento fisiológico, medio neurasténico, medio artrítico, medio gastrítico, con miedos y temores inexplicables, indiferente a la fama, amante del dinero por lo que da de independencia, deseoso de descanso y de aislamiento y, sin embargo, con una tensión hacia la vida y el placer -¡al olvido de la muerte!- como durante toda su vida.”

Nos explica que “por rencillas inmediatas, consecuencia de un matrimonio forzoso, sus padres se separaron, y él fue educado por una tía materna. Ingrata suerte -se decía. Educación de mujer... Quizá de allí vienen mis caprichos, mis debilidades, mis exasperaciones nerviosas, mis creencias en lo extraordinario, mis supersticiones... Educación de mujer, cariños, rezos, a veces latigazos... Aquella vieja casa, donde por las noches, después de pasado el crepuscular vuelo de los murciélagos, se oía el especial siseo de las lechuzas, y en donde se aseguraba que ‘espantaban’... La visión imborrable de la bisabuela, una anciana paralítica que se mantenía en un sillón moviendo la cabeza... El recuerdo de los continuos sustos, al hallar en las camas de cuero, al tiempo de ir a acostarse, alacranes y ciempiés…”

Más adelante, agrega lo siguiente: “Después, el despertar de su pubertad en el colegio, los estudios mal seguidos, un tiempo de internado en un establecimiento que había sido antiguo convento de franciscanos y donde era sabido que también aparecían fantasmas, aun de día, entre las viejas piedras terrosas... “
Afirma haber visitado en sus viajes “templos, conventos y oratorios”, y menciona el hecho de haber hablado en Roma con el papa. Pero admite que era un creyente inconstante. “Solamente en sus amarguras, desengaños y resoluciones, volvía el corazón y la mente a lo infinito, y hablaba con Dios como con un padre desconocido, sin forma, sin idea de él fija, pero que debía estar en todo el Universo, como se dice, en esencia, presencia y potencia”.

Nos refiere que, cuando estaba un día rezando en la catedral de Nuestra Señora de París, se vio tentado por el Demonio. “Pero hasta en el mismo templo y en el instante de la plegaria, llegaban a perturbarle y a hacerle sufrir ideas de negación y de pecado, visiones de un erotismo imaginario, ultranatural y hasta sacrílego”.

Afirma luego este Hitaspes-Darío haber “encontrado el vaso poluto”, aludiendo al hecho de que su esposa resultó no ser virgen. Y habla de “un detalle anatómico que destruiría el edén soñado”. Y nos revela que ese hecho lo marcó para siempre, dejándole un trauma. “Una ausencia larga lograría traer el relativo olvido. La distancia y el peso de los años trajeron mayor solidez al juicio, a ese respecto. Se arrancó la imagen amada de su interior santuario poético. O, mejor dicho, si no arrancó del todo, puso sobre ella un velo que obscurecía el despecho. Nuevas figuras alegraron el paso de su primavera. Su juventud tenía aún muchas vías por donde ir hacia el cumplimiento de su destino, coronado de rosas. La música le abría siempre las puertas de su paraíso. Y en otras tierras fue confortado por flamantes esperanzas”.

También describe su regreso a Nicaragua, en el año 1907. “Había vuelto a su país natal y su llegada fue la de un conquistador. Su renombre en naciones extranjeras enorgullecía a la patria. Sus obras musicales se propagaban. Era profeta asimismo en su tierra al parecer. Volvió a ver las ciudades de su infancia, los espectáculos de la naturaleza en aquellas regiones tórridas. Lo miraba todo con ojos de extraño, aunque conservaba el cariño por el lugar natal, por todo lo que le traía los recuerdos de su primera edad. Con tan dilatado alejamiento había todo para él cambiado tanto, aunque el aspecto de las ciudades y pueblos fuera más o menos el mismo de antes”.

Como hemos visto, esta agotada y olvidada novela contiene diversos elementos que nos aclaran la personalidad de Darío, los cuales no se atrevió a revelar en su auto-biografía, pero sí lo hizo bajo la máscara de la ficción. Esos datos han servido a otros novelistas para recrear la vida de Darío en ficciones recientes. Hemos creído importante por lo tanto que el público nicaragüense conozca esta valiosa fuente bibliográfica, de la cual hemos transcrito aquellos pasajes más reveladores.