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Me ha llamado la atención un escrito de Francisco Xavier Chamorro sobre el “desarrollo”, que se sale del victimismo habitual: “Buscar nuestro propio modelo de desarrollo” (END 12-agosto). Propone aprender de los “tigres de Asia”, que han sido capaces de un “acuerdo” de sus fuerzas políticas, económicas y sociales en un “plan a largo plazo para sacar a sus ciudadanos de la pobreza”. Estoy de acuerdo en que se debe buscar alternativas al idealizado modelo de desarrollo centroeuropeo de posguerra.

En el desarrollismo de los sesenta, la Cepal proponía a los “países subdesarrollados” la receta del “milagro económico” de las grandes potencias: aumentar la masa salarial con el Gasto Público, para estimular la demanda de consumo. Así, se puso en marcha la “integración regional” sin aranceles aduaneros, y la exención fiscal a la inversión industrial extranjera, atraída con el proteccionismo del Mercado Común Centroamericano (un dentrífico fabricado en C.A. sería más caro que otro similar comprado en México, por la escasa “extensión” de la demanda centroamericana). Porque la Cepal propició la industria de sustitución de importaciones, en lugar de potenciar la industria de transformación de productos naturales para exportar que entonces toparía con el proteccionismo de las potencias.

Sin embargo, con el MCC se modernizó la región, ya que en el contexto de la Guerra Fría y la “Alianza para el Progreso”, se sumó el crédito exterior para la agroexportación; más el crédito para Gasto Público en infraestructuras y servicios, con lo cual aumentó la “distribución del ingreso”. Así se enfrentó el Primer Mundo al modelo de “desarrollo” que el Segundo Mundo ofrecía a los “países no alineados”.

Pero en los setenta llegó el ajuste “fondomonetarista”, de reducción del Gasto Público en servicios, al que se sometieron gobiernos como el de Oduber en Costa Rica y el de Somoza en Nicaragua. Esta política económica contra la inflación, secuela del “desarrollismo” de la inversión pública, redujo la masa salarial para disminuir la presión sobre la “demanda”, estabilizar el valor monetario y proteger el interés de los “saldos bancarios”. Dicho con palabras del ministro chileno de Exteriores en la Asamblea de la ONU de 1974: “representaba un sacrificio social”; pues, Chile fue el laboratorio del monetarismo, como apunta el financiero Georges Soros en “The crisis of global capitalism” (versión española Madrid, 1999). Aunque ya el Secretario del Tesoro de Nixon, Donald Kennedy, había expuesto la política monetarista ante el Congreso en octubre de 1969 (Manuel Fernández V.: “Los recursos sociales, el capital corporativo y la reforma del Estado”; Barcelona, 2000).

En 1978 se sintieron los efectos de la desregulación del transporte aéreo por la Administración Carter; después vino el Estado de servicios “mínimos” y privatizados (de la ideología de “Libertad de elegir”, de Milton Friedman; versión española, 1981). Y la posterior desregulación financiera, que Joseph Keith, cerebro del tatcherismo, había anticipado con el “mal inglés” (ganancias en el distrito financiero londinense con depresión en las ciudades industriales; como en Sunderland, una vez deslocalizadas sus acerías en Corea por los bajos salarios, pero que marcaban ganancias en los bancos de la City).

Las consecuencias del ajuste “fondomonetarista” fueron la “década perdida” de América Latina y el incremento de la desigualdad social, con la doctrina del “estado de seguridad nacional”. La deuda pública latinoamericana se volvió insoportable por causa del estancamiento económico, y se vendieron o “privatizaron” los bienes públicos a precio de guate mojado. Pero los capitales latinoamericanos aprovecharon la privatización de propiedad estatal, una imposición fiscal reducida y los servicios públicos “minimizados”. Un simple dato, para 2005, Sao Paulo, en Brasil, tenía la mayor flota de helicópteros de ejecutivos en una sola ciudad con 500 aparatos en vuelo. La supuesta necesidad de este medio de transporte refleja la riqueza de sus capitales, pero muestra la inseguridad de sus calles y su mala circulación rodada. Tres aspectos del “desarrollo” de una potencia emergente en la década de 2000 que se pueden observar a escala en Managua o las capitales de los “tigres de Asia”.

Esto contrasta con la idea de “desarrollo” del sistema de “bienestar social” del paternalismo de Estado de la Guerra Fría, ahora en crisis; porque ya no existe la polarización de sistemas económicos y políticos a la que respondía. Observen cuatro casos representativos de su disfunción: un profesional divorciado, que se queda sin vivienda y sólo una parte del sueldo, del que sigue pagando 40-50% en impuestos, si solicita la ayuda del Estado para vivienda, se encuentra con que no reúne los requisitos, pero tendría más “puntos” si delinque y se droga. En los barrios obreros sufren a vecinos adaptados, ya por tercera generación, a las subvenciones de “marginados sociales”; viven de los impuestos del trabajador y se comportan como lumpen contra el trabajador. Un desempleado con hijos, cuya familia no sale adelante con el salario de la madre, en el sistema estatal de asignación de empleo, pierde si compite por un puesto con un hijo de familia acomodada que consigue un certificado de “discriminación positiva”. Ha aparecido una generación de empleados públicos interinos que llevan años como sustitutos; y están formando una clase inferior de empleados públicos, sin recibir solidaridad de los funcionarios (por ejemplo: una enfermera con contrato fijo, cuando toma un excedencia para ir de voluntaria al “tercer mundo”, lo puede hacer porque una interina peor pagada ocupará su puesto con un contrato temporal).

El “Estado del bienestar” se lo ha apropiado un estamento de funcionarios con sus burocracias sindicales y, en combinación con los partidos políticos que también son funcionariales, hacen las leyes a su propia medida. Ellos deciden cómo se invierte en sus prestaciones salariales el presupuesto de un hospital o del transporte público. Gestionan la enorme partida del gasto público de la mano con los dirigentes de los partidos; y hasta la ley de la “declaración de la renta” está calculada por y para ellos. Esto explica por qué las ayudas sociales benefician más a la clase media que a los obreros y empleos bajos.

Por eso, en esta crisis, nadie lamenta que les resten salario a los funcionarios. Y menos aún los trabajadores de empresa privada con salarios y prestaciones muy inferiores al funcionariado; ellos ven el sindicalismo como parte de la burocracia del paternalismo de Estado, que funcionó para combatir las tendencias de izquierda en Europa Occidental. No es un modelo de “desarrollo”.