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La vida está dura me dice mi amigo que ha vuelto al país, cansado por la bruma de un lugar europeo. Muy claro tiene que, los osos, no son nuestros famélicos perros de las calles perdidas. El hambre campea en todas partes, peor, es la suerte, que no desfila conmigo en las largas filas de las oficinas de empleo, reclama. Es la aparente calma que incita a vengarse de uno mismo. Te lo digo brother, es para volverse loco, lejos de la familia, apartado de los amigos, y con un barril sin fondo a cuestas, que son las promesas, los pretextos, los encargos, las traiciones, las lucecitas que no acaban de encender, y más promesas incumplidas, las que escarban a diario nuestro cerebro que ya no da más, y quiere rompernos el cuerpo. Lo cierto es que no se puede vivir de la fatalidad ni con la vanidad. Es el juego de las apariencias la que persigue nuestra inconstancia, nuestro desbocado dolor de no tener un trabajo, ni la mínima expresión de reforzar la identidad, que también se cansa por no saber dónde acostar las costillas y la cabeza. En esto coincido cabalmente con mi amigo y se agrega al refrigerio de pobre, su mujer, una canadiense enjutada de aretes y cigarreras vacías. Su voz de templo indiscreto, pone la diferencia en nuestra plática de ensayo, pues, todos estamos en busca de un pedazo de optimismo, que se ha roto por la imprudencia de un martillo que nos acusa, que es la realidad.

Mi amigo, revisa papeles entre pulgas y garrapatas, con la apremiante velocidad de la luz, quiere recordar rostros, voces, un lugar donde sentarse a esperar que el tiempo se lo devuelva todo, así, organiza sueños en el pequeño vecindario, donde agita más, el sonoro ruido del absurdo, y se declara aburrido, al momento de conocer los planes de un futuro que insi tu hostiga y destripa.

La vida está dura en todas partes. Hasta, el aire está en cuatro patas, casi a coro repetimos. Los países se llenan de papeles y firmas y los presupuestos quedan. La sangre se pasea rústica, muy parecida a un manicomio en los periódicos matutinos. Dice mi abuela, que el pan se quema en cualquier horno, y nadie puede disimular que olvida, si la memoria se cruza harapienta de frente en frente en cualquier calle, como un vicio sucio.

Uno se pregunta cómo suplir el diario de la casa, si en algunas pulperías, poco a poco se instala el arribismo. Mentir es la cosa más sencilla, y fluye cínica por cualquier garganta. No todos los días llueve en el cielo. Mientras, la pulpera duerme tranquila, la mujer jefa de familia, no tiene velas que encenderle al santo milagroso. Pero, no todo es coincidente con el clamor popular. La vida espulga otros destinos, y otros avatares se complican bajo el insomnio de la inexplicable tardanza de la esperanza. Me distraigo, y cuando me recupero y vuelvo a la normalidad, el equilibrio es un cartel amigable, que endurece su voz y me grita que no hay vacantes.

Salgo a la calle a buscar al hombre, que tiene los oídos bien abiertos, al juicio de la justicia, ese es mi contacto, con ese quiero mover las montañas, y sentirme que estoy de regreso en mi propio país. No quiero ser sustituido por los papeles enmascarados, que me obligan a ceder ante el cansancio. Este país es mío, por los cuatro costados y sus reveses. Por el candor y la pena de las suspicacias, que cortan fino el borde de los imprevistos. La vida también es una esquina en desventaja, cuando el sol se niega a salir en mi patio. Es, el cambio climático nuestro torturador inmediato.

No es lo mismo, que la verdad tenga por enemigo un camino, a que la rabia despotrique sobre los ojos de un niño, que se ha perdido en su propio sendero. Son cosas, que en mi oído rechinan, dan vueltas, golpean puertas, duermen en los puertos tristes, y cuando ya nadie escucha se queda en mi frente, como una aguja que se marchita en la boca de un gusano.

Mi Matagalpa nunca se ha ido de mis brazos. Los atardeceres en Río Blanco, los tengo clavados en mis pulmones. Mi estómago hambriento, se ha recogido desde lejos, en el parque central de la ciudad. Chico Navas, me señala lo pesado que son ésos años. Mis otros primos, se hicieron viejos cortando cebolla a pasos lentos. Lo imposible, se partió las manos de asfalto, en las tierras frías. Nunca fui, ni seré, el espía resentido, que no encontró tus piernas.

Entre goles, bisnes, sorpresas a caballo o en hommer, trapos oliendo a leche agria, aplausos, limones conmovidos, doncellas, viudas rechonchas y hormigas buscando un rincón en los mil pedazos de un queso, este día, hediondo a orín, se acomoda en cualquier parada en busca de trabajo.