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Desde su escondite, en la estrechez oscura de un lugar secreto en un apartamento de Ámsterdam, un día de 1942, una niña veía por un hueco de luz a las ramas de un árbol que rozaban su ventana. Parecía estar ahí para saludarle, recordándole el paso de los días, informándole del cambio de las estaciones, hablándole como hablan los árboles de la vida. La niña escribía de él en su diario porque era lo único que podía contemplar del mundo exterior, un diario que le regalaron por su cumpleaños y en el que volcó sus miedos, su empeño por vivir. El árbol se hizo célebre gracias a ella así como su diario, el diario más famoso del mundo. Era Ana Frank.

Perdónenme si les suena a superstición que crea que las casualidades suceden por algo, como mensajes en una botella que la vida te hace llegar de vez en cuando. Es algo fantasioso, lo sé. Pero miren, hace algo más de dos años, tras una escala en el aeropuerto de Ámsterdam, escribí en estas mismas páginas un artículo con el mismo título de hoy. Leí en la prensa local que frente la casa en la que se escondió la niña Ana Frank de la persecución nazi, estaba aún en pie el árbol que ella refería. Era el ser vivo que le mantenía la esperanza.

Al cabo del tiempo, Ana Frank, junto a los miembros de su familia, salvo el padre, fue apresada y enviada a un campo de concentración donde murió como una más de los seis millones de judíos exterminados por la Alemania de Hitler y de la locura.

Entonces me llamó la atención que el famoso árbol, un castaño de ramas peladas, estaba en riesgo de caerse y la alcaldía de Ámsterdam iba a gastarse 50.000 euros para mantenerlo en pie con unos remaches de hierro. Pensaban que podía durar unos cinco años y pronosticaban que en cualquier caso acabaría cayéndose. En aquel momento, me pareció un gasto ciertamente inútil si de todas maneras se sabía que no se mantendría mucho tiempo más, pero la carga simbólica sentimental e histórica que el castaño representaba hacía que nadie cuestionase el gasto. Esta semana volvió a ser noticia, no de grandes titulares, sino de breves informaciones que pasan desapercibidas. No llegó a los cinco años. El otro día una tormenta veraniega lo arrancó de cuajo. De lo que Ana Frank logró ver en sus últimos años de vida ya no queda casi nada. A pesar de que aquel árbol representaba las cosas más bellas que se le ocurrían a a Ana no pudo sobrevivir para verlo por más tiempo. Su sentido de la belleza, su pasión por la vida no pudo vencer a su tiempo de locura y violencia.

El mismo día que me entero de la caída del árbol de Ana Frank, que era un testimonio vivo de las esperanzas frustradas de generaciones enteras a las que no llegó a salvar ni la buena voluntad ni la cordura, mi amiga Blanca me envía una foto por mail de un árbol en la Jean Paul Genie que ella solía mostrar a sus nietos y al que piropeaba por su grandeza, su orgullosa manera de enseñar lo que la naturaleza hace posible incluso en una ciudad como Managua. Durante muchos años, ha pasado por el lado de ese árbol, lo ha fotografiado con toda su majestuosidad, y le ha servido para hablar de los cambios que en él se producían a sus hijos y nietos. Era su árbol, y me atrevo a decir que un poco también una partecita de su esperanza. Y lo han arrancado de cuajo. Ella supone que ha sido causado por un acto vandálico, pero bien pudiera ser que le hubiera ocurrido como al árbol de Ana Frank, que lo hubiera caído una tormenta, en este caso, de invierno.

Es muy conocida la anécdota que Saramago contó de su abuelo, que al saberse morir y antes de marcharse para siempre al hospital se abrazó uno a uno a los árboles de un pequeño campo que tenía para despedirse de ellos como a viejos amigos. Y lo entiendo. Conozco un mango que me ha causado muchos desvelos a base de arrojarme sus frutas al techo especialmente por la noche, pero que se me hizo tan compañero que me dolería mucho volver y no encontrarlo.

Me admira la gente, no sé por qué pero especialmente son mujeres, que le hablan a las plantas. Dicen que es verdad, que funciona, que las plantas que parecían mustias, en muchas ocasiones reviven, como si se alimentasen también de palabras.

El árbol de Ana Frank aguantó mucho más tiempo, acaso sabiendo que iba a contener su memoria. Ana sucumbió ante los nazis y su árbol a una tormenta de verano. El árbol de Blanca no pudo con la violencia o con el invierno. Uno no sabe lo que un árbol puede hacer que se cuente. Son cosas que no parecen importantes, como si un día alguien le regala a una niña un diario por su cumpleaños. La niña permanece dos años escondida, sin poder tener contacto con el mundo salvo por ese árbol que le saludaba en la ventana. Qué nos podría contar una niña sin vida exterior. Quién podría imaginar que en ese diario iba a escribirnos a nosotros, y que iba a ser un diario precisamente del mundo.

No. No puede ser casualidad que dos árboles se caigan, en especial dos que contenían tantas miradas y tanta esperanza. Qué poco afortunado estuvo Rubén Darío al decir que el árbol era “apenas sensitivo”. Solitarios, enormes, no necesitaron mucho de nadie, y sin embargo vivieron la maravilla espontánea de encontrar a algunas personas que entendieran su lenguaje. Una niña judía en Ámsterdam, una amiga en Managua, mi madre hablándole a sus macetas, una comunicación entre seres vivos de distintas maneras de sentir. Lenguajes secretos. Tal vez es eso que causa cierto asombro, al verlos así, caídos, sin esperanza y, a pesar de todo, como las plantas cuando escuchan a punto de morir una voz humana, y se empeñan en seguir viviendo. No es casualidad que se parezcan tanto a nosotros.


franciscosancho@hotmail.com