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Escribo—como decía Sartre—para dar a mis críticos la oportunidad de refutarme. Pero creo que no lo han logrado hasta ahora, y por eso reitero todas las tesis planteadas anteriormente.

1) Se queja Sergio García Quintero de que no entendió una expresión mía en inglés. Yo le diría que le conviene estudiar inglés, pues es un idioma importante. Pero le aclaro el sentido: “to spread oneself too thin” equivale aproximadamente a querer abarcar mucho y apretar poco. Es cierto que Darío incursionó en temas ajenos a la cultura, que era su especialidad. Lo hacía para cumplir sus compromisos con el diario La Nación, para el cual trabajaba como cronista y corresponsal en Europa. Es cierto que leer el libro “Los Raros”, por una serie de razones, resulta hoy en día bastante difícil. Intenté hacerlo yo mismo y el libro “se me cayó de las manos”. Invito a mis críticos a que intenten leerlo y me comuniquen el resultado. Hay algo más: en la segunda edición del libro (1908), Darío reconoció que sus gustos habían ya cambiado y que muchos de esos escritores que ahí figuran habían dejado de ser sus favoritos. Estoy de acuerdo en que algunos de los autores que figuran en “Los Raros” (más o menos la mitad) siguen vigentes, pero la visión dariana de los mismos ha sido superada. Por ejemplo, Darío no conoció el psicoanálisis, el cual hoy en día es una herramienta muy socorrida de la crítica literaria.

2) El alcoholismo o dipsomanía de Darío se ha demostrado hasta la saciedad y él mismo fue el primero en reconocerlo. En una carta le confiesa a un amigo que “antes me bebía un whisky cada media hora. Ahora lo hago cada cinco minutos”. Intentó varias curas de desintoxicación y escapó de morirse varias veces por excesos en el consumo de las “nepentes”. Eso lo cuenta en su autobiografía y también, en forma novelada, en “El oro de Mallorca”. También cayó en narcisismo, hedonismo y aristocratismo, pero todas esas debilidades son “peccata minuta” (pecados menores), y completamente insignificantes, en comparación con los aportes que hizo a la literatura. La intención de mencionar esos datos NO ES rebajarlo ante la opinión pública, sino conocerlo mejor. Estoy convencido de que las virtudes y los vicios de una persona se complementan, de manera dialéctica. El psicoanálisis presenta al “yo” como un ente dinámico, que se encuentra permanente desgarrado por impulsos contradictorios.

3) Está comprobado en los mismos escritos del panida que Darío cayó en veleidades racistas. Lease por ejemplo, en su libro “Viaje a Nicaragua”, un pasaje donde se congratula de que en Panamá hayan puesto dos clases de servicios higiénicos, uno para negros y otro para blancos. Cito también al respecto el artículo de Erick Aguirre que dice: “Concluye (Rubén Darío) que el rechazo a la raza negra por parte de las otras razas (sajones, latinos, celtas) es «natural» y «bello», y que el linchamiento de negros, ante esas circunstancias, está plenamente justificado” (“Segregacionismo dariano”, EL NUEVO DIARIO, 20 de abril de 2002).

4) Argumenté mi afirmación de que Darío tropezó con la cursilería citando una estrofa. Refutan mi afirmación, pero no aclaran si la estrofa citada les parece o no una caída en la cursilería. Hay otro ejemplo: “los suspiros se escapan de su boca de fresa” (“Sonatina”) se consideraría hoy un verso inaceptable, o en el mejor de los casos cuestionable, por sus connotaciones cursiloides.

5) Es cierto que la poesía rimada, en la actualidad, se ha refugiado en el género bufo, y que dragones, hadas, gnomos y pegasos (a los que era aficionado Darío) se han refugiado en la literatura infantil. Los tiempos cambian y los gustos no son los mismos de hace cien años o de hace incluso cincuenta años. Hoy la literatura tiende a mostrar el desgarramiento, la incertidumbre, la desesperanza del hombre ante un mundo que se le ha vuelto ajeno, y la simple musicalidad no se considera suficiente para reivindicar a un poeta. Pero, aunque Darío pierde relevancia como poeta, hoy la crítica lo reivindica como estudioso, pensador o investigador visionario de diversos fenómenos de tipo socio-cultural. Es decir, que su nombre está lejos de caer en el olvido.

6) García Quintero tergiversa mis afirmaciones, porque yo reconozco el mérito de José Jirón, como incansable rescatador de “Documenta rubendariana”. Lo que critico de él únicamente es su Dariolatría, que me sigue pareciendo un soberano disparate. Recordemos que la idolatría es considerada un pecado por la iglesia católica, a la que pertenecía el propio José Jirón.

7) Es cierto que la poesía de Darío ha entrado en un proceso de caducidad. Nicasio Urbina reconoce que Darío “ha perdido lectores”. Octavio Paz señala que Darío “es el menos actual de los grandes modernistas” y también dice que “En su tiempo ‘Azul’ fue un libro profético: hoy es una reliquia histórica”. G. Schmigalle habla del “problemático tema de la vigencia de Darío”. Y así sucesivamente. Mi posición es que de Darío se salvan ante todo un conjunto de fragmentos iluminados, que brillan como diamantes pulidos, los cuales fueron escritos en verso y en prosa.

8) Es absolutamente falso que el tono de mis tesis sea burlesco o sarcástico. Nunca se me ocurriría tomar una actitud de ese tipo. Hablo de Darío sin reverencia, porque lo veo con naturalidad, como un amigo y como un hermano. Yo también soy escritor, y por eso creo que lo entiendo bastante y puedo establecer con él cierto grado de empatía. Mis planteamientos están escritos con la máxima seriedad y también “most earnestly”, como dirían mis amigos estadounidenses. (Dejo como ejercicio al doctor García Quintero buscar el significado de esa expresión).

9) Termino con esta consideración: la vigencia de un Darío deformado, sanitizado y taxidermizado es parte del proyecto cultural de la burguesía, el cual tiene una naturaleza alienante, paralizante y arcaizante. Rescatar al Darío de carne y hueso, con sus luces y sombras, es la actitud verdaderamente progresista y esclarecedora.