Jorge Eduardo Arellano
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El 27 de marzo próximo se cumplen cincuenta años del estreno, por la Universidad Nacional de Nicaragua, del régimen autonómico. En “La Gaceta” Nº 73, año LXII del 27 de marzo de 1958, apareció publicado el Decreto con fuerza de Ley Nº 38 de la Presidencia de la República, “Ley Orgánica de la Universidad Nacional de Nicaragua”, que el Presidente, Ing. Luis Somoza Debayle, rubricó el día 25 de ese mismo mes, en respuesta a las constantes y valiosas gestiones del entonces Rector, Dr. Mariano Fiallos Gil, “Padre de la Autonomía Universitaria”.

Efectivamente, tal Decreto, aprobado y promulgado por el Poder Ejecutivo en receso del Congreso Nacional de la República, otorgó a la Universidad Nacional autonomía docente, administrativa y económica. En ese momento, trascendental para la evolución de la educación superior en Nicaragua, cristalizaron las luchas y aspiraciones de varias generaciones de jóvenes universitarios que, con plena conciencia de su responsabilidad y con clara visión de lo que debe ser una verdadera Universidad, habían mantenido constantemente enhiesto el caro ideal de la Autonomía Universitaria.

Circunstancias políticas adversas no permitieron por mucho tiempo que aquel clamor, cada día más acentuado, fuera escuchado por quienes tenían en sus manos los destinos de nuestra Alma Máter. Precursores de este movimiento patriótico del universitariado nicaragüense, fueron los líderes de las jornadas de 1944-47, quienes ante las violentas intervenciones del Ejecutivo en la vida de nuestras universidades, proclamaron repetidas veces la necesidad de separar del engranaje estatal la dirección y administración de las Casas de Estudios Superiores. Un grupo de militantes en aquel movimiento, enarboló como lema la frase siguiente: “Luchamos por una Universidad Central, Autónoma y Popular”.

La falta de autonomía había conducido al Alma Máter a un completo estado de vasallaje en relación con el Poder Ejecutivo. La política partidista se había entronizado en ella y la juventud asistía al espectáculo doloroso e irritante de una Universidad que, perdido ya todo respeto e ignorado el verdadero concepto y misión de lo que debe ser una auténtica Universidad, se dejó arrastrar hacia posturas serviles y bochornosas.

En la década de los años 50 surgió en la Universidad Nacional, en León, el grupo CEJIS (Círculo de Estudios Jurídicos y Sociales), que retomó el reclamo por la autonomía. Como era imperativo transformar el régimen jurídico de la Universidad para lograr la autonomía el grupo, auxiliado por el doctor Mariano Fiallos Gil, entonces catedrático de Criminología y Filosofía del Derecho, redactó, en 1955, un “Proyecto de Ley Orgánica de la Universidad Nacional”, que fue amplia y favorablemente comentado por la prensa nacional. El proyecto fue presentado a la consideración del gobierno, de las autoridades universitarias y de la ciudadanía en general. Las autoridades universitarias de entonces se opusieron al proyecto estudiantil.

En 1955, el Centro Universitario (CUUN), máximo organismo de los estudiantes, creó un “Comité Permanente Pro Autonomía Universitaria”, del cual fue nombrado presidente, quien suscribe este artículo. Este Comité desarrolló, en el curso del año 1955, una intensa campaña a favor de la aprobación del Proyecto de Ley preparado en 1953. En el mes de octubre de 1955, el Comité consiguió la colaboración del Diputado al Congreso Nacional, doctor Eduardo Conrado Vado, para presentar, por su medio, el Proyecto de Ley Orgánica ante la Cámara de Diputados.

La aplanadora de la mayoría liberal de la Cámara de Diputados aplastó el proyecto estudiantil. Años después, en 1957, cuando el Presidente Luis Somoza tuvo el acierto de designar al Dr. Mariano Fiallos Gil como Rector de la Universidad, éste condicionó su aceptación al otorgamiento de la autonomía universitaria en un breve plazo, lo cual consiguió, con el respaldo de toda la comunidad académica. El Presidente de la República la decretó el 25 de marzo de 1958, fecha que marcó un hito en el desarrollo de la educación superior del país. Este acontecimiento fue calificado entonces como “el suceso más trascendental de la cultura nicaragüense, desde la independencia”.

La autonomía desempolvó y revitalizó los viejos claustros, sacó la Universidad del arrinconamiento provinciano donde el gobierno intencionalmente la había situado y le permitió colocarse, como correspondía, en medio de la vida nacional, preocupada por su acontecer. Gracias a la autonomía y al magisterio del Rector Fiallos Gil, la Universidad adquirió conciencia de su elevada misión y responsabilidad en el seno de la sociedad nicaragüense y se aprestó a cumplirla.