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“La Juventud –dice Carlos Martínez Rivas- no tiene donde reclinar la cabeza. Su pecho es como el mar, que no duerme de día ni de noche, y derrama en el suelo su futuro. Trato de denunciar algo sin un significado cabal. El mundo está vacío como un infierno ocioso abandonado por los demonios. Si esta noche, quisiera el alma hundirse en la infamia hasta el fondo y, desde allí, intentara hundirse aun más hondo, no podría. La ola tumultuosa de los tontos la ha atrapado. Y danza al son del castañeteo de los dientes, en las traiciones de las que sólo el olvido nos defiende. Un grifo vierte el tedio, aquí, abajo, donde enronquecemos discutiendo.”

Es una versión libre y resumida, de la desolación nihilista que trasmite en su poesía Carlos Martínez Rivas, que refleja la pérdida inútil de energía de un pueblo que avanza hacia el desorden. Y contra el cual, con plena lucidez de militante socialista, me rebelo.

La juventud encierra las potencialidades del pasado y las perspectivas del futuro. Con relación a las potencialidades, las generaciones mayores cargamos la responsabilidad social por las condiciones objetivas y subjetivas desastrosas que heredamos, en este país, a la juventud. En nuestro caso, nuestros hijos han recibido una sociedad precapitalista en bancarrota, que ha fracaso ante los retos planteados por la modernidad. De manera, que transmitimos a los jóvenes el deber de alcanzar aquellos objetivos sociales que nosotros incumplimos. Subjetivamente, las consecuencias del estancamiento económico y del retroceso de nuestra consolidación como nación (que no ha conseguido desarrollar un programa democrático para liberar de trabas a las fuerzas productivas, especialmente, en el agro), se manifiestan en la atomización individual, en la desintegración social que culmina de la forma más trágica con el porcentaje de población más alto, a nivel mundial, que abandona definitivamente su país (más allá del 20 % de los ciudadanos).

Este porcentaje de la ciudadanía, mayor que el de cualquier país en guerra, huye de Nicaragua para siempre porque reniega de una realidad sin esperanza (a pesar de los inmensos recursos naturales). ¿Entonces, la falta de perspectivas, que se consolida con una desigualdad creciente, puede crear, para un sector de la sociedad, una situación peor que la guerra?

Efectivamente. Cuando se lee a Manolo Cuadra o a Emilio Quintana, se percibe de primera mano, en la mejor literatura del país (escrita a trazos de machete), el drama humano cotidiano de quien debe emigrar para no sacrificar su dignidad, aunque con mucha hombría consiga, apenas, un sustento miserable en las bananeras de Costa Rica. El coraje silencioso, con el que el asalariado consigue diariamente cada mendrugo que lleva a su boca, es mil veces más útil para las transformaciones sociales, que las gestas militares ruidosas que caracterizan nuestra historia. A pesar que la liturgia de la pequeña burguesía, por su afición ideológica a mistificar la temeridad del duelo, le invoque al riesgo de morir himnos de alabanza eterna, como si la victoria militar de una casta sobre otra, fuese el cambio necesario.

El coraje solidario, en cada fábrica, enclave o mina, forma células del tejido social que mantendrá con vida una sociedad donde prime el interés colectivo sobre los privilegios individuales. Hoy, en Chile, nuestros 33 mineros atrapados –por vez primera, sin un patrón al lado- comparten en orden riguroso, de absoluta solidaridad, cada cucharada que les mantiene en vida, sin que un oportunista miserable arrebate la valiosa ración de otro. En el fondo de la mina se ha creado una sociedad extrema, con una legislación totalmente solidaria y sencilla, donde no existe la discriminación ni la intriga. Después de dos semanas de encierro completo, en un ataúd sin salida, donde la muerte con las cuencas abiertas sobre la soledad del refugio, se anuda al cuello la piel de la servilleta con que, cada tanto, impaciente se seca la saliva que brota de sus labios descarnados, la primer frase de nuestros mineros ha sido: “estamos tranquilos”. Ese coraje proletario, más firme que el heroísmo individual que se requiere para frenar en un instante una bala, debería germinar en la superficie, como una semilla abonada por la historia, en una sociedad igualitaria sin patrones.

El que emigra, toma una decisión personal, con la cual responde, racionalmente, a su inconformidad con la realidad. Es una forma de rebelión primaria contra la suerte marginal que le impone el sistema imperante. O, más bien, es una insurrección solitaria contra el sistema mismo, que va más allá de la desesperanza anárquica de Martínez Rivas.

A nivel existencial, la conciencia de cada emigrante busca, con resolución, una puerta ajena tras la cual forjarse un destino diferente. El país, por su parte, pierde, así, al sector más valiente y emprendedor de su población. Es una derrota histórica, más grave que las bajas sangrientas que produce una guerra. Hay termitas, sin embargo, que engordan con la destrucción, e infectan y carcomen las entrañas del país derrotado. Mientras, el nervio subcutáneo del primer mundo, espanta con doblez a nuestros inmigrantes, para mantener contra la pared la invasión de los bárbaros, náufragos de su sistema global, que esperan adherirse a flor de piel en los trabajos más ingratos.

No obstante, nuestro futuro colectivo puede construirse a saltos, si actuamos, para transformar el sistema, sobre el elemento subjetivo con mayores perspectivas para el cambio, es decir, sobre la conciencia política de la juventud.

En sentido contrario, leemos un artículo del doctor Hopmann, en la sección de opinión de EL NUEVO DIARIO, del 25 de junio del 2010, en el cual llama a la juventud a huir de la política. Escribe Hopmann: “Tenemos una juventud mejor formada y mejor informada, aunque la calidad de la educación es inferior a la educación de antes. La autoridad patriarcal, fundada en status, ha caído en el ridículo y ha muerto. La idea de levantarse en armas por la patria, les es completamente ajena a los jóvenes, quienes deben organizarse en asociaciones gremiales, profesionales y técnicas, y no en partidos políticos, para hacer valer sus conocimientos, no solo su valentía.”.

Para quien observa los efectos sociales de cualquier cambio, la pregunta es si la masificación de la educación ha incrementado la productividad del país; si ha permitido que mayores sectores encuentren empleo en trabajos con mayor valor agregado; y si ha disminuido, en consecuencia, la desigualdad social. Un plan coherente, para responder positivamente a estas preguntas, no puede permitir que baje la calidad de la educación, a cambio de que se extienda la misma. ¿La sociedad cuenta con ese plan coherente? ¿Quién debe elaborarlo e impulsarlo, si los jóvenes –según Hopmann- no deben participar en política?

¿La autoridad patriarcal ha muerto? A nadie interesa resucitar a los muertos que traban el avance de la sociedad, pero, nuevamente, ¿se ha asesinado a toda autoridad, junto a la autoridad obsoleta? ¿Qué sector dirige el cambio, o el cambio es, precisamente, no contar con dirección política alguna? ¿Toda autoridad ha muerto, o se requiere construir una nueva autoridad que promueva la eficiencia con el desarrollo de las fuerzas productivas? Cuando se habla de autoridad, se hace referencia a la política y al carácter social del poder estatal.

¿A los jóvenes les es ajena la suerte de la patria? ¿Les es ajeno el rumbo de la sociedad, por ello, no deben participar en política? ¿Sólo les debe interesar hacer valer sus conocimientos? ¡Pero, si la calidad de sus conocimientos disminuye y, con ello, su valor! ¿Cómo pueden valer sus conocimientos, disminuidos en calidad, si la sociedad no los demanda en la producción? El valor de los conocimientos es consecuencia de que una clase progresista políticamente, en su propio interés, fomente el desarrollo de las fuerzas productivas, con base al conocimiento técnico.

Al leer el artículo de Hopmann, hay una sensación de vacío existencial. La falta de perspectivas políticas crea, para un sector de la sociedad, una situación peor que estar encadenado. Lo más terrible no es la falta de libertad, sino, carecer de una razón política para vivir en sociedad.

El ser humano, entonces, se cubriría el rostro con el manto y, como César, se dejaría acuchillar por el puñal ingrato, y derramaría en el suelo su futuro.


*Ingeniero Eléctrico