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El primero de mayo de 1979, el dictador Somoza realizó un acto en Managua. El propósito: Evidenciar el apoyo popular que supuestamente beneficiaba a su régimen. “¡No te vas, te quedás!” fue la consigna central que los agitadores oficialistas agitaban voz en cuello hasta el cansancio. Adeptos y obligados la coreaban. Setenta y ocho días después Somoza huía ante el avance del pueblo en la conquista por la democracia. No se quedó, se fue.

El veintidós de diciembre de 1989, en Bucarest capital de la oscura Rumania, una concentración convocada por Nicolás y Elena Ceausescu para mostrar al mundo el apoyo mayoritario del que presuntamente gozaban, culminó en una rebelión generalizada que dio al traste con el esquizofrénico sistema que controlaba de forma omnímoda esa singular pareja.

En el marco de las elecciones del veinticinco de febrero de mil novecientos 1990, el viente y uno de ese mes se realizó el cierre de la campaña electoral del FSLN. Una multitudinaria concentración parecía presagiar una contundente victoria de Daniel Ortega. El día de las elecciones, el FSLN recibió una cantidad de votos menor en número a la cantidad de gente que se había concentrado apenas cuatro días antes. La población, la mayoría ciudadana, decidió en las urnas el fin de la Revolución Sandinista.

Con justicia se alegará que en cada una de las situaciones citadas había un contexto político distinto. Cierto. Mas la constante en los casos referidos y en muchos otros que la historia registra, es la lectura errada de la realidad que hacen el autoritarismo o los caudillos con vocación dictatorial. La otra posibilidad es que conscientes de la carencia de un apoyo mayoritario, dichos regímenes definan estrategias para imponerse a las mayorías, tratando de mostrar por todos los medios que sí las tienen consigo.

En cualquiera de los dos casos, vale afirmar que ignorar la voluntad popular -con vendas en los ojos o con ellos bien abiertos- es un craso error. Por ejemplo lleva a confundir muchedumbres con mayoría. Conlleva confusiones, pero también consecuencias que en el peor de los casos son indeseables pero inevitables. Como en la Rumania de 1989. O en la Nicaragua de 1979.

En Nicaragua, según las últimas encuestas – las profesionales- más de la mitad de los consultados afirman que Daniel Ortega ejerce un gobierno autoritario. Sólo el 32.8% se declara simpatizante del FSLN, proporción menor en al menos cinco puntos al porcentaje de votos con los que Ortega alcanzó, según las cifras oficiales, el gobierno en las últimas elecciones presidenciales. Quienes se definen como independientes alcanzan el 79.6%. “Independientes” en este caso es el eufemismo en el que se refugian quienes rechazan al gobierno, mismos que después se ocultan en los “indecisos” o en la abstención al preguntar intención de voto.

El discurso oficial es recurrente en invocar un supuesto apoyo mayoritario y se autoerigen en exclusivos representantes del pueblo. Ciertamente el régimen de Ortega, no cuenta con el respaldo de la mayoría de la población. Allí están los datos. Ellos lo saben, de allí el afán por el control de las instituciones, propósito para el que todo medio vale. El control absoluto permitirá apuntalar el proyecto. Es más fácil y más barato conseguir el ansiado voto cincuenta y seis en el parlamento, que lograr al apoyo de la ciudadanía. Es más beneficioso, cómodo y rápido, asaltar la Corte Suprema, que reconstituir el sistema judicial del país.

Pero hay que mantener las apariencias. Por eso se consulta en actos partidarios a mano alzada sobre tal o cual medida. Acto primitivo del caudillo como si los ciudadanos reunidos fuesen tribu u horda, y no hombres y mujeres ciudadanos habitantes de un país que se presume con instituciones. Por eso el esfuerzo por dar “contundentes demostraciones masivas” en las plazas nuevas o viejas, en las esquinas y rotondas. Por esa carencia de las mayorías se ejecutan y fraguan fraudes electorales. Se imponen ganadores por el chantaje, el miedo o el control administrativo.

No es que la base política actual del orteguismo escape a la dinámica social y su dialéctica. No es que no exista allí una potencial capacidad crítica. Ciertamente existe, pero por ahora han postergado sus manifestaciones a los intereses de grupos económicos emergentes o a los beneficios prebendarios. Desde luego hay quienes se identifican en el orteguismo con la creencia que es lo que más conviene al país. Pero a todos y por extensión a los ciudadanos nicaragüenses, desde el circulo gobernante se les trata como masa, como muchedumbre, aunque se cobije en un lenguaje que pretende ser primoroso, original y revolucionario.

Los que son afines al orteguismo por oportunidad o convicción, seguirán intentando convencer que el régimen se sustenta en un apoyo popular. Los obligados de ir a las marchas o levantar banderas en las rotondas, lo negarán – por ahora – en silencio. Bastará que esa mayoría, ahora silenciosa, haga oír su voz y voluntad y que se respeten. Respeto que por cierto sólo será obra de ella misma.