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En un artículo de opinión recientemente publicado se puede leer lo siguiente: “Cuando encuentro personas excesivamente críticas con la religión y con quienes la representan, personalmente siempre les hago esta pregunta: ¿Cuál es la Institución en la historia de la cultura occidental que más ha contribuido a la civilización y a la cultura? En el acto, casi mecánicamente, todos dicen: ¡La Iglesia!”. Expondré algunas reflexiones sobre esta afirmación, en lo relativo a la búsqueda de conocimiento científico por parte de los humanos.

Reconozco que son innegables el enorme poderío de la Iglesia Católica, su gran cantidad de fieles y su extendida influencia en el mundo, particularmente en el hemisferio occidental, durante muchos siglos. La institución ha tenido un gran impacto en la civilización y la cultura occidentales. Por otra parte, no se puede dudar que la Iglesia Católica administra innumerables centros educativos en los que se transmite el conocimiento a muchas personas y en los que se realizan estudios científicos. Son muchísimos los colegios y universidades católicos. Es natural que una institución como la Iglesia preste gran atención y recursos a la educación; los jóvenes, todos sabemos, son el futuro. Si la Iglesia quiere sobrevivir o prosperar, debe atender la educación y el adoctrinamiento católico de los jóvenes, y eso es precisamente lo que hace con sus vastos recursos. Sin embargo, la iglesia a lo largo de la mayor parte de su extensa historia, ha constituido un freno para el desarrollo del conocimiento científico.

El meollo del asunto radica en la tradicional tendencia de la Iglesia a restringir el pensamiento libre de las personas; por desgracia es precisamente ese pensamiento libre el que constituye el motor del conocimiento científico. Como ejemplo, pensemos en la antigua oposición de la Iglesia a la visión heliocéntrica del universo. De haber sido la Iglesia una auténtica impulsora del conocimiento científico, habría apoyado todos los intentos por comprender el universo; pero hizo precisamente todo lo contrario, llegando en ocasiones a extremos de insólita crueldad. Con el paso del tiempo resultó insostenible seguir afirmando que la tierra era el centro del universo, y la Iglesia terminó aceptando la visión heliocéntrica y, posteriormente, otras visiones. Pero ¿qué esperábamos? ¿Que fuera tan tonta la iglesia de seguir afirmando cosas que ya eran absurdas para todo mundo? Por supuesto que no.

Son famosas las injusticias cometidas por la Iglesia contra Galileo. El caso sobresale por lo portentoso de los aportes a la ciencia de este gigante; sin embargo, no es más que la punta del témpano ya que hubo innumerables casos similares, y aun peores. Han sido siglos de restricción del pensamiento libre, impuesta en muchas ocasiones de manera brutal. La cuestión de hasta qué punto la Iglesia ha reformado su actitud hoy en día, sería objeto de debate y se sale del alcance de este artículo.

Los fieles católicos con frecuencia se sujetan de manera estricta a los dogmas y a las estructuras jerárquicas de la Iglesia, lo que ha incidido en muchas ocasiones de manera negativa en el afán por el conocimiento científico. Como ejemplo un tanto jocoso mencionaré el caso que escuché en un documental televisivo, de un Papa, hace varios siglos, que afirmó que los gatos negros eran criaturas demoníacas, lo que tuvo como consecuencia la matanza de decenas de miles de gatos negros. Hoy perdura la práctica, pero en menor medida; la sociedad protectora de animales ha solicitado una declaración papal que proteja a los gatos negros.

Me referiré a algunos ejemplos concretos en los que la Iglesia ha frenado el avance del conocimiento científico, con graves consecuencias para el progreso de muchas personas.

1. La destrucción del Serapeo (biblioteca de Alejandría) en el año 392 de nuestra era. Causada por turbas instigadas por el obispo de la ciudad, Teófilo. Se perdieron innumerables obras intelectuales de la antigüedad, muy valiosas para la humanidad. La razón del ataque: destruir el paganismo. Con la aniquilación del paganismo, occidente entró en una era de oscurantismo religioso que duró hasta el Renacimiento (siglo XV); es decir, once siglos.

2. La Inquisición (siglos XII al IXX de nuestra era) ¿Quién se iba a animar a investigar algo si con enorme facilidad, y sin pruebas de nada, lo podían acusar a uno de hereje y terminar uno chamuscado en la hoguera o estirado en el potro?

3. El Imprimatur. Durante siglos, a partir de la invención de la imprenta, los católicos requirieron de un visto bueno de la Iglesia, denominado Imprimátur, para poder realizar alguna publicación. ¿Qué ciencia podría haber prosperado en una sociedad en la que el cura, normalmente prejuiciado por sus dogmas de fe religiosa, debía aprobar la publicación de un artículo científico? Los protestantes no tuvieron algo similar y, de haberlo tenido, su estructura no era lo suficientemente centralizada para implementarlo con éxito. Ésa es una de las razones del desarrollo promedio mucho menor de los países predominantemente católicos, comparado con el de los protestantes.

4. El Index Librorum Prohibitorum. Índice que contenía los títulos de los libros que la Iglesia prohibía leer a sus fieles. Estuvo vigente durante aproximadamente cuatro siglos, hasta ser finalmente abolido en la segunda mitad del siglo XX, durante el papado de Pablo VI. Contenía miles de títulos, muchos de ellos importantísimos para el desarrollo del conocimiento científico. Ésta es otra causa de la presente diferencia abismal en el desarrollo de los países predominantemente protestantes, comparado con el de los mayoritariamente católicos; estos últimos, mucho más pobres, por supuesto. El Index Librorum Prohibitorum y el Imprimatur han incidido negativamente en el hábito de lectura y en el espíritu investigativo de los católicos. Da vergüenza comparar el raquítico número de publicaciones en los idiomas de los países tradicionalmente católicos, comparado con el de las publicaciones en las lenguas de los países tradicionalmente protestantes. Se siente la misma vergüenza si se lee la lista de los premios Nobel en ciencias.

5. La destrucción sistemática de culturas no cristianas. Es el caso, entre otros, de la conquista de América. Gran parte de los conocimientos de las culturas autóctonas fue destruida.

Por otra parte, es fácil comprobar que la Biblia no contiene ninguna información que no fuera conocida en el siglo I; nada sobre los microorganismos, sobre los genes, sobre los átomos, sobre las galaxias, etc. Además, la Biblia contiene muchos errores científicos, y gran cantidad de actos de crueldad y de injusticia. Nadie puede dudar, tampoco, que hay muchas versiones de la Biblia y una enorme cantidad de interpretaciones divergentes de ella, así como innumerables grupos diferentes de cristianos. Tampoco se puede negar el hecho de que no se conservan los textos originales de los libros de la Biblia y que la historia de los textos que hoy se leen como sagrados, está llena de incertidumbre (en cerca de cinco mil manuscritos de los más antiguos, se han detectado más de trescientas mil incongruencias; además dichos manuscritos no están en el idioma original sino en Griego). Es claro, además, que ha habido mucha violencia ocasionada por las diferentes interpretaciones del libro sagrado. Resulta evidente, por último, que sólo una minoría de la población mundial cree que la Biblia es la palabra de Dios.

Entonces, me pregunto, ¿por qué Dios nos ha dejado su voluntad en un libro tan poco claro, cuya aceptación no es unánime en el planeta? ¿No habría podido ser más específico con su voluntad y darnos, de paso, una ayudadita con la comprensión del universo? Ya que decidió no hacerlo, ¿por qué ha permitido que su representante en la tierra, es decir la Iglesia católica, haya dificultado tanto, y de manera tan cruel, por tanto tiempo, los esfuerzos de tantas personas que han tratado de comprender un poco mejor el universo por su propia cuenta?

pedrocuadra56@yahoo.com.mx