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Durante el mes de agosto, END dio acogida a dos artículos en detrimento de Rubén Darío, el nicaragüense universal. Su autor —un atrevido diletante— ha planteado algunas “tesis” (es decir, propuestas fundamentadas) que no son tales sino simples opiniones breves, cargadas de superficialidad. A continuación, paso a refutarlas.

Preciosismo trascendente
“Darío tiene algo de cursi”, afirma el dizque dariano “tras muchos años de investigación y estudio”, según confesión propia, sin que se le conozca trabajo alguno comprensivo, aporte original o reseña en suplemento literaria, revista o libro. Para corroborar su bobería, producto de un desconocimiento supino del proceso de la poética modernista cita una cuarteta (“Y se fue la niña bella…”) del célebre apólogo “A Margarita Debaile” (1908) y el segundo verso de “Sonatina” (1895): “Los suspiros se escapan de su boca de fresa”, aislándolos de su contexto y de su coherencia expresiva, donde la maestría técnica de Rubén anula el posible efecto cursi que podría advertir en ellos un lector del siglo XXI.

Pero ambos poemas seguirán cumpliendo sus objetivos perdurables. En el primer caso, que trasciende el cuento para niños y su anécdota, la historicidad es desposeída: se transubica el acontecimiento del sitio en que acaece —estableciendo así que lo que es verdad aquí, es verdad en todas partes— y se transtemporaliza el motivo para obtener esencia. Es decir, Darío logra los tres elementos de la reducción eidética de Edmundo Husserl (1859-1938). Por algo sigue siendo uno de los textos más recitados de Darío y en 2003 ilustró la portada de la edición en Costa Rica de un centenar de poemas del autor, de un millón de ejemplares, costando cada uno cincuenta centavos de dólar, y que se agotó muy pronto.

Con la lógica del diletante en cuestión, miles de versos de Darío serían cursi hoy día y nadie aceptaría firmarlos: pertenecen a una estética abolida. Sin embargo algunos de sus mejores ejemplos quedaron como paradigmas de belleza rítmica y musical. Tal fue el caso de “Sonatina”, que gozó en España y América de gran boga. “Es que contiene —explicó Darío— el sueño cordial de toda adolescente, de toda mujer que aguarda el instante amoroso. Es el deseo íntimo, la melancolía ansiosa, y es, por fin, la esperanza”. No en vano el poeta Anastasio Lovo (el diletante, definitivamente, es ajeno a la lírica) lo ha valorado en su verdadera dimensión. Pese a sus detractores —quienes lo consideran un ejemplo evasivo, tránfuga y fascinado por lo kish de una cultura “aristocrática”—, el poema “Sonatina” es reconocido por su perfección melopeica y textual, y considerado “un poema perfecto, único, irrepetible, inevitable”.

El diletante reduce la obra poética de Darío a una etapa efímera, pero necesaria y renovadora —la correspondiente a Prosas profanas— y justifica las parodias que le hicieron a varios de sus poemas de entonces. Incluso admite que le evitaron, de alguna manera, seguir cayendo en eso: su veta preciosista. Pero no fue así. Rubén mantuvo hasta el final la explotación de esa veta al margen de las múltiples corrientes temáticas de su poesía. El ejemplo más significativo fue “La Rosa Niña” (1912) que el propio poeta explicó: “Quise representar en esta poesía el divino poder del querer inocente y la fuerza íntima de creación que es la volición incontaminada”. En otras palabras, se trata de un mito, de una metamorfosis de profunda estirpe cultural. “Y mi niña que se torna en rosa por el milagro de pureza formidable, es tan factible —dejadme pasar la palabra— como el cuervo milenario de Leconte de Lisle, las rosas de la reina de Hungría o el vino de Canaán”.

Cegato, el diletante no ve el preciosismo trascendente de Darío que no se limita a mero recurso decorativo ni a un léxico eufónico e innovador, sino que entraña símbolos universales y remite a su propia interioridad sentimental, sensible, sensitiva.

Dariolatría mal entendida
“La dariolatría es un disparate. José Jirón Terán la practicaba y aun hay otros que siguen practicándola en Nicaragua”, acota el diletante, confundiendo la idolatría religiosa con la literaria y entendiendo que una de sus funciones es “taparle las debilidades a Darío”. Pero, en el caso de Jirón Terán, su contenido es otro: un permanente interés por su culto y una devoción ilimitada por reunir sus obras. En ninguna de sus publicaciones darianas, don José —a quien, en febrero de 1986, retraté en el prosema “El Dariólatra”— pretendió ocultar nada que opacase la imagen de Darío. Por el contrario, difundió cartas lesivas a la responsabilidad conyugal como la suscrita por Rafaela Contreras de Darío el 8 de septiembre de 1892 (Investigaciones en torno a Rubén Darío. Managua, Dirección General de Bibliotecas y Archivos, 1981, pp. 111-112). Practicaba, pues, el consejo del humanista y polígrafo mexicano Alfonso Reyes, fervoroso dariano: “Hay que recoger piadosamente todos los rasgos de su pluma”.

El diletante no comprende la naturaleza hiperbólica del neologismo que apliqué a Jirón Terán —inspirado, por cierto, en otro (hugólatra: adorador de Victor Hugo) del uruguayo Hugo Barbagelata— para conocer su labor meritoria y patriótica desde 1956, cuando decidió adquirir toda la producción posible del padre y maestro mágico de la poesía hispánica moderna y, con los años, transformarse en su más consumado bibliógrafo. Pero esta acción cultural para el diletante no es sino una locura. Lo mismo debe pensar de los nicaragüenses que aspiraron, con sus laboriosas entregas, a dariólatras: Diego Manuel Sequeira, Edelberto Torres, Ernesto Mejía Sánchez, Fidel Coloma, Julio Ycaza Tigerino, Pablo Antonio Cuadra y Edgardo Buitrago, por citar siete darianos o dariístas ya fallecidos. Sin duda, para nuestro diletante eran totalmente manicomiables; mas el manicomiable es él.

¿Provinciano cosmopolita?
“Darío era un provinciano cosmopolita”, observa el susodicho y diletante, agregando que su ética era conservadora y su estética revolucionaria; contradicción que estima definitoria. Pero no la desarrolla. Sólo la enuncia. Al respecto cabe recordar que, dentro del papel central que desempeñado por Darío en los modernismos de lengua española, la fundación de una comunidad transnacional de artistas era prioritaria. A este proyecto —cita a Gerard Aching— se sumó otro: constituirse en agente cotidiano, al igual que sus discípulos, de esa misma comunidad transnacional, transcontinental y transoceánica. Por mi parte, creo que desde su experiencia bonaerense (1893-1898), pasando por su etapa europea (1899-1916) —18 años casi completos, si exceptuamos algunos viajes, incluso el último— Darío profesó el cosmopolitismo como experiencia vital y literaria.

Por su lado, Alberto Acereda atribuye a Darío una fuente humana al buscar en el cosmopolitismo “el consuelo a su tragedia existencial, la misma que le llevó consuelo en la individualidad creadora del arte y en el erotismo femenino, el mismo que anhelaba ya en 1894 al escribir: “Ámame así, fatal, cosmopolita,/universal, inmensa, única, sola/ y toda misteriosa y erudita;/ámame mar y nube, espuma y ola”. En fin, dejó de ser —desde su catapultante período chileno (1886-89)— un provinciano para transformarse, ya al inicio del siglo XX en un cosmopolita arraigado. No otro es el título: Rubén Darío: cosmopolita arraigado (Managua, Ihnca, 2010), volumen de autores varios que acaban de editar Jeffrey Browitt y Werner Mackenback.

La leyenda del borracho consuetudinario
El diletante atrevido (se compara a Jean Paul Sartre y reduce la vigencia de la obra rubendariana a unos cuantos “fragmentos iluminados”) remacha la leyenda del borracho consuetudinario que popularmente se ha forjado de Darío. Si bien por razones justificadas, que merecen un artículo especial, el recurso del alcohol atentó a la larga contra la salud de Darío, no alteraba el ritmo de su capacidad creadora. Desde luego, el dilatante ignora que el propio Darío reconoció en 1908, en un prólogo a la obra del bohemio español Alejandro Sawa, durante su plena madurez: “¡El ángel-diablo del alcohol! Unos cayeron víctima de él; otros pudimos amaestrarle y dominarle”.

Y su coetáneo y amigo argentino Manuel Ugarte, en Escritores hispanoamericanos de 1900, es más explícito: “Darío no hizo en Europa nada que se le pudiera reprochar… Como testigo de su vida durante largos años, como familiar de su casa, puedo afirmar que el alcohol no lo disminuía, como pretenden los que sólo le conocieron a través de una leyenda. Aún en los peores momentos conservaba esa dignidad muda, esa altivez distante que algunos tomaban como desdén. Pocos hombres he visto tan orgullosos. Y un hombre orgulloso no se envilece nunca.”

Leyendo su correspondencia se comprobará a Darío revelándose como generoso y laborioso moralmente íntegro y súbdito, tanto de la dignidad social como del decoro personal, exento de envidia, puntual en sus compromisos y archivero de sus propios papeles (a partir de 1899, cuando sentó cabeza a sus 34 años, en compañía de Francisca Sánchez).

Por fin, nada más oportuno que recurrir a Gabriela Mistral, quien refutó esa leyenda al afirmar “que un hombre de botella cotidiana no deja atrás 35 volúmenes, que un hábito alcohólico pulveriza al mismo tiempo que al cuerpo, el decoro personal, y nuestro Darío frecuentó gentes e hizo vida social la mayor parte de su tiempo de Europa y América” y no fue rechazado por esos círculos como harapo viejo. La embriaguez de Darío, precisa decirlo, no fue más allá de la ebriedad del hombre de nuestra raza… Verlaine dejó menos labor, también menos Poe, es decir aquellos que para el vulgo comparten el tabladillo de la embriaguez grotesca. En vez de esto tuvimos en Darío un trabajo constante de escribir, otro cotidiano de leer para informarse. Leyó los clásicos sustanciales y leyó todo lo moderno, tanto leyó que no hemos tenido cabeza más puesta al día que la que nos prueban Los Raros y los libros numerosos de crítica literaria”.