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La Iglesia Católica atraviesa en la actualidad una de sus más difíciles crisis. Las denuncias sobre sacerdotes pedófilos que han cometido actos de pederastia destaparon una serie de críticas que han dado la vuelta alrededor del mundo.

Sacerdotes delincuentes gozan de la protección sagrada del manto púrpura para cometer sus fechorías. El cura Marcial Maciel Rivera, por ejemplo, fue protegido mucho tiempo por el cardenal Norberto Rivera. Este hecho ocurrió recientemente en México.

Existen otros casos en Estados Unidos y Europa tan bochornosos que se ha tenido que indemnizar con altas sumas de dinero para acallar el pecado. Esas prácticas aberrantes son contrarias a las enseñanzas de la Iglesia Católica, a la que no pretendo atacar en este artículo, ni mucho menos unirme a los poderos y oscuros grupos que desean demolerla.

Como Pilatos Su Santidad Benedicto XVI declaró que “los sacerdotes pederastas deben responder no sólo ante Dios, sino también ante la ley del hombre”. En su momento el Sumo Pontífice expresó “vergüenza y remordimiento” por lo ocurrido y su “consternación” por el sufrimiento de las víctimas. Pidió a los fieles que sean “intransigentes” con el pecado pero “indulgentes” con las personas. Además dijo que debemos “aprender de Jesús y no juzgar y condenar al prójimo”, citando el evangelio en el pasaje que habla de la adúltera apedreada por el pueblo.

Causa indignación la posición del jefe de la Iglesia Católica. Se nos pide a los fieles que seamos indulgentes con las personas e intransigentes con el pecado y que no juzguemos ni condenemos a los que cometen este tipo de abusos. Se nos sugiere, entonces, perdonar a estos delincuentes con sotana y a encarcelar al pecado. Cómo hacerlo. Cuál es la fórmula. Al menos, para mí, es difícil comprenderla y mucho menos cumplirla. Mientras ellos, los sacerdotes pederastas disfrutan de las bondades en las clínicas de rehabilitación para sanar sus adicciones pederastas, “esos males demoníacos”. Casa Damasco, Casa Alberione o la Fundación Rougier son las más connotadas clínicas de “rehabilitación sexual” en Latinoamérica. ¿Y qué hay para las víctimas de tan infame delito? Nada, sólo la petición de perdón.

Muchos Obispos que directa o indirectamente se han visto envuelto en estos casos expresaron que asumirían una postura de cero tolerancia contra actos de pederastia. La pregunta es simple: ¿Por qué hasta ahora actúan de esa forma? ¿Será creíble la postura actual asumida por los Obispos, la de combatir este delito? Es, a mi modo de ver, una reacción tardía obligada por el tamaño escándalo en que los han metido sus sacerdotes abusadores.

Nuestro Código Penal vigente tiene un capítulo específico que aborda las penalidades contra la libertad e integridad sexual en la cual se plantean castigos promedios de quince años de prisión. La ley debe aplicarse con firmeza. Los que cometen este tipo de delitos deben ser castigados, sin importar el color de su manto. Allá, en los cielos que los perdone quien tenga que hacerlo, aquí en la tierra que paguen por sus delitos cometidos.

El sacerdote Domenico Pezzini al ser detenido en Milán expresó “que la sociedad ha tendido a ser muy liberal en ética sexual y ha promovido la no prohibición y hay tolerancia a todo desorden, por lo que ahora vemos las consecuencias de dichos actos”. El Obispo belga Andre Joseph Leonard, expresó que “ha faltado más educación sexual desde las familias y escuelas, la cual es reducida a una mera información genital que a veces lleva al libertinaje sexual”. Resulta, pues, que la sociedad, la familia y la escuela son responsables, desde aquella óptica, de los delitos cometidos por algunos sacerdotes.

Sabemos que un joven que desea ordenarse ante el ministerio sacerdotal debe pasar por varios años de seminario, desde la preparatoria, sometido a una vigilancia personal, a exámenes estrictos. ¿Podría creerse que puede pasar inadvertida su inclinación sexual o las posibles desviaciones que pueda tener ese individuo? Me parece que no. Quizás es ahí, en ese ambiente donde adquieren, o se refuerzan, esas prácticas monstruosas producto de la negación de sí mismos y de su sexualidad.

Por décadas, algunos de los más destacados jerarcas de la Iglesia Católica han actuado con omisión, cómplices o protectores de sacerdotes pederastas, ahora declaran que serán intolerantes e invitan a los fieles a denunciar a los sacerdotes que cometan estos abusos. Mientras esas declaraciones se concretizan el hedor que recorre el mundo representa la impunidad, santa impunidad, pero impunidad al fin y al cabo.

Sólo queda que nosotros respaldemos en conjunto a las víctimas y sus familiares para denunciar esos hechos delictivos provocados por aquellas que se escudan en la protección del manto púrpura para cazar a niños, presas fáciles de depravados sexuales, vestidos de pastores.


*camilo@lawyer.com