•  |
  •  |
  • END

Después de ver las imágenes de más de setenta mujeres y hombres, la mayoría provenientes de Centroamérica, hermanos de camino migrante, masacrados por el mero hecho de no dejarse vender a los carteles del narcotráfico. Después de esa bofetada, que ahora asistamos a la detención de uno de los narcos más buscados y peligrosos (causante de no se sabe cuántos asesinatos) y sepamos que le apodaban “La Barbie” no parece más que una broma macabra.

No tan lejos, en la vecina Guatemala, un muchacho explicaba en una entrevista su “aprendizaje” de la violencia. “Para esto”, le dijeron, “hay que quitarse escrúpulos”. Un día iba con sus “maestros”, cerca de un puente colgante sobre uno de los muchos cauces o barrancos que dificultan cualquier persecución policial en los barrios de ciudad de Guatemala, y le señalaron un lugar: “¿Ves esa pareja de allí? Pues acércate por detrás, y le empujas a él hacia el precipicio. Por ella no te preocupes: saldrá corriendo”.

El joven estaba a punto de iniciarse en uno de los escuadrones de la muerte que a un precio muy bajo se ofrecen a quitarle la vida a cualquiera. Aquel joven se encontró de pronto con lo verdaderamente importante de aquello a lo que quería dedicarse. Y era precisamente que pensara que no era importante. Que la vida de un tipo cualquiera está ahí no más, para que la empujen desde un precipicio. Que Dios no baja y te castiga, y que si tienes suerte, lo normal es que la policía no ande cerca y te puedas ir sin problema. Así de fácil.

Dicen que las víctimas que sobreviven a la violencia apenas recuerdan el rostro de sus verdugos, pero que los verdugos sí recuerdan bien el de sus víctimas.

Sin embargo, vean. En la obra de teatro (luego llevada al cine) La Muerte y la princesa se juega con una idea real. Años después de que una mujer fuese encarcelada por sus vinculaciones políticas y torturada repetidamente, vive en una casa solitaria en la playa con su actual pareja. Él está fuera por unas horas. Y llaman a la puerta.

Un tipo de apariencia normal se presenta. Es médico y su vehículo se ha averiado. Si han visto la película ya saben que la trama continúa cuando la mujer se da cuenta de que probablemente ese tipo es el mismo que dirigía sus torturas, que experimentaba con el dolor de su cuerpo. Lo ha sabido por una música que el hombre ha dicho que le gustaba, una música que ponía cuando las torturas, en un intento macabro de mezclar el arte con la violencia, la música con la muerte, algo que cantan los narcorridos mexicanos. Y si han visto la película sabrán que la mujer está a punto de repetir el ciclo, de envolver a su antiguo verdugo en un suplicio.

La moral nos manda escandalizarnos ante el espectáculo de la violencia, y cuando nos tapamos los ojos, inmediatamente dejamos abierta una rendija entre los dedos para observar qué es lo que está ocurriendo ahí afuera, ahí tan cerca. Y lo que está ocurriendo no son sólo los más de setenta cadáveres de inmigrantes baleados por los zetas en México. Es y no es eso únicamente. Lo que está ocurriendo es que la atracción de la violencia la convirtieron en espectáculo muchos medios de comunicación, como el canal 8 de Nicaragua y sus noticieros rojos hace ya varios años, por no hablar del estilo de anunciar la violación de mujeres que he escuchado tantas veces en la Radio Ya. Se trataba de aprovechar la violencia proveniente de la rabia, de la desesperación, de la falta de educación moral y sexual, de los odios políticos, del hambre, de cualquier tipo, para sacarle rendimiento. Y nada hay que sea más lucrativo que ofrecer a buen precio el prodigioso espectáculo de nuestro lado más sanguinario. En Guatemala se utilice la amenaza de muerte como costumbre entre partes litigantes aunque sea por un trozo de acera, y muchas veces, esas muertes se lleven a cabo. Nadie se atreve a adelantar un carro en un semáforo porque es seguro que el que maneja te saca un pistola de largo calibre. Ya se vive como en un país en toque de queda. Y es que si Porfirio Díaz describió la condena de su país con el célebre: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Ahora, se podría decir igualmente “pobre Centroamérica, tan lejos de Dios y tan cerca de México”.

El narcotráfico alimenta la violencia, pero creo que no se debe achacar solamente al narcotráfico (cuya solución, la mayoría pensamos que pasa por la legalización del tráfico y del consumo empezando por Estados Unidos y España, el país donde existe el mayor consumo de cocaína del mundo en proporción). Antes del narcotráfico ya había un regodeo en la violencia en sus múltiples vertientes, una verdadera epidemia y un problema de salud pública constatada por la Organización Panamericana de la Salud. La guerra que sufren los centroamericanos que pasan por México es herencia de lo que pasó en Colombia en los años de Pablo Escobar y de las guerras pasadas en la misa Centroamérica. En Siuna y en toda el triángulo minero, podrán dar noticia todavía de aquellas revanchas que consistían en jugar a la gallinita ciega: grupos armados enterraban a un campesino sospechoso de haber hablado, y sólo le dejaban la cabeza fuera; y ellos “jugaban” machete en mano y una venda en los ojos a ser los primeros en volarle la cabeza al enterrado como si fuera un gallo. Eso es algo más que un asesinato.

El muchacho de la entrevista en Guatemala no confesó si hizo o no lo que le mandaron con la pareja del precipicio; sólo dijo lo que pensó en aquel momento: que si lo hacía la primera vez, ya después sería más fácil, hasta el punto que no recordase ni una sola mirada, ni un solo rostro de sus víctimas. Hasta el punto de que un día pudiera llamar a la puerta de una de ellas y que no se reconociesen.

En países, como Colombia, la violencia no es un problema resuelto porque aún perdura, paradójicamente, la guerra más vieja del mundo, que también alimenta el narcotráfico. Pero la actitud hacia la violencia creo que está cambiando desde los más jóvenes. Dicen que los esfuerzos en el acceso a la Educación tiene mucho que ver. Considero muy importante aprender de este tipo de experiencias, examinar otros casos, incrementar el presupuesto en Educación contra la violencia. La batalla contra el narcotráfico, hoy por hoy está perdida, pero la más importante es la batalla de eso que llega desde lo más recóndito de nuestro pasado para volver a encontrarse con nosotros. De eso que un buen día nos llama a la puerta.


franciscosancho@hotmail.com