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El sexo es una condición orgánica que caracteriza a los seres vivos en masculinos o femeninos, mientras que el género es una propiedad de los sustantivos y algunos pronombres para establecer la misma clasificación. Por tanto -explica el Diccionario panhispánico de dudas-, “las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género)”.

Desde muy antiguo, los sustantivos en nuestro idioma suelen clasificarse –de acuerdo con las terminaciones- en dos grupos: masculino y femenino. Las terminaciones en –o para el masculino y en -a para el femenino son, como veremos, claramente determinantes del género. Así, nadie duda de que hijo, por ejemplo, es masculino, y que hija es femenino.

Pero como en el género influyen no solo factores formales sino semánticos, etimológicos y analógicos, fácilmente advertimos en el masculino un sentido genérico ausente en el femenino. De manera que madre, hija y hermana aluden exclusivamente al femenino, pero padres puede significar padre y madre, como hijos incluye a hijos e hijas y hermanos igualmente a hermanos y hermanas . Por eso nos dice la Nueva gramática de la lengua española (2009) que en la designación de personas (y animales), “los sustantivos de género masculino se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, pero también para designar a toda la especie, sin distinción de sexos”, como en “Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales”.

¿Cómo enfrentar esta ambigüedad del género masculino en el uso plural del tipo “tengo dos hijos” o “tengo dos niños? En el caso de hijo/hija y niño/niña hay en Nicaragua una manera –redundante según el criterio de algunas gramáticas normativas- de especificar el género mediante la expresión hijo varón/hija mujer y niño varón/niña mujer.

Género en las personas con desinencias de masculino y femenino
Algunas palabras referidas a personas expresan el género mediante las desinencias o/a como en autodidacto y autodidacta, analfabeto y analfabeta, polígloto y políglota. Y aunque un gran número de nombres de profesiones y oficios formados con el sufijo –ista son invariables (artista, guitarrista, oculista, pianista, taxista, futbolista, etc.), se ha llegado a imponer por el uso generalizado un extraño modisto/modista. (En las zonas urbanomarginales de Nicaragua llaman “cuentisto” al varón dado a los chismes o cuentos.). Sin embargo, hay también sustantivos en -e o en consonante, que tienen desinencia para expresar el femenino, como: dependiente/dependienta, bachiller/bachillera; huésped y el femenino raro, aun en España: huéspeda. En Nicaragua se llama marchante/marchanta al vendedor o vendedora a quien ‘se acude a comprar habitualmente’. En el Diccionario del estudiante (2005), de la Real Academia Española, lo registra como de uso frecuente en América: “Vino la marchanta del mercado y me trajo un blanquito”. Respecto a parturiente (inusual entre nosotros) y parturienta no se trata de par masculino y femenino, sino de la doble forma de un adjetivo femenino referido a una mujer ‘que está de parto o recién parida’.

El masculino y el femenino en los animales
Hay, en la naturaleza, seres vivos de uno u otro sexo que se designan mediante un único género gramatical, como los llamados nombres epicenos. Así, a los sustantivos culebra, jirafa y tortuga –que sólo se usan en femenino-, y avestruz, caimán y zanate –que sólo se usan en masculino-, se les agrega la palabra “macho” o “hembra” para especificar el género correspondiente a su sexo: una tortuga macho y una tortuga hembra; un zanate macho y un zanate hembra. (En Nicaragua se dice el zanate y la zanata.)

Pero hay unos cuantos ejemplos de sustantivos que expresan la distinción de género, independientemente de la desinencia o/a, -e o en consonante. Por ejemplo: burro/burra, elefante/elefanta, gorrión/gorriona, gamo/gama, lagarto/lagarta, pájaro/pájara, ratón/ratona, zorro/zorra, tigre/tigra. (El Diccionario del estudiante registra tigresa, como la hembra del tigre, y en sentido coloquial con el sentido de “mujer seductora y provocadora”, significado con que se emplea también en algunas regiones de nuestro país).

El género en los objetos
Existen en nuestro idioma palabras con la desinencia –or que se refieren a objetos (aparatos, piezas mecánicas, etc.) de género masculino; por ejemplo: amortiguador, ascensor, carburador, encendedor, medidor, motor, radiador, etc.

Por otra parte, hay palabras terminadas en –ora que se refieren a objetos –máquinas, preferentemente- de género femenino; por ejemplo: afeitadora, aplanadora, calculadora, copiadora, engrapadora, impresora, licuadora, lavadora, secadora, etc.

En otros casos, es evidente un uso indistinto para el masculino en –or (refrigerador) y el femenino en –ora (refrigeradora). Se trata, como afirman algunos gramáticos, de palabras con doble género y doble desinencia. En cuanto a computador/computadora, hay en nuestro país una clara preferencia de uso por el femenino: la computadora.

Cambio de género con cambio semántico
Un fenómeno no menos interesante es el cambio semántico que sufren algunas palabras al cambiar de género. Se trata de un recurso que la lengua utiliza para distinguir variedades distintas de un objeto. Son comunes en algunos sustantivos no animados, particularmente los referidos al árbol y su fruto, como almendro y almendra, canelo y canela, naranjo y naranja.

En algunas circunstancias, el cambio de género implica cambio de dimensión, como en barco y barca, leño y leña, pozo y poza, en los que se advierte que la forma femenina designa una variedad más pequeña que la masculina. (En Costa Rica y Venezuela se cultiva por injerto un tipo de mango denominado manga, cuyo fruto es más grande que la variedad del mango común).

En otros casos, ocurre el fenómeno contrario: el masculino indica una dimensión ligeramente menor como en charca y charco, bolsa y bolso, gorra y gorro, cesta y cesto, huerta y huerto, jarra y jarro.

Y no faltan ejemplos en los que la palabra cambia de desinencia, pero no cambia el sentido, como cerco y cerca. O como pago y el femenino poco usado entre nosotros paga, que ya encontramos en las famosas “Redondillas” de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, conocida como Sor Juana Inés de la Cruz (México: 1651-1695):

¿O cuál es más de culpar
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

rmatuslazo@cablenet.com.ni