Jorge Eduardo Arellano
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Las mujeres, en pleno siglo XXI, se disputan el arriba y el abajo, el lavadero o la lavadora, el trono o el estropajo, la presidencia o la recepción, la libertar o el amor eterno, en batallas absolutamente desiguales. Desigualdad escalofriante en culturas como las orientales, donde las mujeres apenas alcanzan el estatus de “máquina para producir niños”, (varones) y en algunas culturas africanas donde todavía eliminan cualquier posibilidad de placer en las mujeres, cercenándoles desde niñas el clítoris.

Esas mujeres y niñas olvidadas del mundo, de los dioses y de nuestro Dios, no entienden de feminismos militantes, ni de teorías freudianas, ni les interesan los debates improductivos entre el huevo y la gallina. Ellas no entienden por qué no saben ni leer, ni dan a conocer su dolor porque no saben escribir, y nunca han leído a la Gioconda (Belli) y ojalá que nunca lean la novela, que ojalá nunca termine de escribir. La novela que está escribiendo, donde dice que las mujeres derrocarán a los hombres y crearán el mundo de “las mamacitas” (Dios mío, no permitas que esa aberración se termine…)
Esa respetada intelectual que en sus momentos de gloria logró caminar hombro a hombro con el machismo militante de Daniel Ortega, a quien ahora acusa de pelele por subordinarse al poder de una mujer de su generación, con una calidad intelectual intachable y a quien no puede criticar su estilo ni su forma, sino más bien su condición de mujer, matriarca, hembra dominante.

Doña Belli, refunfuña en sus artículos cada vez más carentes de sentido, cada vez más impregnados de anti-Danielismo, anti- Rosario Murillo. Anti todo lo que huela a Daniel, sus hechos y relaciones. Señora, ¿qué vamos ahora a leer?
Escudriñando a profundidad y desde los tiempos de piedra sobre las relaciones hombre – hembra, por racionalidad y responsabilidad nos vemos obligados (sin arroba) a recurrir a la ciencia y a la historia, que hasta este justo momento todavía no reconcilian sus teorías. Y digo a la ciencia y no conciencia, porque a mi parecer ha sido esta última la que nos ha jodido las relaciones bilaterales dentro y fuera de la cama.

Hombres y mujeres somos producto de la evolución del mono y de la mona, quienes basaron sus relaciones guiados por el instinto y la necesidad: de aprovisionarse, de defenderse, de reproducirse y darse compañía, y básicamente de satisfacer sus necesidades fisiológicas y sexuales.

Las relaciones basadas en la dominación (macho-hembra) no es exclusiva de los seres humanos; todas las especies basan sus relaciones en la subordinación voluntaria al más fuerte, quien domina la manada, el líder, lo que no implica que los hombres y mujeres tengamos que vivir evolucionando a la par de modernísimos métodos de dominación y demostraciones de fuerza, sea cual sea y venga de donde venga. ¿Quién carajo ha demostrado que la fuerza bruta de la que son provistos los hombres (machos) al nacer es mejor o mayor que la fuerza y valentía de una mujer (hembra) al traer al mundo un ser humano? (hombre o mujer, cochón o cochona).

Igual que el resto de especies y producto de la evolución, nos hemos ido procurando formas más “civilizadas” de dominación: por razas, por credos, por nacionalidades, estratos sociales, por capacidades adquiridas e innatas, y en la medida que las civilizaciones involucionan ahora hasta contamos con dominaciones mediáticas, quienes controlan a la gente socialmente más vulnerable de los pueblos y culturas.

De alguna manera estos tipos de dominaciones han desarrollado sinergias entre grupos dominantes. Estas sinergias, absolutamente paradójicas, puesto que el dominador necesita dominar a cierto grupo social para alcanzar niveles y estatus más elevados de poder, casi siempre económico, puesto que una cosa conlleva a lo otro.

El absurdo comportamiento de algunos privilegiados intelectuales y cítricos, no de sistemas sino de personas, me coloca ante la obligación de volver a repasar las teorías antifeministas de Sigmud Freud y Nitzche, quienes calificaron los movimientos feministas de su época como “ estupidez casi masculina”, además de referirse a las feministas como un “movimiento vengativo compuesto por mujeres (y no solo por cretinos masculinos), que utiliza la lucha por la emancipación y la soberanía femenina para rebajar el nivel general de la mujer” ( Friederich Nietzche 1886)
Y es que la manera de manipular de ciertos personajes, por supuesto, que está íntimamente condicionado a su poder de influencia en una sociedad, luego de haber alcanzado un nivel medio de prestigio, sea de una forma u otra. ¿Qué distancia a las autoproclamadas perseguidas políticas del movimiento de mujeres de las críticas obsesivas de la Gioconda contra los Ortega- Murillo como ella misma los llama? Nada. Una se atrinchera en su intelectualidad decadente para bombardear un sistema que un día defendió a pluma y papel, las otras se atrincheran en sus escritorios adornados con sendos afiches con imágenes de mujeres y niñas maltratadas para percibir miles y millones de dinero para proyectos cuyos efectos a largo plazo jamás alcanzan sus metas, pues las estadísticas son cada vez más dramáticas. Atrapadas en telarañas de historias de poder y violencia como clásicos culebrones, y/o acusaciones falsas a personas inocentes apoyadas en sendas campañas mediáticas.

Con este tipo de defensoras, ¿dónde hallar quien nos defienda? ¿Adónde se van las palabras? Unos dicen que al cielo, otros dicen que al infierno, yo creo que a ningún lado, porque dicen las feministas que las niñas buenas van al cielo, las malas a cualquier parte.

Como yo no creo en ninguna de ellas, les propongo una tercera vía, hagamos otra insurrección femenina (¡¡No la de la Gioconda, por Dios!!), la contrarrevolución del feminismo obsoleto y retro, vamos a ponerle el sombrero de Sandino a nuestras tangas.