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Hace mucho tiempo que los economistas olvidaron el error que cometió Adam Smith cuando sostuvo que se le debería dar primacía a la industria en la economía de un país. De hecho, en el Libro II de La riqueza de las naciones, Smith condenaba como improductivo el trabajo de “los eclesiásticos, los abogados, los médicos, los hombres de letras de todo tipo, los actores, bufones, músicos, cantantes de ópera, bailarines de ópera, etc.”. Podríamos coincidir con Smith (y Shakespeare) respecto de la inutilidad de los abogados tal vez, pero seguramente no con respecto a Olivier, Falstaff y Pavarotti. Pero el encanto industrial siempre reaparece, y la última manifestación se produjo en Estados Unidos tras la crisis reciente.

En la Gran Bretaña de mediados de los años 1960, Nicholas Kaldor, el prestigioso economista de Cambridge e influyente asesor del Partido Laborista, hizo sonar la alarma sobre la “desindustrialización”. Su argumento era que un cambio de valor agregado en curso de la industria a los servicios era nocivo, porque las industrias progresaban tecnológicamente, mientras que los servicios no. Hasta consiguió que un ministro de Hacienda laborista, James Callaghan, introdujera en 1966 un Impuesto de Empleo Selectivo, que gravaba el empleo en servicios más que el empleo en la industria -una medida que se revirtió en 1973, una vez que se tomó conciencia de que afectaría a la industria del turismo, que generaba las tan necesitadas divisas extranjeras.

El argumento de Kaldor se basaba en la premisa errónea de que los servicios estaban estancados desde un punto de vista tecnológico. Esta opinión sin duda reflejaba un empirismo accidental basado en las pequeñas tiendas familiares y oficinas postales que los catedráticos ingleses veían cuando salían de sus universidades de Oxbridge. Pero iba claramente en contra de los cambios técnicos generalizados que arrasaban en el sector de consumo, y llegado el caso en la industria de las comunicaciones, que en poco tiempo dio lugar a Fedex, los faxes, los teléfonos celulares e Internet.

En realidad, la noción discutible de que deberíamos elegir actividades económicas en base a su supuesta innovación técnica fue llevada aún más lejos, para respaldar el argumento de que deberíamos favorecer los chips de los semiconductores por sobre las papas fritas. Si bien el rechazo de esta presunción sumergió a Michael Boskin, presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente George H.W. Bush, en aguas políticas turbulentas, la presunción instó a un periodista a verificar la cuestión por sí mismo. Resultó ser que se estaban incorporando semiconductores en tableros de circuitos de una manera mecánica y primitiva, mientras que las papas fritas se producían mediante un proceso altamente automatizado (motivo por el cual las papas Pringles descansan unas sobre otras de manera perfecta).

El debate de “los chips de semiconductores versus las papas fritas” también subrayó un punto diferente. Muchos defensores de los chips de semiconductores también presumían que el lugar donde trabajábamos determinaba si, en nuestra perspectiva, seríamos un burro (que produce papas fritas) o un modernista “sofisticado” (que produce chips de semiconductores).

Yo califiqué esta presunción de falacia cuasi-marxista. Marx enfatizaba el papel crítico de los medios de producción. Yo, en cambio, vengo defendiendo la idea de que podemos producir chips de semiconductores, comercializarlos como papas fritas y luego mascarlos mientras miramos televisión y nos volvemos tarados. Por otra parte, podemos producir papas fritas, comercializarlas como chips de semiconductores que uno pone en la PC y convertirnos en magos de la informática. En resumen, lo que “consumimos” y no lo que producimos es lo que influye en qué tipo de persona seremos y de qué manera eso afecta nuestra economía y nuestra sociedad.

Sin estar al tanto del amplio debate sobre la “desindustrialización” en la Gran Bretaña de los años 1960, dos académicos de Berkeley, Stephen Cohen y John Zysman, iniciaron un debate similar en Estados Unidos en 1987 con su libro Manufacturing Matters (La industria importa), donde sostenían que, sin industrias, un sector de servicios viable es insostenible. Pero este argumento es engañoso: se puede tener una industria del transporte vigorosa, con camiones, trenes y aviones de carga que trasladan productos agrícolas entre naciones y dentro de ellas, como hicieron con mucho éxito países como la Argentina pre-peronista, Australia, Nueva Zelanda y el Chile de la época moderna.

Cohen y Zysman argumentaban que las industrias estaban vinculadas a los servicios como “el avión fumigador a los campos de algodón, el fabricante de kétchup al huerto de tomates”, y que si uno “traslada al extranjero el huerto de tomates… cierra o traslada al extranjero la planta de kétchup… No hay otra alternativa”. Mi reacción fue: “Mientras leía la profunda aseveración sobre el huerto de tomates y la planta de kétchup, comía mi mermelada Crabtree & Evelyn favorita. Con certeza nunca se me había ocurrido que Inglaterra cultivara sus propias naranjas”.

Si bien estos episodios reflejaban la obsesión académica con la industria y, por lo tanto, sufrieron una muerte temprana, no se puede decir lo mismo del último resurgimiento del “encanto industrial” en Estados Unidos y Gran Bretaña. La crisis actual dio lugar al último coqueteo con un respaldo a la industria, especialmente en el sector financiero, y es probable que, en consecuencia, tenga mayores perspectivas de supervivencia. El encanto es particularmente desenfrenado en Estados Unidos, donde los demócratas en el Congreso han llegado al punto de aliarse con lobistas de la industria para sancionar legislación que brinde protección y subsidios para aumentar el porcentaje de las industrias en el PBI.

Debido a la crisis financiera, muchos políticos han aceptado el argumento, como si se tratara de una regresión a Adam Smith, de que los servicios financieros son improductivos –y hasta contraproducentes- y que tienen que reducirse mediante una intervención gubernamental. De esto debe inferirse, entonces, que la industria debe expandirse. Pero no es así. Aún si uno quisiera recortar los servicios financieros, podría seguir concentrándose en la multitud de servicios no financieros.

Los motores y las turbinas diesel no son las únicas alternativas; existen muchos servicios, como la terapia profesional, el trabajo de enfermería y la enseñanza. El argumento para un cambio hacia la industria todavía está por demostrarse, porque no se lo puede probar.


Jagdish Bhagwati es profesor de Economía y Derecho en la Universidad de Columbia y miembro sénior del Consejo sobre Relaciones Exteriores en el área de Economía Internacional.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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