Jorge Eduardo Arellano
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La educación y calidad personal debe replantearse cambiando de enfoque el aprendizaje y la enseñanza.

Ambos son para vivir mejor, para alcanzar calidad de vida, no para llenarnos de conocimientos. Estamos hechos de inteligencia y necesitamos los conocimientos, pero también estamos hechos de motivaciones, sentimientos, emociones: miedos, tristezas, entusiasmos, alegrías, deseos, esperanza, o sea, matizada de valores.

La educación debe retomar esa brújula y abandonar su frialdad intelectual, desencarnada de la vida y de la sociedad.

La educación en los valores supone “aprender a soñar”, es decir, enfrentarse con la “construcción” de sí mismo y abordar el terreno de la autenticidad de la propia vida.

Es característico de la educación ayudar a forjar ideales, a fomentar las ganas de vivir a fondo, a cambiar o mejorar el mundo, a afrontar los imposibles y a incitar al empeño para ayudar a construir un mundo mejor.

La familia, los profesores, deben tener muy en cuenta, que la niñez y la juventud que reciben no son duras sino blandas de cerebro, corazón, inteligencia emocional, sentimientos, valores.

Se puede forjar, modelar como una obra de arte, con amor, con respeto, con un profundo respeto por el ser del otro, no imponiéndole lo que se quisiera que fuera sino logrando que salga de él su mejor yo, su propiciar para proyectarlo en una convivencia que sea fecunda, que lleve al servicio generoso y a la dedicación profesional con sentido de bien común, por una sociedad mejor, por una Nicaragua próspera.

*Psicóloga
lediagutierrez@cablenet.com.ni