Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

La propuesta realizada recientemente por el prefecto de la Congregación del Clero, Claudio Hummes, de una adoración eucarística a escala mundial por las víctimas de las graves situaciones de conducta moral y sexual a cargo de una mínima parte del clero, si bien es digna de respeto y consideración por el reconocimiento que hace de la gravedad del hecho ante las víctimas de estos abusos, no es suficiente para cambiar la realidad que sufren miles de niños, niñas y adolescentes en todas partes del mundo, no sólo por parte del clero, sino de todo el mundo adulto, creyente o no creyente.

A los sobrevivientes no les bastan las promesas de muchas oraciones. Necesitan en cambio una ayuda concreta para superar un trauma que les condicionará para el resto de sus vidas. Seguramente les ayudaría saber que quien les ha violado su cuerpo y su alma, tal vez no lo hará más, porque también esta persona está encontrando ayuda para no hacer más daño no sólo a él o ella, y que no han sido removidos de sus puestos para hacer pasar este escándalo, sino que no habrá más víctimas.

Por lo que respecta a la comunidad de los creyentes, el fenómeno es más complejo, porque es entrar en una dimensión que inevitablemente es también de espiritualidad y de fe.

La pedofilia va más allá de cualquier creencia religiosa. Es exclusivamente un problema de conflictos interiores no resueltos, de inmadurez emocional, a veces de traumas no superados, y no se cura sólo con la oración. Los responsables de formación de futuros sacerdotes, rectores de seminarios y congregaciones, deberían tomar cada vez más en consideración la formación humana de los futuros religiosos. Si en primer lugar no hay madurez emocional, conocimiento humano de los propios sentimientos y deseos, cómo puede ser concebible una madurez espiritual.

En este sentido, un problema central para el mundo religioso es la formación de los religiosos en el sentido de un crecimiento humano, maduro, en el tema de la afectividad y de la identidad sexual. La orientación sexual de los candidatos al sacerdocio debería ser valorada con cuidado, para impedir que las personas más frágiles hagan del sacerdocio un escudo para no enfrentar los nudos centrales de su propia identidad. No es discriminación, sino reconocer que existen sufrimientos y dificultades mayores que pueden ser ligadas a ciertas orientaciones y que son dificultades a las cuales hay que tomar en consideración antes de asumir una responsabilidad mayor como la de ser un religioso. Es una gran responsabilidad ante Dios y ante los hombres.