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¡No soy oligarca soy diabético! - respondió el viejito a la turba chavista - ¡y protesto porque no me dan mis medicinas! La única condición para ser oligarca en un país latinoamericano con una revolución marxista, es no marcar el dogmático paso de su doctrina. Una ortodoxia que destruye la economía, las libertades fundamentales y la democracia, en nombre de una justicia social, que vuelve millonarios a los jefes del partido, mientras convierte en limosnera del Estado al resto de la sociedad.

La ignorancia que la “teoría del proletariado” ha generado en la América española pareciera invencible y permanece activa en el imaginario popular como un poderoso y residual veneno. Cuba con medio siglo de atraso y pobreza, sumergida en las profundidades lamosas de una dictadura comunista. Sobreviviendo del petróleo venezolano como ayer lo hizo del subsidio soviético, sigue siendo para millones no sólo un “ejemplo de dignidad”, sino el “único camino a seguir”.

Costa Rica e incluso países como Brasil y Chile, que alternan en el poder gobiernos socialistas no totalitarios, ni siquiera son una referencia para los sacerdotes y la feligresía marxista, no importa que sus indicadores económicos capitalistas rebasen más allá de cualquier comparación, la vorágine social y la poliomielitis productiva que ya se apoderó de Venezuela, hundió a Cuba y sigue devastando a Nicaragua.

Bochornoso para los intelectuales de la izquierda infame, que el senil tirano desde La Habana declare, aunque luego se retracte, que después de medio siglo de oprobio su sistema no funciona. Un hallazgo que su fanaticada nunca vislumbra a pesar de toda la monstruosa evidencia histórica. Las rimbombantes piruetas con el yo-yo y la manila marxista de sus veneradores, no se han hecho esperar para intentar en vano redimirlo.

La “doctrina del proletariado” es una religión que sobre el lomo de la fantasía ha cobrado la vida y el sacrificio de millones de inocentes. Con la lírica de Tomás Moro y las figuras heroicas de Sandino, Bolívar y Martí, que nada tienen que ver con la paranoia comunista, propagan la falsa creencia que el futuro de la humanidad pertenece al socialismo y que su funesto dogma representa la consumación de la filantropía.

La estrepitosa caída de la Unión Soviética se debió más a su letargo tecnológico y su impotencia manufacturera que a las zancadillas del Tío Sam. El 80% de las exportaciones de Rusia, el país del primer cosmonauta de la historia, el más extenso y rico del mundo, siguen siendo puras materias primas. Si lograran construir un iPhone, probablemente tendría las dimensiones de aquellos televisores cubanos Caribe y viniera con una mochila para cargarlo.

Entre otros hechos históricos visibles sin la venda ideológica, Los Beatles no aterrizaron en Moscú para transformar el mundo, descendieron en Nueva York. Las Estrellas de Fania no utilizaron como plataforma mundial de su merecido éxito a San Petersburgo. El Silicon Valley no queda en Nóvgorod. La libertad no depende del Comité Central del Partido que censure el arte porque ofende la “moral revolucionaria”. Aquí anotó uno de los horrores del castrismo, que nunca mencionan sus solidarios defensores. La represión contra los músicos Claudio e Idalberto Valdés, una brutalidad solamente comparable a la perpetrada contra Víctor Jara.

La iniquidad que durante siete décadas causó el anofeles comunista el siglo pasado, no ha impedido desgraciadamente que en Latinoamérica siga produciendo feroces tiranías y propagando la terrible perturbación del fanatismo. ¿Cuántos millones más deben morir, ser encarcelados, perseguidos, expropiados o exilados para que la razón salga de su lapso? ¿Cuántas naciones deben sucumbir?
El más reciente e implacable intento por cubanizar un país latinoamericano es Venezuela. La catástrofe venezolana trae en la punta 180,000 muertos en 11 años de revolución y el despilfarro de su fabulosa fortuna petrolera, esquilmada entre otros sinvergüenzas por los Castro y la opaca pareja presidencial de Nicaragua. La tragedia venezolana ya rebasó el sincretismo chavista, extraña mezcla de marxismo-cristianismo y necrofilia-bolivariana. A Chávez ya no le queda mucha distancia entre los fósforos y la gasolina.

Las mentiras de Chávez hacen ver a Goebbels como un boy scout. No le crece la nariz, lo delata una compulsiva risita sardónica. Pero ni sus asombrosas transformaciones del Doctor Jekill y Mister Hyde, pueden borran el minuto de silencio que solemnemente le guardó a Raúl Reyes, el busto de Marulanda en Caracas y su descarada solicitud de legitimar el terrorismo. Menos mal que Uribe, siguiendo su trazo desde los famosos computadores, ha solicitado abrirle expediente en las cortes internacionales.

Por más concreto que talentos como Silvio Rodríguez, Gabo y Oliver Stone, viertan en los pedestales de los ídolos comunistas, es imposible seguir ocultando las osamentas que hay debajo. Cuba lleva tres generaciones educadas en la idolatría de Fidel y del Che. Eso es más peligroso para la inteligencia humana, que inculcar las supersticiones bíblicas donde un hombre logra vivir dentro de un pez y otro salva la creación, en un arca sin congeladores para las especies polares.