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“Tengo un alma tan singular que no me reconozco a mí mismo.”

Charles Baudelaire

Rubén Darío –claro está- no fue filósofo, ni formuló alguna teoría filosófica, ni abrazó ninguna doctrina, a pesar de estar plenamente informado del pensamiento filosófico universal.

No obstante, aunque no se propuso llevar a cabo una demostración teórica, no pudo dejar de transmitir en su poesía algún substrato de visión organizada del mundo, en la medida que su poesía y sus análisis críticos literarios estaban en contacto con la vida, e intentaban dar cuenta de los fenómenos sensoriales. Sin embargo, estos atisbos de conciencia filosófica, no se corresponden con una visión integral coherente.

Darío, abiertamente proclamó que no seguía ninguna teoría filosófica. Querer atribuirle una visión conscientemente filosófica, es subestimar la decisión intelectual de Darío de no adherir a ninguna teoría. Posiblemente, en este aspecto, un investigador serio pueda rastrear en su obra artística una influencia ecléctica, afín a su sensibilidad integradora de tendencias desde una posición original que, además, Darío consideraba como una cualidad del modernismo.

El señor Jorge Arellano, en un artículo publicado en la sección de Opinión de EL NUEVO DIARIO, el sábado 10 de septiembre, intenta mostrar una vena filosófica en Rubén Darío, para refutar al señor Salamanca, que sostiene que el poeta era filosóficamente ingenuo y pueril.

De esta forma, cae Arellano en el mismo error de Salamanca. Con una respuesta emocional cree refutarle, situándose en el envés de la misma hipótesis falsa, que considera que un poeta es ingenuo y pueril si no adopta en sus escritos una posición filosófica determinada. La poesía, como pensaba Borges, tiene la función, no de instituir un orden en el caos universal que nos rodea, sino, de referir metafóricamente la percepción del mundo por los cinco sentidos, y de definir la naturaleza de la mente del poeta.

Más grave aún, Arellano toma aspectos de la poesía de Darío y los presenta superficialmente como si se tratara de un pensamiento filosófico. Con lo cual, se hace blanco, él mismo, de las críticas que Salamanca dirigiera erradamente a Darío.

El juicio crítico de Darío no presenta una coherencia teórica, que a él, del resto, no le importaba. Manifestaba Rubén: “Mi poesía es mía y en mí. El arte es una armonía de caprichos”.

Arellano califica a Salamanca de diletante, como si lo acusara de un delito. Todo intelectual es un diletante que ama el trabajo que hace y que enfrenta el conocimiento del mundo con múltiples disciplinas (sin posibilidad de poseer conocimientos profesionales, teóricos, sistemáticos, en todas ellas, como diría Mauthner).

Darío mismo, entre una crítica literaria “científica” y otra “impresionista”, se apunta por esta última. Así, exalta en la poesía de Mallarmé “la evocación de sensaciones que solo percibimos en ciertos sueños. Sensaciones que un momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo”. Y añadía: “en vosotros está la clave del enigma; vuestra alma ha de ser la reveladora pitonisa; y desde el momento que pretendáis aplicar un método científico, o precisar la geometría de esa arquitectura de ensueño, es preferible que cerréis el libro”.

Darío, en fin, defendió la belleza sin reglamentos.

Ya entrando en materia, escribe Arellano: “Lo fatal” es una descarga agónica existencial. Una poesía de desesperanza. La obsesión de la muerte y el terror a lo ignoto, integran la angustia. Hay un pánico a la muerte.

Resumido, así, por Arellano, “Lo Fatal” no sería más que la muestra de una patología neurológica. Y si la poesía de Darío reflejara sólo eso, sería ciertamente pueril.

En “Lo fatal”, escribe Darío: “No hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. En esta poesía, no predomina el pánico por la muerte (como piensa Arellano), sino, que Darío constata, con pena, lo absurdo de la existencia humana (sinsentido, que luego detalla, desde distintos ángulos contradictorios: las tentaciones de la carne, el rumbo incierto, la temporalidad relativa, el misterio, la certidumbre de la muerte). Pero, no desemboca ni en una agonía (como dice Arellano), ni en una salida al tedio, como la que ofrece Schopenhauer. Más bien, hay, filosóficamente, una ataraxia que subyace en el poema, una actitud estoica que elimina el miedo a la muerte al participar el ser humano del logos cósmico, del destino o Fatum (que - a propósito - coincide en latín con el nombre del poema).

Arellano llega, incluso, a sostener que en “Lo fatal” hay un asco vital que anuncia algunos aspectos de La Nausée de Jean Paul Sartre. Con lo cual desbarra totalmente el camino, en un doble sentido. Primero, porque Rubén, en el poema, asume el destino humano. En él, la vida, dolorosa y penosa, no es algo superfluo.

Segundo, porque la Náusea, para Sartre, no es un fenómeno individual, sino, social. Sartre trata de las debilidades que acarrea para la existencia ser miembro de la sociedad. Formar parte de un grupo y mantener una rutina, una vida inalterable, monótona. La necesidad de un ser cercano, conforma también una debilidad, como creer en un poder superior. Hay un temor a que con sus propias obras el hombre acabe con su ser. Entonces, todo es contingente y gratuito, y la misma idea de la vida ante una realidad superflua, provoca náuseas. Lo que existe nace sin razón y muere por casualidad. El giro filosófico que le da Sartre a la existencia en su relación con la realidad superflua, no aparece ni de lejos en la poesía de Rubén que, no está de más repetir, no sostiene ni pretende reflejar una teoría filosófica coherente.

Arellano asume la versión de Aceredo de que “Lo Fatal” conecta a Darío con la filosofía de Schopenhauer. Asegura que Darío incluye una trágica desesperación ante la realidad de la existencia humana, y un rechazo a la inconsciencia (¿?). En los hechos, ni Schopenhauer, ni Darío (en el poema “Lo Fatal”), caen en la desesperación ante la realidad humana. Ya hemos visto que en este poema de Darío subyace, más bien, la ataraxia estoica.

En cuanto a Schopenhauer, éste manifiesta que la realidad cognoscible es la voluntad de vivir, que corresponde a un impulso carente de fundamento y de motivo, pero que se individualiza, para cada ser, en un mundo de dolor, de guerra, de contradicción y de competencia.

Schopenhauer se opone a la vida, trágica, que considera como un malestar continuo. El sufrimiento –para él- es esencial a la vida bajo la forma de un deseo de felicidad siempre insatisfecho, que termina por caer en el aburrimiento. Darío, en cambio, soñaba con el día venidero, en que el arte, al calor del ideal, vestiría manto de llamas. Y el poeta podría romper el arpa adulona de las cuerdas débiles.

Para Schopenhauer, prescindir de la sociedad es ya una gran felicidad. Darío tan sólo lamenta vivir en la época que le tocó nacer. Schopenhauer es profundamente misógino, ya que la mujer es la base de la perduración y sobrevivencia de la especie. Para Darío, “la vida se soporta tan doliente y tan corta, solamente por eso: roce, mordisco o beso. ¡Toda lucha del hombre va a tu beso, por ti se combate o se sueña!”.

En la filosofía de Schopenhauer, nuestro propio yo se manifiesta como voluntad de vivir. La vida oscila pendularmente entre el sufrimiento y el tedio. No hay lugar, por consiguiente, para la desesperación. Pero sí para el tedio. Ya que es el propio yo quien desea la felicidad, y quien sufre a consecuencia de la insatisfacción (dado que la naturaleza sacrifica al individuo por la sobrevivencia de la especie).

La base de la eudemonología, por lo tanto, es encontrar una forma inteligente de anular la voluntad de vivir. Una ausencia de deseo, que Schopenhauer promueve por medio de la contemplación. Y una forma de anular el tedio y perder interés por la vida, que Schopenhauer encuentra en el arte. No hay nada de estos conceptos de Schopenhauer a lo largo y ancho de la producción de Darío que, más bien, en la mayoría de sus obras poéticas es hedonista (busca el placer como razón de vida) y epicúreo (para quien la contemplación carece de sentido). Para Schopenhauer, en cambio, el placer es sólo una forma de aplacar un malestar, tanto en lo moral como en lo físico.

El señor Arellano cree, con la mayor ingenuidad, que con la abundancia de términos filosóficos contradictorios asociados a Darío, refuta con más fuerza a Salamanca. Y escribe:
Los poemas filosóficos de Darío expresan: la agonía existencial, la desesperada conciencia de la muerte, la angustia de la existencia, la temporalidad, la soledad humana, la nada, el no-ser…
Y, también, expresan lo contrario: la espiritualidad, la esperanza, el epicureismo, el amor que vence a la muerte con felicidad, un más allá indefinido, el problema divino, la aceptación de la muerte, la trascendencia...

Con lo cual, se demuestra, no sólo que Darío no adhería a ninguna teoría filosófica, sino, porque clamaba con desesperación: “De las academias, ¡líbranos, Señor!”.


*Ingeniero eléctrico