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Gobernar un país es una responsabilidad, sin duda, enorme. Sin embargo, bien gobernar un país y además hacerlo de manera revolucionaria es más que meritorio y debería elevarse a la dignidad de proeza. El arte de gobernar es, en suma, la búsqueda del bien común a través de la formulación de políticas públicas eficaces y eficientes. El mandatario electo y todos sus funcionarios deben encargarse de armonizar los principios básicos de gestión pública a saber: coherencia político económica, políticas fiscales justas e inclusivas así como políticas sociales balanceadas y articuladas de manera que confluyan dentro de las mismas los mejores esfuerzos institucionales con el fin de lograr el bienestar general de la nación. En el caso de un gobierno que se quiera considerar revolucionario, como el del FSLN en Nicaragua, debe llevar más allá del bien gobernar sus acciones y propiciar la reducción de la desigualdad, el desarrollo integral y armonioso de la sociedad sin un afán visceral de promover el odio de clases; mismo que a la postre sólo debilita a la nación.

En Nicaragua, nada de esto se cumple. Ni hay buen gobierno, ni mucho menos revolución. Todo se resume en un vano discurso oficial del presidente lleno de patanería, arrogancia y mesianismo que sólo mastica las desastrosas estadísticas de desempeño económico y social sin lograr tragarlas ni arrojarlas. El gobierno de Nicaragua está atrapado en su propia mentira; congestionado con su propio fracaso, más evidente hoy que nunca. Ante esto lo más fácil para el gobierno es mandar a callar a la opinión pública y a los Organismos Internacionales, como la Unicef, cuando revelan cifras que son sumamente incómodas para el inquilino de El Carmen.

Cuando se ejerce el buen gobierno los resultados son tangibles y se expresan mediante los múltiples mecanismos de control y seguimiento estadístico tanto a nivel nacional como a nivel internacional por organismos de probada seriedad y profesionalismo como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, o el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD. Si este fuera el caso, el presidente Ortega recibiría de buen gusto la publicación de estadísticas favorables a su gobierno por parte de estos organismos. Desafortunadamente estas instituciones escapan a la influencia y poder de Ortega y, ante esta realidad, al señor presidente, sólo le queda esconder la cabeza como el avestruz y reprimir a lo interno.

¿Por qué, mejor, en vez de estar peleándose con los organismos internacionales serios el presidente Ortega no hace un alto en el camino y toma conciencia de lo desastroso que está resultando su segundo mandato? Los números no mienten. Señor presidente, usted y la cúpula del FSLN se abatieron sobre Nicaragua como una verdadera plaga y lo están consumiendo todo.

Según un estudio publicado por el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (Celade) – División de Población de la Cepal, a cargo de Milagros Barahona, la pobreza en Nicaragua ha venido incrementándose a un ritmo acelerado que está relacionado con la elevada tasa de crecimiento poblacional que ronda el 3% anual. El número de personas que vivían en extrema pobreza en 2001 era de 2.4 millones de personas, lo que representaba en la época casi la mitad de la población. En la actualidad el Instituto Nacional de Información de Desarrollo, del gobierno de Nicaragua, no muestra estadísticas sobre el nivel de pobreza que hay en el país. Al parecer el gobierno no sabe, o no quiere saber, cuántos pobres hay en el país.

Por otro lado, el Estado de Nicaragua dejó de proporcionar información a la Cepal sobre la evolución de sus índices de pobreza y en el anuario estadístico para América Latina y el Caribe de 2009 los datos de Nicaragua se cortan a 2005 cuando el país reportó un 61.9 % de pobreza a nivel nacional mientras que la mayoría de los otros países han continuado informando sus datos hasta 2008.

Ante esta situación cabe hacerse la pregunta obvia: ¿Por qué el gobierno de Ortega esconde los datos de pobreza en el país? Lo más lógico es que si un gobierno tiene mejor desempeño en la reducción de la pobreza que sus predecesores lo utilice como una valiosísima herramienta publicitaria y propagandística; a menos que las cifras sean peores que las de los gobiernos anteriores. En ese caso sería comprensible esta actitud de Ortega, que de hecho es la misma que asume Cuba y otros regimenes dictatoriales de la zona al no informar a los organismos internacionales sobre su gestión. Es ridículo el afán de Ortega de querer esconder la basura tras la puerta, sin percatarse que incluso Venezuela ha continuado informando a la Cepal sobre sus estadísticas de pobreza.

La solución a la pobreza, según Ortega, pasa por la implementación políticas sociales que se asemejan a pequeños parches con los que el mandatario quiere remendar el desastre. Irán, de este modo, los consejeros en temas sociales del presidente por las zonas económicamente desoladas del país con un puñado de vacas, unas cuantas gallinas y unos cerdos, cual quijotes modernos remediando el problema de la pobreza en Nicaragua y anunciando, cual circo de pueblo, la llegada del programa Hambre Cero que mandó el Presidente. A propósito, cada vaca, gallina o cerdo vendrán etiquetados con propaganda del mandatario que sonríe mirando al horizonte mientras el hambriento campesino recibe sus animalitos tras haber presentado un cané de militante sandinista y una carta aval del Consejo del Poder Ciudadano de su localidad. Esto es sencillamente maquiavélico.

Para Ortega éste es el mejor de los mundos y ésta la mejor de las soluciones…de las estadísticas de pobreza de los Organismos Internacionales ni hablar, son puras maquinaciones del imperio norteamericano y sus agencias de inteligencia que buscan desestabilizar a la revolución.


*El autor es Especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.