Jorge Eduardo Arellano
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En el año 2002 el Papa Juan Pablo II elevó a los altares al indígena Juan Diego, vidente de la famosa Virgen de Guadalupe. El hecho fue catalogado como histórico para la Iglesia Católica, pues se reinvidicaba a un indígena, forjador de la arquetípica guadalupana mexicana, cuatrocientos años después de la aparición se le integraba a un santoral plagado de santos europeos.

El evento no tuvo ayuno de controversia en el país azteca y desató una polémica en torno a dos tópicos; la historicidad del indígena Juan Diego y el origen divino de la tilma donde supuestamente dejó su imagen la Virgen María. Una vez más se enfrentaban los ojos de la ciencia con los ojos de la fe.

La leyenda de la fe nos informa que en 1531 al indígena Juan Diego, en el cerro del Tepeyac, se le apareció la virgen María. También nos dice que le pidió que hiciera un templo católico en el lugar. Para ello, Juan Diego se lo notificó al obispo de Nueva España, fray Juan Zumárraga, el cual no le creyó y le pidió pruebas. El indígena decepcionado regresó al cerro y le dijo a la virgen lo que el fraile incrédulo le había manifestado. La virgen le pidió que recogiera rosas en el campo del cerro y las guardara en su túnica de maguey. Juan Diego volvió donde Zumárragra y le dijo que le traía la prueba, abrió su túnica y las rosas se cayeron al tiempo que la imagen de la virgen quedaba impresa por la mano de la divinidad en la tela de maguey.

Con la beatificación de Juan Diego en 1990, la crítica de los historiadores no se hizo esperar. El catedrático de la Universidad de Cambridge, Dr. David Branding, afirmó que “no hay pruebas históricas” de la existencia de un indio llamado Juan Diego. El catedrático manifestó que si bien es cierto existe evidencia de que la imagen de la virgen se veneraba desde el año 1555, las pruebas documentales de la supuesta existencia de Juan Diego son del año 1648. El sacerdote e historiador Stafford Poole coincide y dice: “Hasta 1648 no se sabe nada de Juan Diego”. Es un vacío documental de más de cien años que hacen dudar de la historicidad del mítico indígena. Más relevante aún es que en las memorias del fray Juan Zumárragra, supuesto testigo presencial del hecho milagroso, no mencionara nada del hecho.

Es hasta el año 1648 que el presbítero Miguel Sánchez informa del milagro de Juan Diego en su libro “Imagen de la Virgen María”. Libro escrito en español, antecesor de otro escrito en Náhuatl en el año 1649 titulado “Nican mopohua”, que cuenta los mismo hechos como calcados del libro de Sánchez.

Es importante destacar que el culto mariano de Tepeyac fue precedido por el culto indígena a la diosa Tonantzin. No se puede decir con seguridad cuándo el culto a la guadalupana sustituyó al culto de esta diosa criolla, pero es evidente que fue en algún momento del siglo XVI. Las destrezas de la iglesia en estos menesteres sustitutivos es ancestral, pues se sabe que en los primeros años del cristianismo muchas estatuas, templos e iconos paganos fueron adaptados a los ritos católicos. Los más famosos son las vírgenes negras europeas como sustitutas de la diosa Isis.

Otro dato relevante es que no se construyó la ermita de la virgen en tiempos del testigo fray Juan Zamárraga, el cual murió en 1548 y no la menciona en su testamento, como era la costumbre. Los historiadores ubican la construcción del templo en el año 1550 en tiempos del sucesor de Zamárraga, fray Alonso de Montufar, quien según dicen los historiadores mandó pintar la imagen en la tela al indígena Marcos. La evidencia documental que comprueba que la imagen fue hecha por manos humanas la encontramos en las declaraciones de fray Francisco Bustamante en un sermón que pronunciara en el año 1556: “La devoción que esta ciudad ha tomado en una ermita en casa de Nuestra Señora, que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio de los naturales, porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos”.

Es importante aclarar que los principales dogmas católicos con respecto a la virgen María no estaban instaurados en ese tiempo. El dogma de la Inmaculada Concepción fue decretado por el papa Pío IX hasta finales del siglo XIX y el dogma de la Asunción más tardío aún, en el año 1950. También es importante el contexto de una fuerza evangelizadora española en las supuestas apariciones de María, fenómeno parecido a un sinnúmero de santos aparecidos en un ambiente pastoril en las colonias americanas.

En el proceso de canonización de Juan Diego hubo voces disidentes en el mismo clero mexicano. El alto clero católico mexicano con suma diligencia, no mostrada en los casos de abusos sexuales de sacerdotes, sancionó a los sacerdotes disidentes. Ya el alto clero católico nos tiene acostumbrados a sus manipulaciones y “falsificaciones piadosas” por el bien de la Santa Madre Iglesia. Lo que sí debe preocupar a los creyentes es que a San Juan Diego no le pase lo mismo que a Santa Bárbara y a San Jorge, pues Pablo VI los sacó del santoral por falta de rigor histórico.

Muchos creyentes guadalupanos dirán: pero la mejor evidencia del milagro es la tilma de la imagen de la virgen, pues en ella se han hecho muchos estudios y tiene intrigados a los científicos. Ese punto lo abordaremos en otro artículo, sin embargo, es evidente que la tradición guadalupana es una cuestión de fe, ya que la ciencia tiene otra versión.

rcardisa@ibw.com.ni