•  |
  •  |
  • END

Si hasta para votar hay que taparse la nariz, el agua no se iba a convertir en vino sólo por invocar unas “primarias”. Los partidos políticos nicaragüenses no son organizaciones democráticas, donde sus “bases” pueden discutir y elevar propuestas. La “masa electoral” de estos partidos la componen mayormente fanatifcadas de lucha libre, ciegamente fieles a la figura del caudillo.

La prueba está en las nominaciones de los insaciables saqueadores del país, los eternos caudillos del PLC y del FSLN. Objetar las candidaturas de Alemán y Ortega dentro de sus feudos partidarios es arder vivo en una hoguera atizada por millares de fanáticos. Igual suerte corren aquellos, que en los “renovadores” movimientos de la izquierda nicaragüense, no marquen el dogmático paso de la ortodoxia marxista.

Con indolencia, los que no tenemos partido, hemos cedido el país a una clase política corrupta y absolutamente inferior a la tarea de gobernarlo. Es tan vil su populismo y tanta la pobreza e ignorancia, que ya rebasaron la demagogia de prometer puentes donde no hay ríos y viceversa.

Como el orteguismo, en vez de cerdos o gallinas, pueden “obsequiar” un par de zapatos por voto, el pie izquierdo antes de la votación y el derecho si la ganan. Pueden incluso prometer convertir a Nicaragua en otra Suiza y cuando la nación empobrezca aun más, mientras ellos enriquecen, alegar cínicamente que fallaron porque les hicieron falta los suizos.

Hubo fiesta en el aquelarre del Carmen por el chasco de las primarias. Pero los Ortega-Murillo tienen más razones para celebrar. Hasta ahora todo les ha salido de maravilla, tal y como la habían planeado. Nada pasó luego del atraco electoral que no pudieran controlar con sus turbas criminales y algunos dólares más en el vergonzoso mercado de las conciencias. Sólo olvidan un pequeño detalle y es que este pueblo genéticamente no es esclavizable.

El mal habido y corrupto mandato de Ortega, debió concluir ipso facto, cuando se atrevió a defraudar los comicios. Lo que ahora se pide, en medio de las innumerables arbitrariedades de su gobierno y del dinero sucio que sigue acumulando bajo el sombrero de Sandino, es la expiación del Consejo Supremo Electoral, como si Roberto Rivas y el resto de facinerosos pudieran atarse los zapatos sin una orden de su patrón.

En el paraíso de la impunidad, el despojo del sufragio no constituyó la gota que derramara el vaso. Antes que el caos se desate de nuevo, debimos cívicamente paralizar el país frente al robo electoral. La mayoría de los nicaragüenses que no formamos parte del “voto duro”, pudimos convocar nuestro propio referéndum, limpiar los poderes y procesar a los delincuentes. Estamos sometidos por “autoridades” que gobiernan al margen de la ley.

El orteguismo es peor que el somocismo. Negarlo porque ahora no hay una matanza, es conveniente para exonerar a Ortega y a sus antiguos compañeros de la guerra fraticida que destruyó Nicaragua. Una catástrofe mayor a cualquier estrago somocista con el que se quiera comparar y por la que nadie ha entonado ni siquiera un mea culpa. Los jóvenes inmolados por esta misma patología totalitaria, fueron tantos, que todavía 20 años después el ejército se niega a revelar las cifras oficiales de aquel espantoso matadero.

Sin país para jóvenes y sin empresarios como Piñeira o Martinelli, muchos proponen la vetusta versión criolla del salvadoreño Saca. Talvez todas las bondades que se le atribuyen a Pancho Madrigal sean ciertas, pero me temo que ni su mejor cuento puede explicar la fortuna del otro abuelo de sus nietos.

Además, pareciera que Don Fabio entiende la política basada en componendas, igual a la que engendró esta Corte Suprema de Justicia, usurpada por sinvergüenzas, arrastrados del cuello por el mecate partidario que jala la mano del caudillo. Gadea tampoco es inmune al oportunismo y al cálculo político que rodeó la estimable figura de doña Violeta.

Aunque el orteguismo se sometiese a unas elecciones limpias, fantasía que por ahora carece de plazos, y ganara cualquiera que sea el candidato del consenso. Si Ortega, Alemán y sus cómplices no son castigados, continuarán diseminando la corrupción y desatando entre otras fechorías, el terrorismo que socavó el país durante los 16 años que Ortega gobernó desde abajo.

Este deja vu político podemos romperlo, sólo si castigamos a los culpables de que nuestro país languidezca en esta infamia. Mientras sigamos indolentes, confundiendo la reconciliación con la impunidad y permitiendo que los delincuentes impartan justicia, seguiremos caminando hacia el abismo. Si de verdad nos duele el deplorable estado de postración en que se encuentra nuestro pueblo, debemos arriesgarlo todo por defender la democracia.

“Nunca es inoportuno pensar y actuar con inteligencia”, apuntó Santayana, con una filosofía considerada de la modestia, porque para construirla no recurrió al superhombre ni a la fe. A los nicaragüenses que seguimos porfiadamente formulándonos las preguntas equivocadas, nos viene como anillo al dedo su cita más famosa: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.