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He recibido el don del sufrimiento y así he llegado a ser poeta
Ibsen

Esta pregunta no debe formularse como si el racismo fuese una característica física, que se pudiera percibir superficialmente, por los sentidos. El racismo es una manifestación ideológica. Como tal, puede reflejar distintos grados y niveles de intolerancia, en función de la contradicción filosófica y política que enfrenta el artista en cada momento histórico (como veremos luego).

El señor Salamanca, en un artículo publicado en EL NUEVO DIARIO, el 17 de septiembre, escribe que las veleidades racistas de Darío son cuestiones de fondo, y que es un tema delicado que es necesario dilucidar. Y se dispone a realizar la autopsia moral del poeta a golpes de cuchillo, con el escalpelo deshuesador del carnicero.

Salamanca aborda la vida y obra de Darío sin formación alguna. No es un profesional de la crítica literaria, ni un diletante, ni siquiera un aficionado, novato o aprendiz. Sino, alguien que carece de método para formular tesis, para elaborar y sustentar hipótesis, y para comprobarlas luego, con cierto rigor lógico. De manera, que embiste contra Darío espontáneamente, a puro instinto y furia (con pésima redacción). Por ello, trataremos de gobernarle a base de capote, pero sin banderillas ni estoque (como se pide, ahora, en las plazas, por razones de humanidad encomiables).

Salamanca es parte de esa marea de chapucería destructiva que avanza sobre la sociedad, se asienta en los órganos de dirección, penetra en las aulas universitarias y se adueña de las cátedras, para reproducirse desde allí como un virus informático o malware, que intenta dañar la cultura.

Escribe sobre “Los Raros”: “leer el libro “Los Raros” resulta hoy en día bastante difícil. Intenté hacerlo yo mismo y el libro “se me cayó de las manos”. La visión dariana de los mismos ha sido superada. Por ejemplo, Darío no conoció el psicoanálisis, el cual hoy en día es una herramienta muy socorrida de la crítica literaria”.

Pocos días después, escribe: “Revisando mi opinión sobre “Los raros”, debo decir que se salva de esa obra lo que dijo Darío sobre Martí, de quien nos dejó un valioso y conmovido testimonio.”.

Después de años de investigación y estudio, este crítico cambia de opinión de un día para otro. Se puede leer, entonces, el libro, sin que se caiga de las manos, a lo menos, por Martí, por uno de los “raros”; a pesar que Darío no use el psicoanálisis. ¿Cuál era la tesis de este crítico? ¡Él mismo la ha pisoteado sin darse cuenta, mientras escarbaba en la arena, pensativo!

Otro ejemplo –fra l´imbarazzo della scelta-, de la falta de lógica con que Salamanca emite opiniones, es la siguiente: “Reitero que Darío era un provinciano cosmopolita. Por ejemplo, él le pide a Dios que le dé la fe ciega de un campesino analfabeta, sin darse cuenta de que al recibir ese don dejaría automáticamente de ser Rubén Darío..”.

Provinciano y cosmopolita son términos contrapuestos, como analfabeta y letrado. En la medida que alguien es cosmopolita deja, en esa medida, de ser provinciano. El ejemplo que expone Salamanca, del resto, nada tiene que ver con provincialismo. Darío, en la medida que la ciencia hace inmensos progresos, enfrenta ante sus ojos la destrucción de una época. La filosofía, ahora, como reflejo de ese dominio exuberante sobre la naturaleza, se centra en el hombre y en la transformación de la sociedad, no en verdades abstractas. La existencia humana se llena de incógnitas, el lenguaje mismo transmite un significado individual inseguro. Darío lee, con disgusto, a Marx y a Nietzsche. En esa vorágine de incertidumbre, Darío clama a Dios que ancle la fe, que sólo es posible sostener, humanamente, con la ceguera que da la ignorancia. La creencia en verdades absolutas calmaría la inquietud de las preguntas sin respuesta, que perturban su ideal de simple creador de belleza.

Salamanca, en lugar de percibir el desconcierto sincero, existencial, toma superficialmente, a la letra, la invocación de Darío; y le traslada a él su propia frivolidad.

Escribe Salamanca su crítica más contundente: “El racismo de Darío, al igual que su elitismo, son los aspectos más cuestionables de su personalidad. La discriminación es tan incongruente en Darío que amerita un estudio psicológico a profundidad.”.

Rubén Darío era políticamente reaccionario. El concepto de supremacía de la nobleza, que para él provenía de un designio y orden divino, le llevaría a cultivar gustos refinados y a encauzar su percepción de las transformaciones sociales en curso, hacia expresiones extremas de discriminación racial.

Constatar lo anterior, es simple. Basta leer las crónicas y reportajes de Darío de comienzos del siglo XX. Ello no constituye, en sí, ninguna tesis.

¿Qué pretende el análisis psicológico que propone Salamanca? ¿Encontrar el vínculo ente poesía y fisiología? Lo que se debe analizar, al contrario, no es la personalidad, sino, la poesía de Darío. La diferencia de integridad entre Salamanca y Darío, no es por ideales o principios morales en contra de privilegios (con los cuales Salamanca justifica juzgar la personalidad de Darío), sino, por cambios de valores en la ideología dominante, pero, sin que se altere la esencia igualmente discriminatoria.

Esta época –en la que se pondera más la posesión de dinero que los designios divinos- se concentra la discriminación más en la división de clase que en la división racial, inamovible. Por ello ha disminuido el racismo.

Actualmente, no hay divisiones raciales en los medios de transporte, y resultaría anacrónica esta discriminación. Pero hay divisiones sociales en todos los ámbitos. Y Salamanca (sin un análisis psicológico profundo de su propia personalidad) convive tranquilamente con el concepto de Very Important Person, y con sitios reservados de primera clase, en trenes, aviones, restaurantes, aeropuertos, en los centros de espectáculos, en los centros de residencia, etc., que una sociedad más igualitaria hará objeto de repudio, por la discriminación que encierran, con base al dinero; como antes, con base al racismo.

El ideal de Darío es una sociedad prefeudal, donde viva como un ángel soberbio, desnudo, acariciando la Naturaleza con golpes de alas, como las águilas. El desarrollo del capitalismo, con el culto al dinero, le condena a ganarse el alimento dándole vueltas al manubrio de una caja de música. Escribe Darío en contra del capitalismo:

“Época espantosa en verdad más que ninguna otra de la historia del hombre. El corazón del mundo está enfermo; la vida hace daño. La Gloria está amenazada de muerte, como el viejo Honor que agoniza, y el Pudor, y la Caridad. Los reyes se van y los pueblos no saben adónde ir. Desde el momento en que el dinero suple hoy los antiguos ideales, la disputa de la tierra y de la riqueza se hace más enconada, y el crack de la moral trae el más absoluto desastre. Jamás el ser humano ha sido más bestia.”.

Y concluye su valoración sobre la nueva civilización: «El imperialismo pide sangre y oro». «Cuando la mueve su pasión, su interés o su conveniencia, la civilización europea es más bárbara que los bárbaros».

Su posición política, antagónica al Capital, presenta atisbos e intuiciones contradictoriamente progresistas: “No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros [...] El ideal de esos calibanes está circunscrito a la bolsa y a la fábrica. Comen, comen, calculan, beben whisky y hacen millones. Su hogar es una cuenta corriente.”.

Y clama por una liberación ideal, con base a la cultura: “El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera salvación [...] He aquí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo [...] y le enseña la bondad de la vida.”.

Al relatar el entierro proletario de Zola, roza, Rubén, con extraordinaria sensibilidad artística, la conciencia de clase del proletariado: “Un minero iba, pies desnudos entre gruesos zuecos, con su uniforme de trabajo. Un herrero, los brazos al aire, llevaba con dignidad su pesado martillo. Un cultivador gigantesco hacía brillar al sol opaco, sobre un hombro, una hoz. ¡Esa es la gloria! [...] Iban obreros de blusa, y niños y niñas con sus padres [...] Los hombres que llevaban eglantinas rojas desfilaron. Las arrojaron sobre el gran compañero muerto... Y parecía que había brotado de repente, «vivo como la sangre», ¡un plantío de amapolas!”.

A pesar de una falta de coherencia filosófica, el arte de Darío ha elevado nuestra mentalidad a niveles más altos, como inspiración de ciertos sentimientos. La cultura, con sus contradicciones, como el conocimiento técnico, es un instrumento de la emancipación social.

Darío es un intelectual que responde a una sociedad atrasada, estancada en el precapitalismo. Pero no renunciamos a su herencia, que da luz sobre el pasado. La nueva cultura será distinta, más igualitaria y coherente, pero tendrá como sustento la creación literaria de Rubén.


*Ingeniero eléctrico