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“Los gobiernos no sacan a los pobres de la pobreza, los pobres salen de la pobreza si tienen oportunidades”, escuché en la radio de un taxi cuando me desplazaba desde el aeropuerto de Panamá, en un viaje de trabajo que realicé esta semana.

Era un programa en el que se comentaba la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno que se realizó en Nueva York la semana pasada para evaluar el grado de cumplimiento de los países en cuanto a los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que se adoptaron en el marco de Asamblea General de las Naciones Unidas a inicios del nuevo milenio, hace diez años.

Esos objetivos tienen que ver con diferentes temas, todos relacionados entre sí, pero vinculados a un núcleo central: con la dotación de recursos naturales del planeta y el desarrollo tecnológico disponible que permite potenciar esa dotación natural, es injustificable la pobreza, tanto en términos del consumo alimenticio diario, como de los indicadores de mortalidad, educación, control de epidemias, entre otros.

Pero en la manera de enfrentar ese desafío de erradicar la pobreza y sus causas, en todas sus dimensiones, en la Cumbre que recién terminó en Nueva York, hubo dos posiciones básicas: la de los países que rindieron cuenta de los esfuerzos que vienen realizando para alcanzar los nobles Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y los países que para excusar sus fracasos llegaron a echarle la culpa a otros, del pasado o del presente.

Yo personalmente no tengo dudas que el orden económico internacional actual es asimétrico e injusto. Asimétrico, desde luego, en su tamaño, pero también en lo que conocemos como la “ley del embudo”, entra mucho para pocos y sale poco para muchos. También injusto, porque esa asimetría se podría corregir si hubiera voluntad política, y por ejemplo avanzaran las negociaciones de la ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio (OMC), y los países ricos eliminaran los subsidios a sus agricultores, que limitan el desarrollo de nuestros agricultores.

Pero es el caso que pese a ese orden económico internacional injusto, hay países que están saliendo adelante, progresando e ingresando al club de los países de ingreso medio, primero, y desarrollados después. Y hay otros países, como nosotros, que nos estamos quedando cada vez más atrás.

La diferencia está entre los países que aprendieron que los gobiernos no sacan a los pobres de la pobreza, sino que dando oportunidades a los pobres, -“externalidades” como se dice en la jerga económica-, oportunidades de educación, infraestructura, crédito, comunicaciones, confianza política y jurídica en el futuro, los pobres las aprovechan y salen adelante dejando de ser pobres. Para eso los países deben crecer, y crecer fuerte y sostenidamente. El caso de éxito en la reducción de la pobreza de Brasil, que tanto sonó con motivo de la mencionada Cumbre, se explica más por la fuerte creación de empleos que por los programas específicamente dirigidos a los pobres, aunque éstos han ayudado y mucho, pero por sí solos no hubiesen explicado ese éxito.

En la Cumbre de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) hubo países con gobiernos de centro izquierda como Brasil, y gobiernos de centro derecha como Colombia, o de centro centro como Costa Rica, que llegaron y dieron cuenta de cómo, creciendo económicamente, y generando empleos, y dando oportunidades a los pobres, están saliendo adelante y cumpliendo con los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Y los hubo otros, como el gobierno de Nicaragua, que llegó a echarle la culpa al pasado, y a otros. ¡Cómo si los pobres comieran del pasado o de echarle la culpa a otros!