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El juego político entre el partido gobernante y los partidos de la oposición oficial, consiste, fundamentalmente, en mentir, hacer zancadillas, utilizar mañas, crear conflictos artificiosos, arreglar sobornos y cometer traiciones. Estas prácticas han creado una cultura política de bajos quilates, con la cual frustran a la población, le ocultan los problemas vitales del país y la acostumbran a esperar los resultados como hechos fatales.

Detrás del juego, donde el que obtiene “más victorias” es quien dispone de los recursos del Estado, se ocultan las contradicciones económicas, políticas y sociales entre las clases. Más oculta queda cómo sacan las ganancias de las fuentes principales de la economía nacional, incluyendo la cooperación extranjera.

Este control del poder del Estado no es definitivo, porque no elimina las contradicciones. Por ello surgen las luchas políticas que se libran en los terrenos legislativo, judicial, económico y electoral. En esos terrenos es donde el orteguismo ha logrado sus “victorias”; el control del Poder Ejecutivo por sobre los demás poderes, lo consiguió después de su fraudulenta, acelerada y siempre sórdida acumulación de capital. Ahora, está empeñado en utilizarlo para lograr la reelección, al costo que fuere.

Con el control estatal y dueño de un gran capital en constante ampliación, haciendo negocios con los mecanismos del Estado, el orteguismo no se ha dedicado a gobernar, en el sentido de hacer avanzar al país y sacar de la miseria a las amplias masas que la padecen históricamente, sino a consolidar sus poderes para comprarse la reelección.

Eso y más se oculta tras la política cirquera que se practica en la Asamblea Nacional, donde a la Constitución la hacen dar saltos mortales. Y, entre lo “más”, se incluye la armonía de intereses económicos de alto volumen que el orteguismo ha logrado con el gran capital tradicional que representa Carlos Pellas, y éste, se hacer representar por el Cosep. Hay una mutua complacencia: el orteguismo aplica una recaudación fiscal, según lo define el Cosep, y éste y sus representados “no se meten en política”, porque su política –que es hacer capital— está protegida por Ortega.

Así se gana su indiferencia, y lo dejen hacer lo que él quiera para seguir en el poder. En la construcción de esa armonía, y después de obtener ganancias con la quiebra del Interbank, el orteguismo se hizo un buen cliente del sistema financiero privado, además de dividirse para explotarlas, las áreas más solventes de la economía nacional. No es casual que los grandes capitalistas sólo hablen tímidamente sobre la reelección; que el Cosep sólo tenga encuentros simpáticos y fructíferos con el presidente.

Los intereses económicos de los partidos oficialmente opositores, son más de tipo personal y no tan grandes como los que representan Pellas y el Cosep, y se los juegan dentro de la Asamblea Nacional. No es que estos sectores políticos y el gran capital estén divorciados, sino que, como ellos no están con el tostador en las manos, no reciben su atención prioritaria. Si la posesión del poder cambiara, los grandes grupos económicos volverían a tolerar y a complacerse con cualquier ladrón en la presidencia, como lo han hecho en el pasado.

Por esas causas, y ante una perspectiva electoral fraudulenta, la ciudadanía está desmovilizada. Un gran sector no alcanza ver más allá del círculo Ortega-Alemán-Montealegre. La única persona que ha logrado figurar a última hora como candidato de “consenso” es Fabio Gadea Mantilla, propuesto por Montealegre. ¿Cuál es la posición de Gadea respecto de los grandes capitales que operan a la sombra del Estado? No lo sabemos. Pero sabemos que no transige con este gobierno, su corrupción, sus violaciones a las leyes ni su mando antidemocrático.

¿Y cuál fue su posición ante la corrupción encabezada por su consuegro? Si aún es miembro del PLC, y uno de sus diputados en el Parlacén, no es por haber sido crítico. Esto hace pensar en que su rivalidad con Alemán es porque se excluyen mutuamente en la lucha por la candidatura.

Pese a eso, a las primeras menciones de Gadea Mantilla ha habido un desborde de opiniones a su favor de sectores políticos y sociales del campo y de la ciudad, ante los cuales él representa una opción política decente, y por ser hombre de trabajo, cualidad ausente en la mayoría de los políticos. Pero hay otros factores: Alemán, como candidato, sólo es aceptable para Ortega y por cada vez menos liberales.

La gente que le apoya quizá no necesita saber que Gadea Mantilla se forjó como trabajador sencillo desde los primeros años cincuenta del siglo pasado, para opinar que esa su cualidad es la que ha despertado sus simpatías. Talvez no necesite saber que en su pasado más remoto demostró tolerancia política, para reconocerle esa cualidad.

La gente sabe, sin duda, que todo político tiene lados positivos y negativos, según donde esté ubicada ideológicamente. Uno de los lados positivos de Gadea Mantilla lo demostró en su inicio como propietario radial: a poco tiempo de inaugurada Radio Corporación (1965), bajo plena dictadura, transmitió en vivo un foro político entre el doctor Pedro Joaquín Chamorro y el sociólogo Reynaldo Antonio Téfel, por la corriente socialcristiana, y el doctor Álvaro Ramírez González y el psiquiatra Mario Flórez Ortiz, por la corriente marxista, representadas ambas dentro de la oposición de entonces. Con la transmisión de este foro político, Gadea Mantilla se jugó la suerte de una radio que apenas había salido al aire, y por ello, estaba más expuesta a las represalias de la dictadura.

Otros sectores ven negativo en Gadea Mantilla su fundamentalismo religioso y su posición conservadora respecto al aborto terapéutico. Pero nada de esto es exclusivo suyo; Daniel Ortega también lo comparte, con la diferencia de que lo hace por demagogia, y en Gadea es parte de su formación ideológica.

La gente tiene más aprecio por la honestidad, que es tan escasa entre los políticos; pasa como en el cuento del país de los ciegos: quien tiene un ojo, es el rey. Y, en medio de tantos “ciegos” de ética, para los ciudadanos Gadea Mantilla es el rey.

Conociendo esos criterios, no me extrañé al oír la siguiente opinión: Gadea Mantilla tiene un pensamiento conservador, hasta cierto punto arcaico, pero es un hombre honesto y trabajador. En esta etapa, la lucha es por la democracia, y contra la corrupción, lo cual lo podría hacer de él un buen aliado si, además, enarbolara un buen programa de gobierno, pues aquí, y ahora, no se lucha por el socialismo, sino por salir de un régimen corrupto y antidemocrático.

Tampoco, pienso yo, aquí nadie está dispuesto a montar una guerra por motivos religiosos. Como fuere la suerte final de la propuesta de Gadea Mantilla –o de cualquier otro— lo esencia para enfrentar el autoritarismo de Ortega es sacar la política del círculo vicioso y trivial de las cúpulas partidarias, y llevar la lucha a las calles, donde el pueblo pueda ser el protagonista de los cambios que el país necesita.