Jorge Eduardo Arellano
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En el primer Congreso Nacional de Educación, organizado por la UNAN-Managua y celebrado los días 29 y 30 de enero recién pasado, integré el panel con el título “Un nuevo educador para el siglo XXI”.

El tema es tan amplio, en términos cualitativos y cuantitativos, como lo es el educador y un siglo, en este caso el siglo XXI.

Mi reflexión al respecto se centró en cinco aspectos sencillos y puntuales:
* La esencia del educador permanece invariable, es su carácter óntico, su ser de educador.

* El educador del siglo XXI seguirá siendo un generador de conocimientos, competencias, valores; un ducto vivo por el que se transmite y se recrea la cultura universal y nacional, un referente, y en ocasiones modelo influyente en el desarrollo de la personalidad de los educandos, un penetrante transformador social.

* No obstante, cambian los contextos políticos, económicos, sociales y culturales, cambia la fundamentación teórica-práctica que acompaña a ese carácter, es decir, su formación, el ejercicio docente, el desarrollo científico-tecnológico, las condiciones y medios de su trabajo y vida, etc., cambia el avance de la educación como ciencia y de los profesionales de dicha ciencia, cambia la forma de la presencia y acción de la tecnología; cambia el modelo de desarrollo que nutre, a la vez que determina, los procesos educativos; cambian los sujetos con quienes comparte el educador su acción educativa. Todo ello tiene serias implicaciones en el ejercicio enseñar y aprender que sintetiza el ser y quehacer del educador.

* ¿Cómo desarrollar y perfeccionar el carácter del educador y aprovechar el cambio permanente en el que vive y realiza su ser, su carácter?.

La ciencia de la educación presenta muchas iniciativas relacionadas con la formación, el desempeño y el avance de la tecnología educativa.


En lo personal, muy sencillamente fundamentaría mi respuesta muy preliminar en el principio pedagógico asentado por Paulo Freire “Quien enseña aprende al enseñar y quien aprende, enseña al aprender”, es decir, el educador integra su enseñar con su aprender, es educador y educando a la vez. Esto significa que el educador en su quehacer tiene en la reflexión sobre su práctica el método pedagógico cotidiano eficaz que consiste en la práctica de analizar su práctica, en la reflexión sobre su acción docente-educativa.


Esta práctica no es más que su interacción con los estudiantes, quienes al aprender también enseñan, es decir, son los sujetos vivos de la práctica del educador, o sea de su aprendizaje, puesto que alimentan el enseñar, el perfeccionamiento, el desarrollo del educador. La reflexión sobre su práctica docente es el medio inmediato del que dispone el educador para consolidar su carácter de maestro y para armonizarlo constantemente con las penetraciones y exigencias de los cambios que le sacuden en su profesión.

* Esta interconexión pedagógica que se resume en la práctica del educador mediante su permanente reflexión sobre ella, está alimentada por la acción de los estudiantes en cuanto que en el proceso de su aprender enseñan, hace que educador y educando trasciendan su calidad de sujetos pedagógicos para convertirse en sujetos sociales, es decir, en sujetos de impacto e influencias directas en el comportamiento, movilización y desarrollo social. El proceso enseñanza aprendizaje no es un proceso neutro, sobre todo en un determinado contexto como el de Nicaragua, este proceso entraña una connotación política, es decir, es un proceso de transformación social. En este sentido el educador no es un misionero, es un político y un profesional del desarrollo humano y del bienestar de la población. Es un transformador social.

* Toda actividad humana necesita del sustento y aliento de la ética. En ella radica en último término el sentido de dicha actividad.

La profesión docente es esencialmente una actividad profundamente ética porque es una actividad esencialmente humana. El educador trabaja con personas poseedoras de inteligencia y libertad, que es necesario desarrollar y respetar.

De ahí que no exista profesión alguna en la que la ética le sea tan consustancial y tan trascendental como la de educador. Como educador, su quehacer consiste en formar personas cuyo distintivo fundamental es su carácter ético.