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En mis viajes por América Latina y Europa, suelo indagar en las librerías si están a la venta obras de Darío. Es realmente sorprendente encontrar muchas nuevas ediciones de “Azul...”, de los “Cantos de Vida y Esperanza”, ediciones críticas de sus obras, y muchísimas antologías de la poesía y prosa de Darío. En el Primer Centenario de su nacimiento, en 1967 se evidenció su universalidad por la cantidad de homenajes, congresos, seminarios, que se llevaron a cabo y lo numeroso de las publicaciones, ensayos y cátedras consagradas al estudio de su obra. Incluso los organismos internacionales, como la OEA y la UNESCO, le rindieron tributo y reeditaron algunas de sus obras. ¿Qué mejor prueba de universalidad puede exigirse a un artista? Además, como ha sido reconocido, Darío es el escritor hispanoamericano que posee el mayor corpus crítico sobre su obra.

Y es que la renovación de la poesía castellana llevada a cabo por Darío es de tal magnitud que Pedro Henríquez Ureña afirma: “De cualquier poema escrito en español puede decirse con precisión si se escribió antes o después de Rubén Darío”. Y Luis Alberto Cabrales, juzgando que las reformas de Darío no sólo incidieron en la poesía sino en el instrumento mismo, en la propia lengua, que fue así libertada de viejas ataduras, llega a decir que “De tal manera enriqueció la lengua castellana que con la misma justicia con que se le denomina lengua de Cervantes, podría llamársele lengua de Darío”. Y Angel Rama nos dice: “La tarea central de Darío se ejerce sobre la lengua poética que ha heredado, y ésta es la tarea central de todo creador de poesía. En ese sentido puede decirse de él que ningún poeta hasta el día de hoy ha sido capaz de una trasmutación comparable. Se puede afirmar que él aparta las aguas: hasta Darío, desde Darío”.

“Cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura, todo en ella cambia”, nos enseña Jorge Luis Borges. “Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador”. “Ser o no ser como él, precisa Octavio Paz. De ambas maneras Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos. Es el fundador”. “Darío es ese, señala nuestro Pablo Antonio Cuadra, que pone en pie el castellano para una segunda salida -aún mejor que la primera- como el Quijote. El mismo sirve de guía, de capitán: es el renovador”.

Se pregunta Ángel Rama: “¿Por qué, abolida su estética, arrumbado su léxico precioso, superados sus temas y aun desdeñada su poética, sigue (Darío) cantando empecinadamente con su voz tan plena?”. La respuesta, obviamente, la encuentra Rama en la perennidad de su incomparable poesía “Como Garcilaso, como Fray Luis de León, lo que dijo puede no conmovernos hoy, afirma Enrique Anderson Imbert, pero la música sigue siendo irresistible”.

“Nada defiende tanto a Rubén, dice Jaime Torres Bodet, de las acusaciones de cursilería y mal gusto, que sus detractores le dirigieron, como el pudor y la sobriedad con que nos reitera, cada vez que se siente obligado a mostrarnos las heridas que la existencia le ha hecho, su confianza en el perdón ulterior, su creencia en la facultad de superación del destino humano”.

Excelso “Maestro del idioma”, Darío nos lega una lección de sinceridad, de autenticidad (“Sé tú mismo: esa es la regla”), de dedicación tenaz e inteligente a la labor creadora; un escritor que inauguró el profesionalismo en la ardua tarea de las letras y el periodismo; que se formó por su propio esfuerzo autodidacta y que, a pesar de su vida viajera y su tendencia a la bohemia, fue capaz de consagrarse seriamente a las tareas de investigación y creación artísticas; que ejerció consciente y responsablemente un magisterio estético, cultural e incluso político a nivel continental y que dejó, como su mejor lección, una lección de modestia y honestidad intelectual en su búsqueda constante de la belleza y el ritmo.