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Como modesto pediatra de pueblo aficionado a la literatura y a la filosofía quiero opinar puntualmente sobre el poema “Lo Fatal” y la filosofía de Rubén Darío.

Leí “Lo Fatal” en mis años de bachillerato y me impresionó tanto que lo aprendí de memoria. Comprendí desde entonces y lo sigo sosteniendo que dicho poema es la mejor síntesis que se ha hecho en poesía del pensamiento filosófico conocido como existencialismo. Según nuestro crítico literario Mejía Sánchez y otros críticos literarios extranjeros, eran suficientes dos poemas –El coloquio de los Centauros y Responso a Verlaine- para que Rubén pasase a la inmortalidad. Humildemente sostengo que el breve poema “Lo Fatal” no es menor que los anteriores. Recordemos que el poder de síntesis ha sido uno de los mejores termómetros para medir la capacidad intelectual del ser humano.

No hay duda de que los escritos de Schopenhauer y de Nietzsche no le fueron ajenos a nuestro poeta, pero para el que conoce la filosofía existencial y lee “Lo Fatal” no le cabe duda que su autor conoce perfectamente a Soren Kieerquegard, el precursor del existencialismo, y a Martin Heideguer, que a la sazón era su adalid principal. Por razones de índole cronológico Darío no leyó a Sartre, pero con Heideguer el existencialismo había madurado ya y dicho filósofo daba conferencias sobre el tema por toda Europa en salas de más de dos mil butacas en donde “no se oía el ruido de una mosca”. (En los escritos sobre historia de la filosofía de nuestro filósofo Dr. Serrano Caldera se puede estudiar en una forma didáctica, ya digerida, las distintas corrientes filosóficas a través de la historia).

En síntesis el existencialismo sostiene que el hombre es un ser arrojado al mundo, obligado a vivir y obligado a morir, y que ante la nada de su origen y la nada de su destino es un ser angustiado, es presa de la angustia de ser, de la angustia existencial. Naturalmente, el existencialismo es ateo y termina sosteniendo que para lograr la ataraxia (una paz o felicidad relativa) el hombre debe cumplir con su deber, con sus obligaciones.

Al escribir “Lo Fatal”, Rubén Darío era un ateo temporal al menos y como sostiene Arellano le tenía horror a la muerte (…”y el espanto seguro de estar mañana muerto”). La angustia existencial de Darío no puede ser más evidente (“Dichoso el árbol que es apenas sensitivo/y más la piedra dura porque esa ya no siente/que no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo/ni mayor pesadumbre que la vida consiente”). La nada de su origen y la nada de su destino lo expresa claramente (…”y no saber a donde vamos ni de donde venimos”). En A Phocas el Campesino (otro poema) le dice a su hijo en la cuna: “Perdóname, hijo mío, el terrible don de haberte dado la vida…sueña como los ángeles que ya tendrás la vida por delante para que te envenenes”.


Edmundomiranda2@cablenet.com.ni