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En estos días permanece en debate público una ley que pretende reconocer los supuestos derechos que tienen los animales, un argumento que tan solo al escucharlo suena a algo ridículo. Tanto el argumento religioso como el científico conceden al ser humano supremacía en esta tierra por sobre toda otra especie. El primero habla de cómo fue concedida a la especie humana la potestad sobre las otras especies, no me interesa profundizar en ello, pues no soy muy avezado en estas cosas.

El argumento científico, por otro lado, apoyado en la experiencia histórica que el ser humano ha logrado durante los últimos cuatrocientos mil años; le indican que es la única especie capaz de actuar conscientemente sobre la naturaleza, incluyendo las otras especies. Eso hace a este mundo un sitio depredador, donde se establece una cadena alimenticia que señala cómo el león debe cazar a otras especies más débiles para sobrevivir, igual que otros animales. Mal haría el león, la araña, el gorrión y otros en reflexionar antes acerca de los derechos de aquellos a quienes necesita cazar para sobrevivir. ¿Acaso la mosca reflexiona acerca de mis derechos por una buena salud antes de contaminar mis alimentos?
En los últimos años, el ser humano, en ese caso, ha logrado cultivar una virtud muy importante que le indica que debe actuar con mesura para preservar a otras especies, porque el equilibrio natural así se lo exige y porque en ello va su propia sobrevivencia. Pero, igual que otras especies depredadoras, debe sacrificarlas para sobrevivir. No cabe, en este caso, reflexionar acerca de los posibles derechos de aquellas especies, sino acerca de un uso racional de las mismas.

Quienes reclaman derechos a favor de los animales olvidan que de todas las especies de este mundo, el ser humano es el único que tiene el privilegio de la razón, el habla articulada, la experiencia como producto acumulado del saber y como instrumento de uso consciente para su propio desarrollo. Así ha podido mejorar su propias herramientas de trabajo y procurar su propio desarrollo material y espiritual. ¿Lo ha logrado algún animal?
En 1789 se proclamó la Carta de Derechos del Hombre y el Ciudadano, la cual expresaba los privilegios de todas aquellas personas de condición humana en contraposición con las pretensiones de la nobleza, que enarbolaba la idea de un proceso divino mediante el cual se hacía superiores a unos desde el más allá, mientras otros debían servirles sometidos. Aquellos revolucionarios, pues en verdad lo fueron, pensaron en la necesidad de emitir un argumento nuevo, diferente; basado en el privilegio que le daba al ser humano la razón.

Los derechos humanos se elaboraron para argumentar la dignidad humana. Dignidad que nace del hecho que se está consciente de la superioridad sobre otras especies, pero también del hecho que todos los seres humanos, independientemente de su condición social o económica, tienen privilegios relativos a su vida, su condición, su razón de ser. No hay una cláusula en esa carta de 1789, que repare en la condición de los animales y que les reconozca derechos, por cuanto no se concibe un animal con “dignidad”.

Tenemos, al día de hoy, demasiados problemas con nuestra propia democracia que aun está nueva y vive el trance propio de todo nacimiento traumático, para venir a pensar también en lo supuestos derechos de los animales. Colmémonos primeros los humanos de nuestros propios privilegios vitales, mientras pensamos en actuar con raciocinio frente a nuestros recursos.

Por otro lado, ya es momento que dejemos de ser tontos y nos dejemos arrastrar por la opinión de extranjeros que tratan de hacer su propio hábitat entre nosotros. Igual que ellos, nosotros tenemos ideas novedosas, geniales y no necesitamos que vengan a decirnos en qué creer y en qué pensar. Muchas veces, sus propuestas han atentado contra nuestras tradiciones e idiosincrasia que, en parte, se construye como una sociedad rural asilada en el ambiente de la hacienda ganadera y de la chacra, donde los campesinos establecieron una relación directa con sus animales de corral para hacerse su propia vida.

Nacemos y nos desarrollamos como sociedad en lo rural, donde cada uno de nuestros abuelos aprendió a hacer sus fiestas con aquellos animales cuya vida dedicó para sus cuestiones de fe o para tradiciones que son parte de su idiosincrasia.



*Miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua y Catedrático Universitario.