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Con cada rosa que ofrezco, los ángeles dicen: ¡Amén!
Roque Schneider.


“Permítame por favor”. Le permití en silencio. Cuando me entregó el dinero que se me había caído, le dije, gracias, caballero. Y sonreímos. No sólo me pidió que le permitiera ayudarme, sino que lo pidió por favor. En ocasiones, cuando cruzo la calle, algún conductor se detiene y me hace señales para que cruce. Un conocido, pienso. Le doy las gracias, aunque no me escuche ni me vea. Y con estas lluvias, otros pasan a mil y bañan a los de a pie o a quienes llevan las ventanas abiertas. Los respetuosos pasan despacio.

Un día, yendo en taxi, no encontramos fácil la dirección y le dije al conductor, déjeme aquí. No, no puedo dejarla aquí a esta hora. Anochecía. Vamos a preguntar, expresó. Y el Señor me dejó exactamente a donde iba. En otra ocasión, íbamos al otro extremo de Managua, al joven taxista le dio tiempo para hablarnos de su casa, su familia, su trabajo. Al acercarnos a la dirección, le dije: por aquí debe ser. Reparó y luego habló casi convencido: parece que es allá atrás, donde hay varios vehículos. Se regresó y nos dejó en el punto. Respiramos profundo el aire de la noche.

Cierta vez una estudiante que viajaba los fines de semana, un lunes me llevó una bolsita con atole de maíz tierno. Y me dijo, “lo traje desde anoche. Lo guardé en la refrigeradora, espero que esté bien. Pensé que a usted le gusta”. Me encanta, le respondí. Traerme algo de su casa, desde otra ciudad, guardarlo… Fue un “atol” riquísimo.

Hace poco fui a pagar teléfono y me dijeron que sólo debía 21 córdobas. No puede ser, contesté. No es ni el básico. Pediré que revisen, porque después cortan el servicio. Me dijeron que había pagado dos veces una factura. ¿Será posible que lo reconozcan?, pensé. Esto no es caballerosidad ni gesto amable, pero es honestidad. Es verdadera responsabilidad corporativa. Ojalá que sea social, no sólo individual. Di las gracias. Espero que ahora no digan que fue un error. Ya en mi casa, revisé las facturas y vi que el mes que pagué doble correspondía a un tiempo en que tuve varios inconvenientes, y como encima de eso las facturas no llegan o llegan demasiado tarde, para pagar hay que pedir copia, y cuando por fin se reciben, tiende a confundir. (Se reclama por correo, en la oficina, por teléfono, cartas. De nada sirve).

Como algunas oficinas públicas me quedan cerca, voy a pie a realizar gestiones. Las aceras están obstruidas con ventas, talleres, garajes, carros, motocicletas, carretones, árboles, postes, soportes para publicidad, parlantes, cocinas, comedores, casetas de vigilancia, manjoles y medidores sin tapa, muros, tuberías superficiales, tierra amontonada... y hasta perros que los sacan a ver el sol… A veces me encuentro con un señor muy amable, que se repliega hacia la pared o se baja a la cuneta y me cede el paso.

Recuerdo el caso de una amiga: tenía a un hijo hospitalizado, una vecina le mandó un ramito de flores. Cuenta que se emocionó tanto, que hasta lloró y cuando la vieron creían que su hijo estaba peor, entonces comenzó a reír. Seguramente el muchacho también mejoró. En la vida siempre hay rosas, aunque no siempre las vemos. Rojas, rosadas, amarillas, blancas, anaranjadas; con más o menos pétalos, hermosas, pequeñas, pero ninguna menos rosa.

Y así, de vez en cuando, encontramos estos gestos. ¿Por qué no protegerlos? A lo mejor hace falta una lista, como de los animales en peligro de extinción. Y una guía para preservarlos. O quizás lo que falta es cultivarlos para que no se extingan. Cuántas veces recibimos correos-sorpresas de viejos amigos, ex alumnos o compañeros de trabajo. Nos regalan consejos, lindas palabras y nos hacen reír. Son detalles que llegan. ¡Y cómo llegan! Es “el valor de las pequeñas cosas”.

Algunos dirán que eso es cursi, anticuado, que hay cosas más importantes. Puede ser, pero no excluyentes. Me he accidentado varias veces, una fisioterapista junto con darme salud física, me regalaba amabilidad, sonrisas, historias. Fue doble terapia. Otra, en un local mejor, sentía que me halaba el brazo y la vida. Fui pocas veces. Quizás ella también estaba mal. Y ahora recuerdo otro caso, de actualidad: en la supercarretera de Internet. Un día señor me llamó “dama” y me dio las gracias por el artículo. ¡También hay caballeros “on line”! En las laderas de las carreteras, siempre hay una fuente que refresca y lava las heridas en caso de accidentes. Y entre el calor del asfalto, una rosa que sobrevive nos invita a regarla y sonreír.


¡Gracias amigos y amigas! ¡Gracias caballeros!