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En su Historia de la Nación Latinoamericana, el historiador argentino Jorge Abelardo Ramos establece “Los españoles no descubren en el continente nuevo una nación constituida, sino un conjunto de sociedades y grupos étnicos en muy diversos estadios de evolución. Esto no justificaba la observación desdeñosas de Hegel de que América era un puro hecho geográfico, y que en consecuencia no podía incluirse en la historia universal. América tenía su propia historia, aunque los europeos la desconocieran todavía, y aunque los americanos carecieran de una autoconciencia integral de su existencia común. El imperio español y portugués unifican política y administrativamente el continente desconocido, lo incorporan a la historia de Occidente y a la geografía mundial”.

Por eso en la historia de Nicaragua y de Hispanoamérica, el siglo XVI está vinculado a la coyuntura mundial de la expansión de Europa hacia todos los pueblos de la tierra. En este contexto, se ubican las exploraciones de los europeos en el siglo XV y el acontecimiento —inevitable e irreversible— del 12 de octubre de 1492, encabezado por España. Esta potencia, en el mismo año de su unidad política y religiosa, emprendió la incorporación del Nuevo Mundo a la historia de Occidente; incorporación que marcó la modernidad y el inicio de una integración económica a nivel planetario. Todo ello al margen de sus resultados desastrosos para el continente americano, “descubierto” en general por Europa: sociedad pletóricamente vital que tenía, entre sus factores formativos, el clasicismo griego, la herencia jurídica de Roma y el cristianismo universalista.

La efeméride citada no sólo repercutió en América sino que tuvo una trascendencia universal. Ya en el siglo XVII, Voltaire —representante del utilitarismo racionalista— advertía esa trascendencia al reconocer la superioridad empresarial de los europeos y admitir que la historia universal, a partir de 1492, comenzó a tornarse interesante. Los beneficios por Europa, a raíz de la subyugación del nuevo mundo, hicieron cambiar “de arriba abajo” al Viejo, cuyos súbditos más insignificantes disfrutaron de nuevas comodidades y placeres. Además, entre otros hechos expansivos, se dio la vuelta al África y se comerció con China más fácilmente que entre Madrid y París.

De hecho, el “descubrimiento” de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes de las ciudades-puertos italianas y españolas del mar mediterráneo. “Se realizó en la época de los grandes descubrimientos geográficos —anota otro historiador argentino, Rodolfo Puiggros— y tuvo por móvil hallar una nueva ruta al Oriente Asiático, rico en especias, tan necesarias para el consumo de los europeos del siglo XV”. Además, como explícitamente lo demuestra el Almirante en su relación del cuarto viaje, el oro fue el otro medio condicionante económico de su empresa.

El cuarto y último viaje de Colón estuvo dirigido por un claro sentido geográfico. Al mando de un convoy integrado por tres carabelas (“Capitana”, “Santiago de Palos”, “Vizcaína”), más un navío (“Gallego”), el Almirante avistó la Costa Caribe de Centroamérica por su parte septentrional, buscando un estrecho que debía existir, de acuerdo con su perspectiva europea, entre el cabo interior del Quersoneso áureo y la costa norte de la tierra de Paria que pertenecía al continente austral reconocido en su tercer viaje. El Quersoneso áureo era una península de la geografía de Ptolomeo —hoy península de Malaca— que constituía la parte meridional de Asia: para pasar del Atlántico al Océano Índico, según el proyecto colombino, era necesario rodearla.


“Yumbé”, comerciante maya
Pero otra era la realidad geográfica. Así, el 30 de julio de 1502 el visionario marinero genovés —con un centenar y medio de hombres— se hallaba en Guanaja (una de las Islas de la Bahía, hoy Honduras), donde se encontró con una canoa que conducía a comerciantes mayas, encabezados por “Yumbé”. Esta canoa no procedía de las costas de China, como creía Colón, sino de la península de Yucatán (posiblemente de Chetumal, sin descartar Tulún o Cozumel) y llevaba las siguientes mercaderías: crisoles y hachuelas de cobre, vestimentas ricamente bordadas y pintadas, espadas de madera con filos de piedra (obsidiana o pedernal) y granos de cacao.

El 14 de agosto la gente de Colón, tras arribar a Guaymuras (cerca del actual puerto de Trujillo), oyó la primera misa en tierra continental de América. Fray Alejandro de Barcelona —un cura mercedario que viajaba de escudero con el Adelantado Bartolomé Colón en la carabela “Vizcaína”— fue el oficiante. Don Cristóbal, enfermo, no bajó a tierra.


En la “Costa de las Orejas”

Luego pasó frente a las desembocaduras de los ríos Tinto (bautizado por él como de la Posesión) y Patuca. Siguiendo rumbo al Este, en este trecho de la ruta se desarrolló una tempestad obligando a las naves avanzar con cautela por el riesgo de zozobrar. Aquella costa era baja y pantanosa, habitada por indios salvajes y desnudos que comían carne cruda. Sus orejas eran tan grandes que se podía acomodar un huevo de gallina en los lóbulos distendidos, según Hernando, hijo de Colón. Por eso aquel litoral fue bautizado “Costa de las Orejas”.

Tres semanas habían navegado peligrando bajo la tempestad (¿provocada por la cola de un huracán?) hasta que, al doblar un pequeño cabo el 12 de septiembre, el tiempo mejoró. Por ello fue denominado Cabo Gracias a Dios. La espantosa corriente que había roto y extraviado las velas y jarcias, más la preocupación de los tripulantes que se habían confesado unos a otros y por su hijo Fernando de trece años, le motivó a escribir: “Otras tormentas se han visto, mas no durar tanto ni con tanto espanto”.

El “río del Desastre”

Convencido de que se hallaba en la zona donde descubriría el paso que Marco Polo había cruzado para llegar al Océano Índico, Colón recorrió la costa caribe de Nicaragua durante once días, incluyendo un desembarque muy parcial (él, una vez más, no bajaría a tierra) frente al antiguo delta del río que hoy llamamos Escondido. A éste lo bautizó con el nombre de Río del Desastre, puesto que allí el 17 de septiembre mandó a proveerse de leña y agua dulce; pero las canoas que había enviado —entre ellas una de la carabela “Vizcaína”— fueron hundidas por una pequeña tormenta (¿o aluvión?) perdiéndose “el esquife y las irremplazables barricas”. Además, se ahogaron dos de sus tripulantes: los primeros europeos fallecidos en Tierra Firme. Se llamaban Martín de Fuenterrabía y Miguel de Lariaga.

No sin antes navegar hacia “Las Limonares” (Corn Island and Little Corn Island), situadas a 24 leguas al oriente del delta citado —como refiere Pedro Mártir de Anglería—, el 20 de septiembre localizó a la entrada del mismo delta las cuatro Témporas, nombre que dio a igual número de verdeantes islotes. Luego continuó su ruta pasando el 21 junto al Cabo Roas (Monkey Point) y el río San Mateo (Punta Gorda). El 25, sin notar tierra de la futura Nicaragua, llegaría a Cariay (Puerto Limón, Costa Rica).

Las dos “niñas” de Cariay

Allí tampoco bajó a tierra el Almirante, a quien los indígenas le obsequiaron dos “niñas” (una de ocho y otra de catorce años). Pedro Mártir de Anglería consigna ese hecho: “El Almirante, habiéndolas hecho vestir y dándoles buenos regalos, las volvió a enviar con una montera roja de lana para que se la diera a su padre. Pero otra vez lo dejaron todo en la playa, porque los nuestros habían rehusado sus dones”. El propio Almirante afirma lo mismo de ellas, a quienes le calcula edades menores: “En Cariay y en estas tierras de su comarca, son grandes hechiceros y muy medrosos. Dieran el mundo porque no me detuviera allí una hora. Cuando llegué allí luego mi inviarion dos muchachas muy ataviadas: la más vieja no sería de once años y la otra de siete; ambas con tanta desenvoltura que no serían más unas putas: traían polvos de hechizos escondidos...”

El 2 de octubre Bartolomé Colón, visitando a los indios, descubrió entre ellos cadáveres embalsamados. Y el 5 de octubre las naves levantaron anclas —interesados por localizar un estrecho marítimo y cerciorarse de las minas de oro que habían referido a Colón los indígenas de Cariay— para dirigirse hasta la bahía de Cerabaró (Bocas del Toro, Panamá), pero en el trayecto esa noche se levantó tanta mar y viento, que fue necesario correr hacia donde el viento quiso.

Colón en Panamá

Sobre los detalles de la expedición entre la última bahía y el abandono el 16 de abril de 1503 de la Costa de Veragua, donde los indios impidieron a Colón formar un pueblo, nada mejor que consultar su Lettera rarísima, firmada en Jamaica el 7 de julio de 1503. En ella dio cuenta de sus descubrimientos y desventuras a los reyes católicos, no sin recordar que en Panamá encontró oro y cometió algunas tropelías con los indios. Los expedicionarios alcanzaron la costa de Jamaica, donde sus maltrechas embarcaciones zozobraron. Posteriormente, Colón y su gente arribaron el 7 de noviembre de 1504 al puerto de San Lucas, en España, concluyendo su viaje.