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La tele basura nos odia y la odiamos. Difícil de convivir. Es una lucha cerrada, y sin tregua. Es incómodo su brazo, y su lengua un descompuesto estado de opinión. “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos”, sentencia en una canción Pablo Milanés. Lo cierto es, que hablar del tema, es un asunto de papeles en el caldero, charlas, disgustos, vértigos, reuniones de periodistas y conferencias flacas, y hasta razones de razones, para no ponerse de acuerdo. La televisión abierta se rige por el mercado, y todo se encubre y pasa por entretenimiento y diversión, para ganar el poder de decidir, porque los de al lado no tienen asiento en las mesas directivas, ni defensor del gusto.

Hay quien habla del juego limpio, y las suspicacias asaltan la imaginación. Es, el deber arrebatado por las mentiras, las debilidades, y las intenciones impedidas de salir a luz con mejores historias. Son los miedos y sus trampas. Son los “forenses” y sus nostalgias, los que quieren atraparnos en sus juicios y conflictos. Hasta ahora, no nos dejan abrir el diálogo. Hay situaciones individuales y colectivas, que no alcanzan a guarecerse. El servicio del mercado cumple sus tareas. El mecanismo operativo no es democrático, ni humanista. Es que la conversación en las pantallas ha sido otra.

Sin duda, que hay dificultades en lo formativo, para suplir los contenidos de la causa educativa. Pero, además, que trasciende al pensamiento, valores morales, conocimiento y aspectos del lenguaje. Se puede decir lo que se piensa, porque existe total libertad para hacerlo, pero no de cualquiera manera. No hay que olvidar, la enorme influencia de los medios de comunicación. Aunque, siempre que se precisan estos temas, los oponentes utilizan la descalificación, para embarcarse con afirmaciones y resentimientos del tipo moral. El daño es un asunto real, sin maquillaje. Pero, al menos procurar la calidad de la expresión, y así, podríamos irnos entendiéndonos.

Educar, siempre educar, a partir de ahí, se han sazonado toda una suerte de interpretaciones, descalificaciones, y manipulaciones, de que si la televisión es, o no es educativa. Que lo sea o no, da la oportunidad para debatir por un largo recorrido, y es importante, pero no menos, que mientras tanto, se pudiera garantizar la calidad de la expresión. Creo, que podríamos acercarnos al otro sin rompernos las narices.

Muchas veces, por negligencia compartida de padres y resto de la familia, dejamos que nos sustituyan los medios de comunicación en el diálogo de confianza con los hijos, y ocurre que casi siempre es la televisión y sus programas de la “realidad” quienes protagonizan ese espacio. Los chavalos expuestos a cuantas pautas de conducta se proyecten en las horas de comidas (almuerzo y cena) frente a la pantalla como si fuese el amigo idóneo, o el sazonador de la vida.

En todo esto, el maestro en la escuela puede hacer mucho, para intentar filtrar lo que pasa en la televisión como comprensión de la realidad, pero se enfrenta a otras circunstancias, porque la respuesta no son los controles. Debe haber responsabilidad social y la educación con la gente.

El comunicólogo Néstor García Canclini dice: “Queremos juntarnos en las pantallas personales y públicas para seguir pensando de qué modo otro mundo es posible, cómo contar otro relato, con otras palabras y otras imágenes, no con los defectos de siempre sino con efectos verdaderamente especiales”.