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El liberalismo trató de afrontar el gran reto histórico de establecer, una sociedad pluralista, armoniosa, cordial y estable, lo cual suponía la superación de los fraccionamientos sociales tradicionales debido a razones religiosas, étnicas o culturales. La tolerancia fue su signo distintivo. Postuló la libertad de culto y de conciencia, la invisibilidad política del clero, el pluralismo de doctrinas religiosas y no religiosas, la libertad de expresión de las ideas, donde el pensamiento debía desenvolverse en condiciones de libertad como premisa para el progreso social.

Para lograr sus propósitos, el liberalismo impuso severas restricciones al poder político, al que consideró como el enemigo número uno de la libertad individual, y señaló una esfera de prerrogativas personales invulnerable por el Estado. Afirmó la libre condición del individuo frente al poder omnímodo, del Estado limitando sus facultades.

Invocó para ello la teoría de los derechos naturales que asistían a la persona humana aún antes de que existiera el Estado. Son derechos inherentes a la naturaleza humana. Derechos que no los creaba el Estado sino que nacían con la persona y en función de cuya protección surgió el Estado como instrumento principal para posibilitar la libertad y la juridicidad en la sociedad.

Como doctrina política el liberalismo tiene una idea finalista del Estado, al que considera como mecanismo para alcanzar el bienestar humano individual. Entre los valores esenciales que define está la libertad. El liberalismo nació como una ideología de la libertad. Sin embargo, la libertad que propugnó llevó a la opresión económica de reducidos grupos aventajados de la sociedad sobre mayorías marginadas, la libertad entre desiguales condujo a la injusticia.

La ideología liberal representa en la historia de las ideas políticas, la denodada lucha en defensa de la libertad del individuo dentro del Estado e incluso, contra el Estado. Libertad en todas las direcciones: libertad de pensamiento, de convicción, de expresión del pensamiento, de participación política y también libertad de emprender actividades económicas; empero, esta última termina por nulificar las anteriores y se contrapone a ellas porque, en la práctica, genera polos de poder económicos que avasallan las libertades de la mayoría desposeída de la sociedad.

El liberalismo nunca se planteó la cuestión de la riqueza como sustento de la libertad individual ni la distribución del ingreso como infraestructura de la democracia. Incurrió en la ingenuidad de quedarse en el plano teórico y suponer que la igualdad ante la ley, la libertad de contratación, el derecho de propiedad sin limitaciones, la libre empresa y la inhibición del Estado ante tal actividad económica particular contribuían, por sí solos, a cautelar la libertad de los individuos, cuando la realidad práctica se encargó de probar lo contrario: que la abstención de la autoridad pública en la vigilancia del proceso económico, conduce a un estado de cosas en que el pez grande se come al chico, frente a un Estado cruzado de brazos.

Esta ingenuidad se puede explicar porque los pensadores liberales se revelaron contra el absolutismo monárquico y su teoría económica que fue el mercantilismo. Como reacción a ellos, en el movimiento pendular de la historia, postularon la condición libre del individuo frente a la autoridad política y la teoría del laissez faire, laissez passer, que no fue inventada por los economistas clásicos sino por los fisiócratas, para contribuir a las restricciones aduaneras del mercantilismo; pero que en todo caso excluye cualquier participación del Estado en el proceso económico de la sociedad.

El liberalismo, sin duda, tuvo una distorsionada visión del fenómeno social. Nunca se percató o no quiso percatarse, de que las personas llegan al mundo con determinadas diferencias de propiedad, de ubicación en la sociedad y con distintas predisposiciones naturales que determinaran ulteriores diferencias de educación y aptitud.

Si en la sociedad sólo se garantiza el libre despliegue de las fuerzas individuales y no se toman ciertas previsiones, esas diferencias conducirán fatalmente a la explotación del mejor dotado sobre el más débil. Lógicamente, esto ocurrió en el régimen liberal. Por eso se produjo una irreductible contradicción entres sus generosos postulados filosóficos y las egoístas tesis de su sistema económico capitalista, que devino finalmente en el triunfo de lo económico sobre lo filosófico y lo político.

Esto se ha visto en ciertos países, donde un Estado, ya no está sólo al servicio del capital financiero, sino de grupos criminales. Los carteles de la droga se apoderarán de los partidos políticos, financiarán las campañas electorales y tomarán luego el control del Ejecutivo. Todo sucede, como si un relajamiento habitual de la moral pública hubiera inmunizado a poblaciones resignadas a la corrupción de la vida política; por eso es que la riqueza es un instrumento de la libertad.

La injusta distribución de la riqueza, implica también una injusta distribución de la libertad, donde no es enteramente libre, sino quien tiene los medios económicos para serlo. Sin seguridad económica, no existe para el hombre la posibilidad de realizarse a sí mismo, ni es factible la formación de una sociedad igualitaria. En tales circunstancias, los derechos de la persona humana se tornan meramente utópicos y declarativos, solemnes declaraciones de los textos constitucionales, como ha ocurrido hasta ahora en el mundo. Sólo es libre, aquel que posee los medios económicos para serlo, por cruel, que parezca, esa es la realidad.

La capacidad de los hombres para determinar su propio destino político, social y económico es la libertad. Ella significa, por lo tanto, emancipación de la miseria y de la pobreza como de la opresión política. Rousseau se refiere constantemente al problema de la desigualdad, a la división de la sociedad entre ricos y pobres, a la miseria moral derivada de la injusticia que ello supone.

Las ideas sociales de Rousseau se hallan sobre todo en su discurso sobre: El origen de la desigualdad entre los hombres (1754), en el que dictamina que si la sociedad es mala, el problema radica en la desigualdad. También afirmó que “sin igualdad no puede haber libertad”. Y la igualdad es una precondición para la libertad, puesto que la libertad entre desiguales conduce a la injusticia, así, el grado de igualdad entre los hombres, es la medida de la libertad. ¡Que lejos hemos estado y seguimos estando de la libertad, de la igualdad y la fraternidad!

* Diplomático, Jurista y Politólogo.