Jorge Eduardo Arellano
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Querido Francisco, después de leer “El mérito de los jóvenes escritores” se me ocurre decirte lo siguiente:
Los jóvenes ahora somos más beligerantes que nunca: más combativos, menos idealistas (precisamente por el desfallecimiento de utopías), un tanto más cínicos, menos manejables, mucho más cosmopolitas. Hemos presenciado, entre otras cosas, un siglo que muere y otro que nace, la caída y resurrección de movimientos de izquierda, así como esta creciente globalización que nos abraza y abrasa. En lo literario, como bien sabés, nuestra larga trayectoria deja tras de sí al Modernismo, la Vanguardia, la poesía de protesta, y el aparente vuelco interiorista de la última época.

¿Creés vos, que después de todo, no somos beligerantes?
A mí me parece que sí. Somos intrépidos, violentos, ardientes, cínicos y, sobre todo, informadísimos. Definitivamente más fuertes que ayer. Más sólidos que anteayer. Nuestra lucha es diferente porque es otra la guerra que libramos. Tal vez no agarramos el fusil montaña adentro, pero sí tomamos la palabra persona adentro. La protesta de la poesía de los últimos tiempos ya no está sitiada por el partido político, sino por el escritor reacio, huraño, que escribe y se revela desde la centralidad de su yo (de ahí el ensimismamiento y aparente rechazo al exterior). Ya no estamos ante el combatiente, sino ante el sobreviviente (como vos mismo señalás). Somos la voz del héroe caído que se levanta a través de la poesía. A diferencia de nuestros antecesores, a nosotros no nos cuentan historietas de héroes que conquistan el amanecer, porque sabemos que el horizonte jamás se alcanza. Sin embargo, somos también escritores de esperanza: en la palabra exacta, el vocablo preciso y la expresión poética con toda la fuerza de su metáfora. Vivimos la época de la metáfora.

Para mí, nadie más beligerante que CMR, nadie más insurrecto desde su soledad, y sin embargo, nadie más apático a la poesía de protesta social y política. No es coincidencia que CMR tenga tanta influencia en nuestra generación (pero eso ya es tema para mi disertación, que te invito a leer una vez terminada). Volviendo a nuestra generación, me parece que de angelicales no tenemos ni una pluma, ni en lo social ni en lo literario. Somos activos, y cuando algo no nos parece, lo publicamos a gritos. Vos y yo quizá seamos buen ejemplo de eso. Vos mejor que yo.

A pesar de que estoy consciente de que mis palabras pueden prestarse a generalizaciones, me rehúso a que seamos empaquetados en grupos de poetas por la simple fecha en que nacimos o por algún hilo que si nos une, no nos define: La generación del desasosiego, o del pulgar, o como se llame. Ninguno de los nombres nos hace justicia hoy, porque mañana seremos distintos. ¿Qué parte de tu vida no es un período transitorio hacia el otro que te espera? La historia se encargará de comprobar que no todos los poetas de los 80 escribieron poesía de protesta, así como no todos los poetas de los 90 son interioristas o desapegados. Somos tan distintos, a veces hasta de nosotros mismos, y nuestra poesía cambia, se modula, crece o decrece, mientras cambiamos como seres humanos.

En cuanto a los supuestos maestros y su sagrado reino, me parece que es un fenómeno que se vive en cada época. ¿Quiénes más tempestuosos, irreverentes e incomprendidos que los Vanguardistas de Granada? Todavía en ninguna generación posterior a la vanguardia se ha creado (a mi juicio) un texto mejor escrito (en su informalidad y burla) que la “Oda a Rubén Darío”. Sin embargo, ahora pensamos en los vanguardistas como poetas consagrados (porque en realidad lo están), aunque de volver a la vida, ellos probablemente preferirían revolcarse a palabra suelta con cualquiera de los más jóvenes de nuestra época.

Aquí quiero explicar que para mí esto de los poetas “jóvenes” no tiene necesariamente nada que ver con edad. Por ejemplo, he conocido a poetas de nuestra generación, de tu edad o la mía (o todavía menores), tan “idénticos a su celebridad”, tan arrogantes y antipáticos, que pareciera que han ganado un Nobel de vejez prematura (¡los muy noveles!). Sin embargo, algunos de los encuentros personales más satisfactorios con amigos del oficio, han sido con aquellos viejos galardonados que parecen olvidarse del premio y el aplauso y conservan la juventud y el asombro del niño, a pesar de su edad adentrada en años.

Hay unos jóvenes viejitos de espíritu, así como unos viejos jovencitos en el alma.

Puede que en esto de los poetas bonachones haya algo de percepción personal y mucho de la misteriosa química de las relaciones humanas. Ya vez que algunas de las personas en tu lista de “accesibles” a mí me parecen antipáticas, y probablemente algunos nombres en mi lista de accesibles (aunque todavía no me he sentado a hacerla) te parecerían insociables a vos. Somos diferentes y las relaciones que tejemos como individuos están sitiadas por nuestra epidermis. Además, como dice tan poéticamente ese dicho popular, “nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo”, sólo por ser un buen poeta, o un poeta reconocido, nadie está obligado a apoyar a otros poetas. Esas son cosas que nacen. Así que a las supuestas vacas o vaquitas sagradas, simplemente dejalas en su paz. Quedate a gusto en la provincia y desde ahí creá tu propio reino. A veces las provincias son mejores que las metrópolis. A mí, Boaco me gusta mucho más que Managua.

¡Qué importa! Como diría Lope, esos ya son “papeles rompidos”.

Lo que te quiero decir, Francisco, es que la poesía no tiene edad. Quienes tenemos edad somos los seres humanos. Pensar y calificar literariamente en términos generacionales es limitarnos. La poesía de Ana Ilce a mí me gusta tanto como la de Sor Juana, aunque en edad, Ana es una niñita ante la monja. En años, Quevedo es un infante que se chupa el dedo ante Garcilaso, pero la poesía de ambos está a esos niveles que llamamos “consagrados”.

No olvides que aunque el diálogo enriquece, tu poesía es tuya y sólo tuya. Yo estoy convencida que la escritura es un acto de soledad. Aunque nace del mundo que nos circunda, se escribe cuando uno está solo en sí mismo. Nadie mueve el lápiz por vos. Es tu mano la que escribe. Si sos buen poeta, el diálogo con los “jóvenes” mejores te enriquecerá con seguridad, pero si la poesía no se da en vos, por más audiencias que consigás con los dioses y ¡oh diosas! de los pequeños olimpos, no podrás escribir buena poesía.

Para finalizar, te comento que me inquieta que arremetás contra Dios (aunque sea como forma retórica). Es pérdida de tiempo, como Ícaro y sus alas. Date cuenta que si “El mundo está bien hecho” fue gracias a Dios. Hemos sido nosotros, hombres y mujeres, quienes lo hemos desordenado. Además, Dios es escritor, y de hecho, el mejor de todos. No es coincidencia que un hermético y críptico Juan nos diga: “Al principio era la palabra”. ¡Imaginate, Francisco, qué lugar nos da la Biblia (la muy comentada palabra de Dios) a nosotros los escritores, que pone nuestra materia prima al principio de todo; antes incluso que la nada! Dios mismo se reconoce palabra, ¡y vaya palabra activa!: “El verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”.

Te escribo estas líneas chorreadas al antojo del aprecio que te tengo, del oficio que compartimos y de la edad que nos une (aunque creo que me llevas dos o tres años, ¿verdad?). Criticá, protestá, vociferá. Estás en todo tu derecho. Yo te apoyo en el berrinche siempre y cuando no me suene a un “nietzschenismo” tardío.

Saludos, Francisco. Espero que desde tu poesía continués siempre imaginándote al mar.

*Poeta. Doctorado en Literatura Hispanoamericana (ABD Tulane University). Catedrática de Saint Louis University.