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A mediados de los ochenta del siglo pasado, los estudiantes fueron llamados de manera masiva a integrarse en las diferentes tareas emprendidas por la revolución. Ante la imposibilidad de una salida negociada que le permitiera mantener un balance de fuerzas favorables, la administración republicana, encabezada por el presidente Reagan, decidió abortar el proyecto revolucionario. Los estudiantes se sumaron con entusiasmo a la campaña de alfabetización, al trabajo voluntario en los cortes de café y algodón. El país vibraba ante la apoteosis del cambio. La esperanza de un futuro mejor batía sus alas. En la medida que las transformaciones se profundizaban, la lucha contrarrevolucionaria arreciaba. Bajo la consigna que otra Cuba no era posible en tierra americana, pasaron de las acciones desestabilizadoras, a la contienda bélica, creando bases militares en Honduras y Costa Rica, que sirvieran como retaguardia a las fuerzas insurgentes.

El vacío académico como resultado de la deserción masiva de catedráticos incorporados en el aparato de gobierno, afectó la vida universitaria. A mediados de los ochenta los jóvenes fueron arrastrados a la guerra fratricida. La imposición del Servicio Militar el 13 de septiembre de 1983, produjo una mayor fractura al interior de la sociedad. El sueño de que todos los nicaragüenses pudiesen ingresar a las universidades fue impactado. Al descansar la defensa de la revolución en la juventud nicaragüense, sus posibilidades de realizar estudios superiores fueron truncadas; los jóvenes que no fueron llamados a empuñar las armas, realizaban labores de vigilancia en las fábricas y en sus centros de trabajo. Una vez más en los brazos de la juventud recaía la defensa de la revolución.

Una gran cantidad de estudiantes, para no cumplir con las exigencias académicas, encontró en este llamado el pretexto requerido para no realizar sus ensayos, investigaciones y evadir los exámenes. El sistema de bloques frenaba la promoción de los alumnos que salían reprobados en sus clases. Muchos buscaban cómo convalidar las asignaturas aplazadas yéndose a cortar café o algodón. Mi comprensión tenía límites. Dos muchachas reprobadas por no haber cumplido ninguna de las tareas asignadas, de cuyos nombres no deseo acordarme, fueron promovidas para cursar en el semestre siguiente la asignatura Teoría del Estado ll. Consideré la autorización como una concesión inaudita. No había razón alguna que justificara esta determinación. Escudadas en las limitaciones impuestas por la situación, burlaban el cumplimiento de sus obligaciones académicas. Las remitieron a llevar la clase con otro profesor.

La capacidad crítica de los profesores había decaído. El Comandante Borge me protestó por haber cuestionado en mis clases a la dirigencia sandinista. ¿Cómo lo supo? Mi respuesta fue simple. En la UCA nunca digo nada diferente de lo que platicamos. Una de las cualidades que reconozco en Borge fue el talante que mostró para aceptar mis críticas. Abierto a los cuestionamientos, nunca creyó que siempre le asistía la razón. Muchas de las personas que hoy veo denostar contra la antigua dirigencia revolucionaria, jamás vi que alzaran su voz de protesta. La receptividad de Tomás puede apreciarse en muchos de sus discursos de la época. Las universidades fueron enconchándose. La UCA no escapó a la intolerancia y el sectarismo. Una de sus principales debilidades, de las que tampoco fueron ajenas el resto de universidades, fue asumir como propio el discurso del poder. En numerosísimas ocasiones el debate desapareció y el disentimiento fue aplazado. Los evangelistas de izquierda entonaban loas a la revolución.

En el prólogo a la segunda edición (1997) de la Biografía de Mariano Fiallos Gil, publicada por la UNAN de León, Sergio Ramírez realiza un acto de contricción. Con severidad juzga el olvido que cometieron muchos discípulos alrededor de los principios en que fueron formados por el maestro egregio, traicionando su pensamiento, su vocación libertaria y su humanismo beligerante. Ramírez vuelve sobre sus pasos y comprueba que al entrar al turbión de la revolución, rechazaron con desdén, postergando para mejores tiempos, las sabias lecciones de Mariano Fiallos Gil. Sin obviar que con la revolución instalarían el gobierno de los pobres, Sergio expone que sus preocupaciones “no eran tanto de libertad de conciencia, por la libertad de la palabra, por la libertad de crítica, por la formación del pensamiento como fruto de puntos de vista diversos, sino por la justicia que significaba trasladar el poder económico, político y militar de las manos de unos cuantos a las manos del pueblo”. (P. 18).

La dirigencia estudiantil de la UCA no se mostraba proclive al debate y la discusión, fácilmente hipotecaban el pensamiento universitario. Se comportaban como soldados de la revolución, no como los intelectuales que esta requería para alimentar su pensamiento y renovar su visión del mundo. La composición estudiantil estaba conformada mayoritariamente por mujeres. Los jóvenes eran reclutados para integrarse a los batallones de combates. La guerra de baja intensidad debido a su carácter envolvente, minaba los cimientos de la sociedad nicaragüenses. La lucha se libraba en todos los frentes. Los medios de comunicación pasaron a formar parte de los estados mayores de las fuerzas militares. La escogencia de la radio como dispositivo fundamental para agitar y poner al rojo vivo los sentimientos y emociones, estaba arraigada en los hábitos de escucha de los nicaragüenses.

En 1988, Amalia Chamorro, Directora de la Escuela de Sociología, me propuso integrarme como profesor de tiempo completo. En 1989 el estudiante de Derecho Gonzalo Carrión regresó a la UCA, luego de cumplir su servicio militar. Con la derrota electoral del sandinismo, el 25 de febrero de 1990, siendo alumno de tercero de Derecho, ganó las elecciones como presidente del CEUUCA a Félix Pedro Obregón, antes había vencido al joven Eliseo Núñez Morales, como representante de esta facultad. ¿Tendría noción de las luchas que sostendría como presidente del CEUUCA? El 1 de agosto fui invitado a una reunión en el despacho del Rector de la UCA, César Jerez, S. J. El tema central era la necesidad de que la universidad entrara aceleradamente a un proceso de transformación curricular. La Carrera de Periodismo no debía continuar teniendo como columna vertebral la agitación, la propaganda y contra propaganda, como ejes articuladores del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Como reconocimiento al apoyo brindado a la UCA, el Padre Jerez logró que al ex Presidente de la República, Daniel Ortega, se le otorgara el Doctorado Honoris Causa. En enero de 1991 Jerez convocó a un seminario en el Colegio Centro América, para discutir el futuro de la universidad. Las comisiones de trabajo fueron estructuradas por Jorge Alvarado, el Padre Otilio Miranda y Mayra Luz Pérez. Se trató de una de las primeras reuniones importantes celebradas por la comunicad universitaria, en la nueva etapa. En un artículo publicado en Barricada elogié el hecho de que la UCA se colocaba “en el borde delantero de la educación superior nacional”. Tampoco piensen que libré un cheque en blanco. En el mismo trabajo critiqué el proyecto de reformas. Sostuve que contenía “una grosera contradicción entre el enunciado de abrir paso a una mayor democratización y la acumulación de poderes que otorga a la alta jerarquía universitaria”. (Guillermo Rothschuh Villanueva. Cambio de carril. UCA. Enero 1992, P. 82).

El 16 de enero, durante la celebración del seminario, se produjo el ataque aéreo de Estados Unidos a Irak. El repudio a la acción militar autorizada por George Bush fue inmediato. Por decisión unánime de los asistentes se organizó La marcha por la paz hacia la sede de las Naciones Unidas, ubicadas en el Barrio Bolonia. Al frente iba César Jerez, uno de los rectores más queridos que ha tenido la UCA; y Gonzalo Carrión inauguraba una nueva etapa de lucha del movimiento estudiantil. Las reuniones en el Colegio Centro América significaron el primer paso para revisar la calidad educativa de la universidad. A mí me extrañó haber sido incluido como parte de los profesores de la Carrera de Periodismo. En ese momento no guardaba ninguna relación con esa carrera. Más bien mi paso por esta había sido efímero. En 1988 la profesora Alina Guerrero me nombró profesor de la clase de Introducción a la Comunicación. Ante los problemas que tenían los alumnos para adquirir sus materiales de estudio, decidí que mi paga como docente les fuese entregada. Un año después mi nombramiento fue cancelado.

A comienzos de marzo el Rector Jerez me propuso la decanatura de la Facultad de Ciencias de la Información que pensaban fundar. El argumento que utilizó para persuadirme fue que tradujera mis críticas en hechos concretos. Tenía la posibilidad de crear una criatura que respondiera a las nuevas exigencias que planteaba al país el desarrollo prodigioso de las comunicaciones. Acepté su propuesta, me otorgó libertad para nombrar a mi equipo administrativo. También para revisar la planta de profesores y para reestructurar los programas de estudios. Mi primer acierto fue nombrar como Secretaria Académica a la profesora María Yolanda Gadea. El 1 de abril de 1991 amanecí estrenando cargo. Con esta decisión alimentaba el fuego para renovar mis utopías. Una tarea urgente se abría ante mis ojos.