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Una vez más estalló la crisis política en Ecuador. Este país sudamericano se ha caracterizado en los últimos años por ser uno de los más inestables en lo que a sus estructuras institucionales democráticas se refiere.

Esta nueva crisis nos da la oportunidad de reflexionar sobre algunos temas de trascendental importancia.

Primero: gobernar hacia adentro. Cuando un mandatario como Rafael Correa se dedica- en vez de gobernar su país- a la construcción del socialismo del Siglo XXI a nivel continental y además a atacar al imperialismo norteamericano en cada oportunidad que tiene haciéndole responsable de cada uno de los fracasos de la política interna en el Ecuador y, adicionalmente, se dedica a escribir libros sobre el neomarxismo y la reconversión ideológica del socialismo latinoamericano; es natural inquietarse puesto que, obviamente, se trata de un caso en el que el presidente está gobernando en función de intereses foráneos. Intereses que, por muy bolivarianos que sean, no resuelven la problemática interna del Ecuador.

Gobernar hacia adentro tiene que ser un ejercicio de consenso con la sociedad entera y no como tiene entendido el señor Correa, imponer por la prepotencia que le permite el cargo que detenta, cuanta iniciativa juzgue él o su partido conveniente y necesaria para el Ecuador.

Segundo: Unir a la nación. Éste es el aspecto estratégico más reprochable que tienen los presidentes de la nueva ola izquierdista latinoamericana. Un presidente de la república no debe gobernar al país en función de su clientela política. Un presidente de la república debe ser, ante todo un Estadista. Esta última categoría le ha quedado demasiado grande al Sr. Correa y sus congéneres ideológicos como la Sra. Cristina Fernández, de Argentina, quien al estallar la crisis en Ecuador salió presurosa a declarar ante los medios de su país que ella también enfrenta movimientos desestabilizadores internos que, cosa rara, asoció con los medios de comunicación. Todo parece indicar que para la Sra. Fernández el ejercicio del periodismo independiente e investigativo que en meses recientes le sacó los trapitos al sol sobre su astronómico enriquecimiento personal como producto del ejercicio del poder implica una labor desestabilizadora contra el gobierno. Pero en fin, nos ocuparemos del caso de la Sra. Fernández en otra ocasión y volveremos al caso del Sr. Rafael Correa. Tanto Rafael Correa como Cristina Fernández al asumir la presidencia del Ecuador y de la Argentina, respectivamente, pasaron a sentarse sobre verdaderos polvorines ya que ambos países han conocido en la historia reciente grandes episodios de inestabilidad política que le costaron el puesto a varios presidentes de la república antecesores a ellos.

Si, obviando la realidad arriba mencionada, Correa se ha dedicado a dividir más al país y a promover el odio de clases y la reconversión socialista inconsulta, es decir por decreto presidencial, para que el Ecuador se encamine alegremente a adoptar la vieja ideología socialista fracasada en Europa del Este y en la mayor parte del mundo; sería de toda lógica suponer que enfrentará la resistencia de una parte importante de la sociedad ecuatoriana. Aunque el Sr. Correa y sus colegas presidentes izquierdistas llamen oligarquía, Gran Capital, neoliberales a esos importantes sectores de la sociedad e inciten a las turbas populares al odio en contra de la clase media y los empresarios, no deja de ser cierto que la tan odiada oligarquía es indispensable para que el país tenga viabilidad económica. Citamos para ello como ejemplo al más reaccionario régimen comunista de nuestro hemisferio, Cuba, que tras cinco décadas luchando a brazo partido contra la oligarquía empresarial ha comenzado su proceso de reforma para abrir espacio económico y político a la iniciativa privada en la Isla.

Coherencia política y ética. A pesar de los rimbombantes discursos sobre la igualdad, aunque yo preferiría la palabra equidad, la justicia al servicio del pueblo- excluyendo de esta categoría a la clase media y a los empresarios, mismos que la nueva ola de izquierdistas no consideran pueblo; a pesar también de las promesas de un nuevo orden político y social en América Latina, a lo interno en Ecuador y en otros países gobernados por la izquierda se siguen presentando los clásicos episodios de corrupción que caracterizaron a los gobiernos de la derecha neoliberal de los noventa. En este aspecto tampoco Correa ha salido bien librado.

Evidentemente es condenable toda ruptura del orden constitucional en cualquier país. Sin embargo hay importantes precedentes en América Latina. ¿Alguien recuerda a Manuel Zelaya? Lo traigo a la memoria porque el golpe de Estado en Honduras quedó en los anales de la historia sin que se hubiera logrado, a pesar de todo el trabajo político y diplomático, la restitución del presidente legítimo en Honduras.

El Ecuador en crisis no es una noticia que sorprenda después de haber visto lo ocurrido en los últimos años en ese país sudamericano. Sin embargo, los errores de Rafael Correa abren un espacio de reflexión. ¿Hasta dónde es legítimo gobernar un país basándose en el odio de clases, en la exclusión de una parte importante de la sociedad? ¿Hasta dónde es legítimo cubrirse con un manto de legalidad al amparo de elecciones de dudosa transparencia para imponer un proyecto de nación socialista que no se sabe si la mayoría del país aprueba? ¿Es lícito gobernar despreciando el orden institucional cuando así conviene y avasallando a la oposición y esperar a que los grupos de interés (económicos, militares, religiosos, empresariales y otros) se queden tranquilamente observando desde la cómoda inercia de la resignación el hecho de que el Estado ha decidido combatirlos hasta procurar su desaparición? Todos estos han sido los errores de Rafael Correa. Sus errores no justifican un golpe de Estado, de eso estamos claros, pero deberían dar en qué pensar a otros sesudos presidentes izquierdistas de nuestro continente que se tienen a sí mismos como los salvadores de la Patria.


* El autor es especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.