Jorge Eduardo Arellano
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En un spot de televisión que transmiten por el cable se pretende demostrar que el desarrollo económico de los países no depende de sus recursos naturales, extensión territorial, ubicación geográfica o cultura. Concluye que la prosperidad depende de la actitud de las personas que conforman una nación.

Confieso que el spot me ha sorprendido por su capacidad de demostrarnos con argumentos irrebatibles en treinta segundos lo que los nicaragüenses no hemos logrado comprender en quinientos años de sistema republicano. El mensaje televisivo demuestra con hechos irrebatibles, de fácil comprobación, que el desarrollo de los países está determinado por la conducta de sus habitantes, por su actitud ante la vida, por su concepción filosófica sobre la realidad que lo circunda.

Esto me lleva a responder a la pregunta: ¿por qué Nicaragua vive en el subdesarrollo? ¿Por qué Nicaragua teniendo lagos, volcanes, montañas, una vegetación envidiable, y hasta poetas universales que exportar como Darío, no sale de la pobreza? Sencillo: porque los nicaragüenses tenemos una conducta basada en mitos y antivalores que atentan contra el desarrollo. Somos rehenes de prejuicios culturales, religiosos, filosóficos, que no nos dejan observar el bosque.

Seguramente algunos calificarán de idealista este enfoque, pero la verdad es que la historia ha demostrado que los recursos materiales de un país no son suficientes para determinar su nivel de prosperidad, sino que es fundamental, por no decir, imprescindible, la actitud de las personas, su actitud ante el trabajo, su concepción política y cultural, etc.

Voy a referirme, entonces, a algunos mitos que se han venido transmitiendo generacionalmente, y que nos alejan de cualquier actitud positiva que nos conduzca al desarrollo. Mitos que se han transmitido como cadenas de maldición de padres a hijos, de hijos a nietos, y que se extienden a las instituciones, y lo que es peor, es legitimado por los gobiernos en sus programas de estudios, en su folklore, en sus ritos.

Un primer mito es la creencia generalizada de que algunos países son pobres por designios divinos, y que, por lo tanto, la pobreza es una condición a la que nos debemos someter sin protestar. Este mito convierte al Estado en una institución dominante e interventora. Es uno de los más comunes en América Latina, y tiene su sustrato en las creencias religiosas equivocadas. Gracias a él, millones de latinoamericanos viven en la pobreza, y su destino depende del Estado y de las migajas que organismos internacionales de la comunidad internacional puedan darles.

Un segundo mito es creer que el Estado es la institución llamada a resolver nuestros problemas. Esta premisa es falsa. La práctica histórica ha demostrado que en los países que alcanzan altos grados de bienestar económico, el Estado juega un papel secundario y de facilitador, de amigable componedor y no de interventor impune en la vida de los ciudadanos.

Un tercer mito que está bien arraigado en nuestra cultura es la creencia de que nuestra juventud tiene que graduarse en profesiones que no tienen demanda en el mercado. Otra premisa falsa. El mercado de empleo en nuestra endeble economía nacional está definido por la demanda empresarial. Son los empresarios quienes al final de cuentas crean empleos para colocar a sus familiares en las estructuras administrativas y gerenciales. De ahí que miles de jóvenes profesionales tengan que conformarse con empleos técnicos, si es que los encuentran, y en el peor de los casos, vender su fuerza de trabajo como taxistas, buseros o irse al exterior. El Estado, por su naturaleza, no es generador de empleo. Por lo tanto, es una gran mentira que el gobierno va a generar miles de empleos. No es su papel ni su tarea fundamental.

Por otra parte, es importante destacar que los mitos nacen, se reproducen y es difícil matarlos. Se convierten en pautas culturales de una generación y se arraigan como un cáncer que corroe los tejidos de nuestra sociedad. De los mitos surgen comportamientos y leyendas negras que describen a los nicaragüenses como seres peculiares, expertos en la improvisación y en el facilismo, mitómanos por naturaleza, perezosos por gracia de dios, poetas y brujos. En fin, una serie de leyendas negras que han elaborado con esmero poetas e intelectuales como parte de la colonización cultural de la que hemos sido víctimas.

Es increíble cómo los nicaragüenses hemos perdido 400 años de nuestra historia pretendiendo encontrar nuestra piedra filosofal, nuestro criollo eslabón perdido, probando fórmulas exportadas, reciclando a nuestra clase política, soportando todo tipo de intervenciones y colonizaciones, desaprovechando olímpicamente nuestros recursos naturales, mientras el desarrollo pasa por nuestros ojos como un tranvía eléctrico. Creo que ya es hora de que los nicaragüenses vayamos en busca del tiempo perdido. Los mitos y leyendas deben quedar enterrados en los baúles de la historia, como referencias literarias. Pero para eso necesitamos un liderazgo con una nueva mentalidad de hacer política, que rompa esquemas, mitos, leyendas, prácticas y formas de vivir. Necesitamos diseñar un nuevo país y una nueva mentalidad, donde por fin, destruidas las cadenas del subdesarrollo, conquistemos con libertad el paraíso perdido de la libertad.


*felixnavarrete_23@yahoo.com