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En el “Vocabulario popular nicaragüense”, de Chantal Pallais y Joaquim Rabella, el vocablo pasmado tiene, entre otros significados, el de “poco desarrollado” y el de “falto de ánimo, alelado”. Es el mismo significado que, según el diccionario de la Real Academia Española, tiene, entre otros países, en Cuba. Y en Costa Rica significa “enclenque”.

Pues así está nuestro país. Pasmado.

A esa conclusión llegué cuando conocí el segundo informe del año sobre la economía nacional que presentó la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides), en base a cifras oficiales.

Es un informe riguroso desde el punto de vista técnico, y desapasionado desde el punto de vista político.

En el informe se documenta la recuperación que está teniendo la economía después de la caída de 2009. Es una recuperación ligera, jaloneada principalmente por el crecimiento significativo de las exportaciones -por la reactivación de la economía mundial y los buenos precios de algunos productos como el café, el oro y el azúcar, entre otros- ya que el consumo interno y las inversiones permanecen deprimidos.

El informe también documenta la responsabilidad en la gestión macroeconómica pues el gobierno, en buena hora y pese a la retórica anti-fondomonetarista del Presidente Ortega, no se sale de la disciplina que exigen no solamente el FMI y otras fuentes de financiamiento, sino el propio funcionamiento del mercado.

Cuando conocí el informe comenté que afortunadamente no hay una catástrofe económica, pero desafortunadamente tampoco hay prosperidad. Ni existe perspectiva de prosperidad a mediano o largo plazo mientras no haya seguridad jurídica y confianza política, y por tanto suficientes inversiones que hagan crecer al país fuertemente. Es decir, con Ortega ni hay, ni habrá prosperidad.

A la salida del hotel en que se presentó el informe que comento me abordaron diversos medios de comunicación, y repetí lo antes anotado: no hay catástrofe económica, pero tampoco hay prosperidad. Estamos pasmados.

Cuando los periodistas se alejaron y estaba a punto de abordar mi vehículo, se me acercó uno de los guardas del hotel, quien había escuchado mis declaraciones y me dijo:
-Doctor, yo entendí lo que usted dijo, pero vaya y pregunté a los pobres de este país, que son la mayoría, si hay o no catástrofe.

Me di cuenta, una vez más, que el sentido común es más importante que las sofisticaciones técnicas.