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No es casual que hayamos asistido a una intentona golpista en Ecuador, pues su gobierno integra junto a otros, el grupo de países del ALBA, que se plantean un proyecto alternativo a los modelos del capitalismo neoliberales que hemos vivido y que acusaron su fracaso en América Latina. A diferencia de Honduras, en donde el conjunto de las fuerzas armadas y todas las instituciones del Estado de manera coordinada implementaron el golpe sacando al presidente constitucional Manuel Zelaya del país; en Ecuador, aparentemente, la policía fue un instrumento de prueba, por fuerzas e intereses que todavía no han sido develados.

Ese alzamiento en sedición tal vez hubiera sido normal esperarlo en la policía peruana que es una de las pocas que tiene derecho a la sindicalización, pero todo parece indicar que su accionar fue una forma de medir reacciones, de enviar mensajes en procura ulterior de explorar las posibilidades reales de un golpe definitivo.

El ejército y las fuerzas armadas conjuntas pudieron haber intervenido de inmediato, pero no lo hicieron, esperando largas horas del desarrollo de los acontecimientos, incluso llegaron a solicitar que el presidente Correa aceptara las “reivindicaciones” planteadas por la policía. Sólo la acción decidida y masiva del movimiento social ecuatoriano, que respalda y protagoniza su proyecto de revolución ciudadana, más la inmediata reacción de la comunidad internacional, que incluyó el cierre de todas las fronteras con Ecuador, creó las condiciones para que fuera rescatado y reinstalado en el Palacio Carondelet.

En América Latina está claro que todavía la ideología de seguridad nacional que se inoculó en la mentalidad de las fuerzas militares en el contexto de la guerra fría sigue existiendo y moldeando su conducta en la mayoría de nuestros países, irrumpiendo ahí donde ven peligrar poderosos intereses, a los cuales históricamente han servido, pero no se trata solamente de constatar lo ya conocido, se trata de proponer alternativas duraderas para superar estas situaciones.

Quienes trabajamos por la paz hemos vivido experiencias significativas en términos de la importancia de desarrollar programas de educación y capacitación en el contexto de las estructuras educativas formales y no formales de las escuelas militares y policíacas, orientados a cultivar una conciencia y conducta de Cultura de Paz en la mente de estos estamentos. Nos estamos refiriendo a contenidos relacionados con el conocimiento a fondo de las cartas constitucionales, la formación en derechos humanos, el desarrollo histórico y actual del pensamiento militar y las nuevas concepciones enmarcadas en las nuevas condiciones y necesidades de la región y del mundo, la gestión pacífica de conflictos, los derechos de las mujeres y las causas y consecuencias de la pobreza en nuestros países, son contenidos que pueden desarrollar y fortalecer una visión y funciones diferentes a la que históricamente han comportado.

Nicaragua es un ejemplo claro en este sentido. Pero también es importante rescatar y relevar la experiencia del Programa de Cultura de Paz que la Unesco desarrollara en El Salvador en los primeros años noventa y que estuvo a cargo de nuestro compatriota Dr. Francisco Lacayo Parajón. Este programa llegó incluso a convocar a los jefes de los ejércitos y ministros de defensa de Centroamérica para analizar a fondo el conflicto bélico que había vivido la región y que devino en una histórica declaración conjunta de los jefes militares, en la cual textualmente reconocen que la violencia vivida no obedeció a ideologías foráneas o factores exógenos, sino que a la miseria de amplios sectores de nuestra sociedades y a la violación sistemática de los derechos humanos, reconocían también las nuevas funciones que deberían asumir las fuerzas armadas de acuerdo con las nuevas situaciones del mundo y de Centroamérica.

Sin embargo, este programa se descontinuó después de varios años de funcionamiento, y tengo la convicción de que el golpe de estado hondureño no se hubiera dado si estos encuentros entre las fuerzas armadas hubieran tenido continuidad, pues la educación y la formación a este nivel demandan constancia, dado los procesos normales de relevo en la oficialidad y en los mandos de las estructuras militares. El golpe de estado en Honduras se dio después de más de una década de término de estos procesos. Pero incluso, en el marco de la experiencia descrita no necesariamente se debatieron y formularon cambios en los currículos de educación de las fuerzas armadas de nuestros países.

Varios países de la región deben verse en el espejo de Honduras y Ecuador, por lo que consideramos que los gobiernos de América Latina deben promover o al menos apoyar y generar los espacios para el desarrollo de programas de cultura de paz en cada país, que incluyan a las fuerzas armadas y policiales en dichos programas y se fortalezcan los currículos de las escuelas militares y policiales, que garanticen la generación de promociones con convicciones profundas de lealtad a las constitución, de respaldo al estado de derecho, a la convivencia democrática y a nuevas funciones ligadas a la protección del medio ambiente.


*Director Instituto “Martin Luther King-UPOLI