Jorge Eduardo Arellano
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Dos elementos se juntaron, felizmente, para la redacción de esta reseña musical. Primero, el trabajo que estoy efectuando para presentar próximamente mi nuevo libro sobre el bolero en Nicaragua, que me ha tomado buen tiempo de investigación, sabroso por cierto. Segundo, el reciente viaje en enero 2008, hecho a Uruguay y Argentina, en busca de profundizar sobre los ritmos platenses, especialmente el tango.

Ambos son ahora significativos para mí, pues el libro en cuestión está terminado y estoy en el proceso de corrección y su publicación. En cuanto al viaje, tuve el gusto de aprender de viejos compositores y cantantes del ritmo sureño, visitar las tumbas y llevar flores a Carlos Gardel, Tita Merello, Agustín Magaldi, Charlo, Mercedes Simone, Osvaldo Pugliese, Alberto Castillo, Aníbal Troilo y otras luminarias del viejo ritmo del Río.

También estuve en la sepultura de Ringo Bonavena, aquel peso pesado que le dio gran batalla a Cassius Clay o Mohamed Alí, después. Vi cuanto espectáculo pude. Inclusive tomé lecciones del acrobático baile en La Viruta, un club de Palermo en Buenos Aires, con resultados que ¡ay Dios mío! En fin, cumplí mis deseos, pero nacieron dos nuevas inquietudes ahora por realizar.

Resulta que en el mausoleo de Carlos Gardel encontré placas de todas partes del mundo agradeciendo al astro por su arte o simplemente rindiendo pleitesía, incluyendo del tenor Dr. Alfonso Ortiz Tirado, pero de Nicaragua o de nicaragüense alguno, nada. Y no puede ser que en aquella tierra donde Darío escribió historia, no exista un gesto de retribución, honrando alguna estrella del patio. Decidí hacer una placa de bronce e invitar a unos nicas de allá para cuando vaya a ponerla. Los pasos iniciales de permisología, etcétera, los dejé encaminados. Regresaré al panteón de Chacarita, donde reposa Carlitos.

La otra inquietud la cumplo ahora y es reseñar que Argentina y Uruguay son también tierra del bolero, con cantantes, compositores y orquestas que hicieron historia. ¿Quién puede olvidar al bolerista de Mendoza, Argentina, Leo Marini, cantando Fichas negras de Johnny Rodríguez, acompañado por la orquesta gaucha de Don Américo y sus Caribes? ¿O al uruguayo Chito Galindo con La Sonora Matancera vocalizando, Queridos padres y Consuélame, ambos de su autoría?
Y si hablamos de La Sonora Matancera, no podemos dejar atrás al natural de Buenos Aires, Carlos Argentino o Carlos Torres o Carlos “Argentino” Torres, que además de guarachar nos dejó boleros como: Cuando tú seas mía y El amor no existe, ambos de Santiago Terry. Pero, el primero en descollar fue el también nativo de Buenos Aires, Eduardo Farrel, interpretando Nosotros, de Pedro Junco Jr., y acompañado por la gigante agrupación de Don Américo. Y qué decir de orquestas como la de Kiko Navarro o la Orquesta Tropical Antillana de Fernando López, pues nada, sensacionales.

Otro bolerista internacional es el mendocino Daniel Ríolobos, que residenciado en México, con bolerazos como Palabras de mujer, de Agustín Lara, y Ven aquí a la realidad, allí murió. Ahora, más boleristas populares: el natural de Córdoba, Roberto Yanés, con los boleros La puerta, Regálame esta noche y de su paisano compositor Virgilio Expósito, Vete de mí; el mendocino Hugo Romani y su cante de Infortunio, la porteña María Marta Sierra Lima y Algo contigo, del también compositor argentino Chico Novarro. Y ya que tocamos a dos autores gauchos, la lista de ellos es extensa:
Comencemos: Te odio y te quiero, por Enrique Alessio y Reynaldo Yiso; Dos almas, de Don Fabián (Domingo Fabiano); Mario Clavell y La última canción; Rodolfo Sciammarella y Besos brujos, cantada por Libertad Lamarque y letra de su esposo Alfredo Malerba; Palito Ortega y Hola soledad, que hiciera más famoso al cubano Rolando La Serie; Dino Ramos con La nave del olvido, insuperable en la voz de José José. Hay más, pero el espacio me apremia. Lo siento, habrá que esperar por mi libro cancionero con la historia de cada bolero admirado por nosotros los nicas.

Sorpresas, sí, como yo las tuve. Argentina y Uruguay, que son lo mismo musicalmente, son también tierras del bolero, separadas por un hermoso y ancho río hecho de tango.