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He hablado hasta cansarme por un tiempo, de la insana y fea costumbre de una gran cantidad de hombres que orinan en la calle. No les importa si los ven niños, niñas, mujeres, personas adultas; ¡qué va! Por mucho tiempo, en mi programa cultural ANDEMOS, el cual ha desfilado por varias emisoras del país a lo largo de sus 18 años de existencia, creo que he sido pionera en criticar públicamente este tipo de educación y otros más. Transmitía una viñeta que decía: “Comer en las calles es parte de nuestra idiosincrasia, pero guardar la basura en su lugar y no tirarla a las calles es parte de nuestra educación. Cuidemos nuestro hábitat. No tire basura a las calles”.

Digo terrible e insana costumbre, porque amén de “orinar como los perros en la calle”, es un hábito lejano de toda higiene el hacer las necesidades y no lavarse después las manos. Y con la misma siguen y despachan frutas, comida, agua, medicinas, o cualquier tipo de alimento y luego, campantemente le dan la mano al primer amigo o amiga que se encuentran después de miccionar en la calle a la vista y paciencia de todo el que los mire, con sus manos llenas de miado y de otras cosas.

¿Cómo una mujer puede aguantarse hasta llegar a su casa o a un sitio adecuado donde pueda hacer sus necesidades tranquilamente en la intimidad que eso requiere? ¿Por qué el hombre no puede aguantarse y sin ningún reparo en cualquier parte y a cualquier hora, orina en la calle?

Hace casi 30 años, al hablar de este tema con un amigo cubano que combatió en Angola, me decía que en ese país, lo mismo que en Sudáfrica, solamente las personas de raza negra orinaban en la calle sin ninguna consecuencia. Por el contrario, si una persona de raza blanca lo hacía era multada inmediatamente y algunas veces, según el caso, hasta apresada. Esa era una manera de las autoridades (blancas) de ajustar su forma de pensar discriminatoria con la raza negra: los negros pueden hacer sus necesidades en la calle porque “son como animales”. Nunca he podido comprobar esta aseveración de mi amigo Basulto. Antes de viajar al África, hace unos 5 años, tenía la idea de constatar lo asegurado por Basulto, pero de Senegal y Guinea Bissau, confieso que me impactaron tantas cosas, que añadidas a una dolencia física y emocional familiar, que mi espíritu de aventura y conocimiento se vio mermado y no pude ver todo lo que quería y esperaba.

En mi crítica de las costumbres insanas de muchas personas, no solamente he tratado la micción de los hombres en la calle, sino además, el hecho de sacudirse las narices sin usar pañuelo, tirando chorros de moco por los aires. Y qué me dicen del hecho de escupir en cualquier parte. No sé de dónde les sale tanta saliva, para andar dejando microbios por todos lados.

Otro hecho que aprovecho ahora para criticarlo es el de rascarse los testículos. Muchos lo hacen aún en presencia de sus compañeras de escuela, de trabajo, en el bus, en la parada, en la oficina, en cualquier lado. No les da pena. Otro acto de pésimo gusto, que lo practican tanto hombres como mujeres, es el sacarse los restos de alimento que quedan entre los dientes, delante de las otras personas con quienes han acabado de comer. O de igual manera, acabados de comer se enjuagan y hacen “buches” (¡qué horror!). ¿Por qué no van al lavamanos a limpiarse los dientes y la boca si tanto les molesta?

A mis alumnos universitarios, de secundaria o de cursos especiales de comunicación o de literatura, siempre les he hablado de esas costumbres que desdicen de la pulcritud y buena educación. Qué creen que harían si la mayoría de las mujeres empezaran a rascarse sus genitales delante de todo mundo, a escupir y tirar moco a diestra y siniestra en las calles, también delante de todo mundo y a hacer las necesidades fisiológicas en la calle, sin inmutarse de quién o quiénes las miren.

Y qué decir de quienes van tirando la basura de todo cuanto comen por las calles; las cáscaras de banano, una naranja, la bolsa de un refresco o de agua, la hoja del vigorón y no acabamos de contar. Y de esta costumbre anti sanitaria y anti ecológica, no se escapan hombres, mujeres, ricos, pobres, educados de academia, políticos. Tengo el honor de decir con todo lo ancho de mi boca, que mis hijas y yo, jamás hemos botado basura en la calle. Más allá de ser consecuente con el medio ambiente, con el respeto que los demás se merecen y con lo que predico, está un concepto de educación. Corro detrás de los vehículos que tiran basura y bajo mi ventanilla para gritarle a sus ocupantes; ¡cochinos!, que eso no es bueno. Cómo hacer, qué hacer, para ser un pueblo un poco más limpio y educado. ¡Sin hablar de la toalla en el hombro!, costumbre que me sorprendió a mi llegada al país en los 90.


*Periodista educativa-cultural

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