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Las políticas de desarrollo social y económico varían con los intereses de grupo y partido. En todas las sociedades hay individuos que viven en grupos urbanos con las mejores condiciones materiales, y que pueden no sentirse motivados por una política que cambie su situación a peor para que otros mejoren. Porque cada forma de desarrollo implica unos ganadores y unos perdedores, y cualquier desarrollo social sin perdedores es una utopía.

El asunto se vuelve más complejo si se tiene en cuenta quién decide lo que es “desarrollo”; porque una sociedad comparativamente desarrollada o subdesarrollada para unos, puede no serlo para otros bajo ciertos aspectos. Por ejemplo, los criterios de la OCDE o del FMI no resultan válidos para el PNUD, donde aparecen medias estadísticas como que un habitante de Bangladesh tiene más oportunidades de salud, educación, seguridad ciudadana y ejercicio de la igualdad jurídica que si viviera en Harlen contando más ingresos. ¿Y quién ha dicho que la mejor calidad de vida es la de un individuo consumista y sobrealimentado, y no la “opulencia” de un despreocupado en su tiempo libre después de satisfechas sus necesidades básicas?
Toda sociedad tiene una u otra forma de desarrollo, no sólo en diacronía como proceso de su formación (la de su propio desarrollo) sino en sincronía, en el desarrollo desigual de los grupos como sistema de relaciones de desigualdad social. Pues no hay sociedades que no estén en desarrollo (proceso), y en todas hay una diferenciación de grado de desarrollo de un grupo a otro. Además, las particularidades culturales y políticas no repiten los patrones del desarrollo de otra sociedad; aunque algunos ideólogos de organismos internacionales pretenden medir a todas las sociedades planetarias bajo un modelo cultural y político homogéneo.

En un país como Nicaragua hay grupos integrados en la economía formal, que realizan sus intercambios en moneda, sus ingresos de capital o de salario y sus gastos o ahorros pasan por cuentas bancarias, dentro de la fiscalidad del Estado. En este sector de la economía formal puede haber grupos con indicadores sociales elevados. La infraestructura urbana de sus barrios, su vivienda, sus medios de transporte (aéreo y terrestre), sus servicios de salud y educación, etc. se podrían comparar con los estándares más altos o de clase media en Oregón, Extremadura o Sicilia.

Los que viven en estas condiciones en Managua ven barriadas de pobres en las inmediaciones de sus vecindarios como pasa en todas las ciudades del mundo. Pero veremos que esos vecindarios no son tan pobres como aparecen en la estadística del “desarrollo”, ni los países “desarrollados” están exentos de barrios de pobres y cinturones de miseria. Aunque sus gobiernos les dan tarros de pintura para que sus barracas se vean coloridas o los estabulan en gigantescos bloques de cemento, o los expulsan de barrios y ciudades; tal como se quejaron los gobiernos regionales de Valencia y Zaragoza del alcalde de Barcelona, Pascual Maragall el precursor de Sarcozy, quien el año olímpico les envió sus miserables para la “limpieza” del núcleo urbano del casco antiguo. Tal “limpieza” de ciudades ha dado fama a muchos alcaldes de ciudades turísticas con el aplauso de sus hoteleros.

Sin embargo, cada año las estadísticas de “desarrollo” cometen un error de cálculo que divide datos de la economía formal de estos sectores entre toda la población, cuando la mayor parte de la economía del país es informal. Por caso, en Nicaragua miles de familias de ganaderos y caficultores aparecen como pobres al declararse “no contribuyentes” ante el fisco, mientras venden más de 200 cabezas de ganado en pie y más de 200 quintales de café al año a los exportadores. Miles de familias de pastores religiosos o de “sobrinos” de curas, bien nutridos, quedan fuera de la estadística; porque no sale en las estadísticas del Banco Central la mayor entidad económica del país, las iglesias (dueños de grandes edificios de culto y no cultuales, fincas, escuelas, colegios, universidades, clínicas), cobran el equivalente de diezmos (del salario), primicias (de las cosechas y partos de animales) y aranceles de servicios (cada millón de nicas católicos, entre registros de bautismo, confirmaciones, matrimonio, limosnas y misas ha contribuido en no menos de 50 millones de dólares. a la Iglesia). Más miles de familias acomodadas que dependen de los medianos y pequeños negocios de los mercados, pulperías y tiendas, cuya contabilidad no aparece en la facturación declarada. Médicos, abogados y mecánicos de talleres evitan declarar sus ingresos al fisco. El comercio del mayoreo de granos sostiene una pirámide de ricos intermediarios, y es probable que las reservas estratégicas de los ochenta (razón del desabastecimiento y del racionamiento) hayan regenerado sus grandes fortunas en el Mercado Oriental. Estos, junto al contrabando y los buhoneros forman economías sumergidas. Tantas decenas de miles de ricos (y los prevaricadores?) no aparecen en las estadísticas del “desarrollo”, para dar más lástima a los donantes internacionales, y justificar el turismo de ONG.

Si los muy pobres tuvieran que vivir con el dinero que les asignan los números del FMI-BM ya no estarían en la estadística de los vivos. Si la clase media de empleados pobres dependiera sólo del misérrimo salario de los ministerios y las empresas, no tendrían fuerza suficiente para volver el día siguiente al trabajo. Pero muchos miles de familias comen por el comercio informal (como la venta de tortillas) y los tráficos ilegales o semilegales (como la prostitución), y algunas viven con ciertos lujos. Hasta el reciclado de la basura también es negocio.

La industria del robo alimenta una economía de mercado paralelo que facilita la vida de los pobres y capas medias. Hasta en los países ricos con más medidas de seguridad se roba el equivalente a un 3% de todo el comercio (supermercados y grandes almacenes incluidos), y otro tanto de materiales y equipos, papelería de oficina, productos farmacéuticos, materiales de construcción, etc. de los ministerios y de las empresas. En estaciones de trenes y aeropuertos alertan constantemente a los usuarios que vigilen sus efectos personales. El desguace de vehículos y maquinaria robada abastece redes de piezas de recambio. En el campo se roba ganado y hasta el 5% de los graneros, de las huertas de frutales y hortalizas. Nicaragua no es la excepción (ver estadística policial), y todo esto es economía al margen de los discursos del “plan del milenio contra la pobreza”.

Falta ver otro día las formas nicas comunales, de mutualismo o de trueque, que soportan gran parte de la vida social; y que evolucionarán según su organización, a pesar de la ideología de los planes de desarrollo.