Jorge Eduardo Arellano
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Es un lugar de Managua, pero no está en Managua, sino en otra frontera, donde los buses llegan hasta un límite poniendo a prueba sus ya de por sí castigados ejes. El resto se hace andando, o dando tumbos al raid en la tina de una vieja camioneta. Ahí va mi amiga.

Es un lugar de 6.500 niños y jóvenes que antes no tenían ni una sola escuela adonde ir si no era pagando una cantidad que se hace imposible para la mayoría. Un lugar que no tenía agua hasta hace muy poco, tampoco electricidad, ni escuela si no hubiera sido por el esfuerzo de un pequeño colectivo en el que está mi amiga, una señora de muchas luchas. Es en los Laureles Sur, un lugar en Managua, pero como si estuviera a miles de kilómetros montaña adentro, el lugar de los pobres que aparecen en los carteles, y en las palabras de propaganda costosa. Un lugar. El lugar.

La escuela ya ha pasado a manos del Ministerio de Educación desde hace un tiempo, pero las actividades llevadas a cabo a fuerza de voluntad personal y de la propia comunidad venían desarrollándose desde finales de los noventa. He sabido que al menos hasta hace unos días los maestros tenían dos meses sin cobrar, los maestros pobres que le dan clase a los niños pobres, de los “arriba los pobres del mundo”. Y no hay forma de entender esto si no es con vergüenza. No hay forma de entender cómo se les puede retener el salario de dos meses a trabajadores de un Ministerio que se dice del gobierno de los pobres. La alcaldía no hace mucho que llevó agua potable y promete mejorar los caminos, pero viéndolos tan maltrechos, uno duda bastante, ya que el trabajo parece requerir una inversión cuantiosa de recursos y voluntades, y esto último es lo que empieza a faltar, aún más entre este desentendimiento incomprensible entre gobierno y alcaldía.

Mi amiga, Rosa Capella, según me cuentan, se está decepcionando. A ella le da por creer en las palabras, una ingenuidad que se convierte en una opción tan válida y poco práctica como la contraria del que le da por desconfiar. Mi amiga tiene una larga lucha en su pelo blanco y precioso, pero su ánimo no parece cansado, y mucho menos por su forma de lanzarse a creer a pura y ciega fe. Si ella contara los años por decepciones, a lo mejor ya no volvería a creer. Pero tiene esa forma de volver y volver, y entender la caída como parte de su opción de creer.

Uno de sus primeros desengaños le ocurrió en Cuba, allá por los primeros años de la revolución, en la que ella, como marcaba su propia hoja de ruta, había creído sin titubeos. Pero más tarde, al ver lo que sus hijos tendrían que sufrir en parte, decidió salir de allí.

Es el mismo país en el que ahora las preguntas que un muchacho, Eliécer Ávila, se atrevió a hacerle al increíble Ricardo Alarcón, Presidente de la Asamblea cubana, en la Facultad de Ciencias Informáticas de La Habana, hicieron tambalear la lógica de un sistema. Son las mismas que mi amiga hizo y no le respondieron allá por el principio. Y ya han pasado muchos años, sin que por ello se menoscaben los logros de una cobertura social para los cubanos más pobres que ya quisieran en muchos países. Pero tampoco por eso se puede eludir el desastre monumental de desarrollo y libertad que no deberían ser contradictorios con una revolución, de la que no hablamos por respeto, hasta que ocurre algo, y entonces todos nos descubrimos un poco parte de esa isla.

Las preguntas de varios muchachos, y en especial del que no comprendía que él no pudiera viajar ni siquiera al lugar donde murió Che pusieron en evidencia los rancios e ilógicos argumentos de un sistema que ya no se explica a sí mismo. “Una trabazón en los aires” provocaría, según Alarcón, que los jóvenes cubanos y todo el mundo pudieran viajar. Que lo siga haciendo, pues, una minoría. Un razonamiento similar le oí al comandante Humberto Ortega en los años noventa para explicar por qué no se había podido alcanzar en Nicaragua mayores cuotas de igualdad. Él ponía el ejemplo de un estadio de fútbol en el que todos no caben en la tribuna. Después el muchacho, no sabemos si instigado o no, ha dicho que sus cuestionamientos han sido utilizados por la oposición mediática a la revolución, pero la verdad es que las preguntas quedaron ahí sin respuesta, o aún peor, con respuestas increíbles.

Mi amiga, como tantos otros cubanos (qué feo cuando dicen gusanos, aunque no sea por razones políticas) voló hacia Estados Unidos. Allá hizo amigos, y pasó el tiempo suficiente para comprobar que no quería ser de allá, ni de ningún otro lado desde donde viniera un gran pedacito de culpa y origen de tantos males que sufren otros.

Fue así como arribó a Nicaragua, y entre otras cosas ha dedicado sus últimos años y sus esfuerzos a escarbar recursos afuera y adentro para facilitar educación en una zona donde no la había, y de paso y por último recordarle al gobierno su obligación de mirar allí donde no hay lo que debe haber.

No sé por qué, o sí lo sé, pero mi torpeza no me permite explicarlo, este joven cubano y mi amiga Rosa se han unido en un mismo día y en mis ojos, como si las preguntas fueran las mismas, como si fuesen dos jóvenes preguntando igual a muchos años de distancia y lucha. Porque mirando a mi amiga uno intuye que la juventud quizá esté en la resistencia, y la resistencia está en las preguntas de siempre ante el muro, para descubrir la respuesta insensata, la que por sí misma se derrota. Quien llega a ser mayor con las mismas preguntas quizá nunca envejece, ése puede ser el secreto. Decepcionada y todo con las respuestas, aún así, según le dijo a una amiga común, ella quiere, igual que en la canción, que la entierren aquí. Y seguirá preguntando, por ejemplo, sobre dónde se perdió el salario de quien trabaja, y especialmente el salario de los pobres, los mismos a los que se les pide en los carteles chicha de Managua, que estén arriba con el puño en alto. Y ahí están algunos, con el puño en alto y sin salario.

franciscosancho@hotmail.com