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Con profunda tristeza la madrugada del día domingo tres de septiembre, fui informado del fallecimiento de la Dra. María Haydée Flores Rivas, al recibir la noticia me fui de inmediato a darle el último adiós a mi maestra y maestra de tantas generaciones de médicos y abogados de Nicaragua.

Al trasladarme al hospital, donde minutos antes expirara la maestra, era inevitable que navegaran en mi mente muchos momentos inolvidables que me correspondió vivir a su lado; recuerdo que desde el día que la conocí sentí una profunda admiración y respeto por su amor a los demás y por su eterna vocación a la docencia a la cual consagró toda su vida.

A pesar de todas sus carencias económicas, logró ingresar a la escuela de señoritas de Doña Josefa Toledo de Aguerrí, en la ciudad de León, ganando el amor y reconocimiento de tan ilustre personaje. Me contó la maestra que por su facilidad increíble de aprender y escribir, siendo aún adolescente se convirtió en secretaria personal de doña “Chepita” esa relación sin duda la consagró por completo en su vocación por el magisterio, pues doña Chepita no era únicamente su docente sino que llegó a quererla como una hija tal y como se lo hizo saber personalmente el día de su graduación como abogada.

Por su amplio espíritu de superación la maestra logró obtener una beca para estudiar una especialización en Derecho Agrario en México, país Azteca en el cual tuvo el privilegio de conocer al legendario guerrillero Ernesto Che Guevara, quien se encontraba hospedado en la casa de la Dra. Concepción Palacios. Según la maestra durante el poco tiempo que estuvo con el guerrillero pudo conocer su lado humano, con él conversó sobre la necesidad de una política de Reforma Agraria en América Latina y sobre la vida y legado de Rubén Darío. También visitó Israel donde conoció una de las formas primitivas del cooperativismo como eran la organización de los Kibutz, esa experiencia fue transmitida a todas sus generaciones de estudiantes.

Era impresionante que a pesar que los años poco a poco empezaban a limitar muchas de sus facultades físicas, la Maestra no renunció a su vocación de enseñar y permaneció en las aulas de clases hasta que la salud se le fue quebrantando; recuerdo que inicialmente se auxiliada por un bastón y luego llegaba a impartir sus clases en una silla de ruedas.

En la UNAN de León llegó a ser Directora del Departamento de Desarrollo Estudiantil, donde gestionó cientos de becas para estudiantes provenientes de las clases sociales más desposeídas del país. Años después la Maestra fue llamada a ocupar una Magistratura en la Corte Suprema de Justicia, cargo que ostentó por dos años, retornando posteriormente al magisterio.

Quienes la conocimos podemos dar fe de la grandeza espiritual y de la estatura moral de la Maestra, fue una persona excepcional que siempre estuvo dispuesta a servir a los demás sin recibir nada a cambio.

Fueron tantas las horas que estuve a su lado en los últimos años de su vida que aprendí a guardarle un cariño muy especial; recuerdo tantas anécdotas que compartió conmigo de una vida fascinante, perdió a su madre a la corta edad de siete años pero su recuerdo siempre la acompaño como una fuente de luz e inspiración. Era increíble como los años transcurridos desde el día de la muerte de la progenitora no borraron el dolor de su partida, cuando la recordaba sus ojos brillaban y se humedecían de lagrimas con una profunda tristeza, era como si volviera a vivir en ella la niña de siete años; frágil, desprotegida e inocente. Este mismo sentimiento lo expresaba cada vez que visitaba la tumba de su progenitora en el cementerio de Chinandega.

En los últimos años de su vida la salud de la maestra era frágil y quebrantada ingresó muchas veces al Hospital Alejandro Dávila Bolaños; recuerdo la profunda impresión que me llevé en el mes de septiembre al visitarla en la Unidad de Cuidados Intensivos; se encontraba evocando recuerdos de momentos vividos en las aulas de clases: hablaba de los horarios donde debía impartir su materia de Derecho Agrario y Cooperativo, sobre el contenido de sus asignaturas y también mencionaba el nombre de alumnos de generaciones pasadas a quien guardaba un especial aprecio. No hace falta mencionar el nombre de los alumnos que mencionaba la maestra en sus momentos agonizantes, estuvieron con ella en sus momentos de enfermedad y le dieron el último adiós la madrugada de su partida.

La maestra se fue dejando un gran legado no sólo de amor a la docencia, sino también por haber formado a profesionales que la recordarán por siempre con mucha admiración y que guardan sus principios éticos y morales.

Las clases terminaron maestra…llegó el momento de descansar...Que Dios te tenga en su Gloria.


albertocz83@hotmail.com