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La Fiesta del Chivo, más que la fiesta del horror, protagonizada por el dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina en la República Dominicana, junto a una pléyade de sanguinarios y descerebrados servidores, es la fiesta del escritor Mario Vargas Llosa que narra abriéndose paso entre cadáveres como la política, con una prosa deslumbrante, detalle a detalle, cosido con un bordado de luz, que se amarra en cada página con los destellos de su imaginación, pese a que si estudiamos la historia dominicana, observaremos que el narrador pegó en su libro la época de Trujillo dictador.

La obra, publicada en mayo de 2000, desarrolla en 24 capítulos y 518 páginas, tres historias distintas y lazadas entre sí, para contarnos el fin de la era de Trujillo en el poder:

En la primera, la hija del senador Agustín Cabral, hombre caído en desgracia por su falta de pericia en las conversaciones con la iglesia, su demasiado acercamiento a los funcionarios de la embajada norteamericana y, además, golpeado por las sanciones de la OEA a la República Dominicana, Urania Cabral, ayudada por las monjitas del Colegio Santo Domingo, huye de su patria, de su padre y de las vejaciones del Generalísimo, quien se ve obligado a desflorarla con sus dedos, ante la imposibilidad de una erección que le demuestre que es viril a sus 70 años, pues la niña, ofrecida como premio y ofrenda por el padre para levantarse de la ruina política, que sólo el Benefactor de la Patria podía alzar con sus triquiñuelas, jura, después de la barbarie del general, no volver a la tierra para no ver a su padre y desde entonces, todos los hombres le causan repugnancia. Pero un día vuelve, llena de miedo, vacía, sin amor, sin familia, sólo para ver a su padre, acostado en una cama, mudo, casi muerto, en ruinas. Leamos:

“-Te equivocas si crees que vas a salir de aquí virgen, a burlarte de mí con tu padre -deletreaba, con sorda cólera, soltando gallos.

Cogiéndola de un brazo la tumbó a su lado. Ayudándose con movimientos de las piernas y la cintura, se montó sobre ella. Esa masa de carne la aplastaba, la hundía en el colchón; el aliento a coñac y a rabia la mareaba. Sentías sus músculos y huesos triturados, pulverizados. Pero la asfixia no evitó que advirtiera la rudeza de esa mano, de esos dedos que exploraban, escarbaban y entraban en ella a la fuerza. Se sintió rajada, acuchillada; un relámpago corrió de su cerebro a los pies. Gimió, sintiendo que se moría.

-Chilla, perrita, a ver si aprendes- le escupió la vocecita hiriente y ofendida de su Excelencia-. Ahora, ábrete. Déjame ver si lo tienes roto de verdad y no chillas de farsante”. (Vargas Llosa: pág. 509).

En la segunda, se detallan todos los métodos y mecanismos con que el dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina ejerce el poder en República Dominicana, cuyo rostro de barbarie lo encarna el coronel Johnny Abbes, flamante director del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), a través del cual van desapareciendo o tratan de desaparecer a opositores políticos, pastores de la iglesia, avezados periodistas, enemigos vecinos, amigos desleales y traidores, etc. Cada madrugada hay un informe militar del director del SIM que presenta la realidad cotidiana de la República Dominicana. Leamos:

“El coronel Johnny Abbes había dejado sobre su escritorio el informe de cada madrugada, con ocurrencias de la víspera, previsiones y sugerencias. Le gustaba leerlos; el coronel no perdía tiempo en pendejadas, como el anterior jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), el general Arturo R. Espaillat, Navajita, graduado en la Escuela Militar de West Point quien lo aburría con sus delirios estratégicos…

…Tenía treinta y cinco o treinta y seis años, pero parecía viejo. No había ido a West Point ni a escuela militar alguna, no lo hubieran admitido pues carecía de físico y vocación militar. Era lo que el instructor Gittleman, cuando el Benefactor era marine, llamaba, por su falta de músculos, su exceso de grasa y su afición a la intriga, “un sapo de cuerpo y alma”. Trujillo lo hizo coronel de la noche a la mañana al mismo tiempo que, en uno de esos raptos que jalonaban su carrera política, decidió nombrarlo jefe del SIM en reemplazo de Navajita. ¿Por qué lo hizo? No por cruel, más bien, por frío; el ser más glacial que había conocido en este país de gentes de cuerpo y alma calientes. ¿Fue una decisión feliz? Últimamente, fallaba. El fracaso del atentado contra el Presidente Betancourt no era el único; también se equivocó con la supuesta rebelión contra Fidel Castro de los comandantes Eloy Gutiérrez Menoyo y William Morgan, que resultó una emboscada del barbudo para atraer exiliados cubanos a la isla y echarles mano. El Benefactor reflexionaba, hojeando el informe entre traguitos de café”. (Vargas Llosa: pág. 79)

En la tercera historia, un grupo de cuatro conspiradores venidos de su mismo régimen, emboscados carretera a San Cristóbal, lugar donde el Generalísimo tenía su famosa Casa de Caoba, para servirse en privilegios y fiestas especiales que hacía a las hijas o mujeres de sus funcionarios, para no verse enfrascados en las ruinas que el poder provoca en sus servidores. Esa noche, una vez muerto el General Trujillo en esa emboscada, el plan consistía en que “una vez eliminado el Chivo, estarían dispuestos a colaborar en la reconstrucción política, la liquidación de toda la hez sobrante del trujillismo, la apertura, la Junta cívico-militar que, con el apoyo de los Estados Unidos, garantizara el orden, cerrara el paso a los comunistas, llamara a elecciones…” (Vargas Llosa, pág. 124).

Ahora, la fiesta del escritor y su lengua, su prosa apabullante, se concreta con el Premio Nobel, tan bien merecido, un clásico contemporáneo que prorrumpió en la literatura hispanoamericana con Los jefes, y selló su gran narrativa de la violencia, de las luchas contra el poder, con La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral. La truculencia de su narrativa está de fiesta: lo magistral de sus obras hablan por sí mismas. ¡Ha ganado el escritor! ¡Ha ganado la lengua!