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Quienes tienen derecho a usar la
violencia en el más alto grado,
son los pueblos que quieren su libertad.

Juan Domingo Perón.

En tres años, Correa ha dado un golpe de Estado técnico institucional, con la habilidad escénica requerida para que no fuese detectado por la mayoría de los ciudadanos.

En noviembre de 2006 fue elegido por primera vez presidente de la República, sin presentar candidatos a la elección de diputados.

El 8 de marzo de 2007, convoca a una Asamblea Constituyente, por consulta popular, para que elabore una nueva Carta Política, pero, con el poder de disolver al Congreso y de asumir, también, funciones legislativas (el Tribunal Supremo Electoral destituye 57 diputados adversos a Corea). Si ganaba el no, Correa dimitiría. Ganó el sí con el 81.7 % de votos.

El 30 de septiembre de 2007, con el 63 % de los votos, logra que elijan a 80 partidarios suyos en una asamblea constituyente de 130. El nuevo texto constitucional judicializa la labor de prensa, y coarta la libertad de expresión; disuelve el Congreso; ratifica a Correa en la presidencia y le permite ser reelecto por otro período cuatrienal consecutivo; le reviste de capacidad plenipotenciaria para emitir decretos urgentes en materia económica, disolver el legislativo, formular en exclusiva –al margen del Banco Central- las políticas monetaria, crediticia, cambiaria y financiera; crea el “poder ciudadano” como cuarto poder del Estado; los partidos políticos tendrían que inscribirse de nuevo en el Consejo Supremo Electoral.

El 28 de septiembre de 2008, vence, con el 63.9 % de votos, la convocatoria a un referéndum en el que se aprueba la nueva Constitución.

El 27 abril de 2009, fue reelegido como presidente con el 51,1% de votos.

Al inicio de su gestión, Correa tenía, en enero de 2007, el apoyo del 73 % de la población. En mayo de 2010, este apoyo era del 56 %. En junio, era del 40 %. En agosto, del 38 %. Esta caída estrepitosa se debe al escándalo de los contratos estatales millonarios que le fueron adjudicados a Fabricio Correa, hermano del presidente. A los excesos represivos de la policía contra un ciudadano que insultara a Correa (y que éste siguió en las calles para reclamarle). A la constante confrontación de Correa con los medios de comunicación. A la ruptura de relaciones con las organizaciones indígenas más poderosas de Ecuador (CONAIE). Al bloqueo de sus iniciativas en la Asamblea Nacional (por sus mismos partidarios, que le niegan que gobierne por decretos). A la falta de soluciones a la crisis económica.

En septiembre de 2010 se da la huelga de policías. Toda huelga encierra en germen una sublevación violenta. La línea que contiene un paro sindical de labores, de la sublevación abierta, usualmente viene trazada a golpe de cachiporras por la propia policía, con el plasma brillante que cae de las cabezas rotas.

En este caso, cuando es el agente represivo, por excelencia, el que se pone en huelga, es comprensible que el vacío represivo desconcierte y despierte el sexto sentido de cualquier gobierno burgués (que con la frente bañada por la ansiedad vuelva sus ojos al cielo y busque el grosor de la hebra de crin que sostiene la afilada espada sobre su cabeza).

Al momento que se conoce la huelga policial, el jefe del comando conjunto de las Fuerzas Armadas de Ecuador, general Ernesto González, llama a la policía y a los militares que encabezan las protestas a deponer su actitud y a que se preserve el Estado de Derecho. Su discurso, como una brizna de sol, despeja de inmediato los nubarrones que presagiaban tormenta.

El general coloca la clave de vuelta, y equilibra las tensiones que soportan estructuralmente al Estado: “El ejército se mantiene subordinado al poder civil”. Es la dovela fundamental que, en esos momentos, asegura la arquitectura del poder pequeño burgués de Correa.

Como método de protesta, los policías no saldrían a las calles a realizar su trabajo, hasta lograr un acuerdo con el Gobierno. Emprendían, pues, una pasiva huelga de “cachiporras caídas”, dentro de sus cuarteles centrales.

Ningún golpista, desde que abandona el corralito donde gatea de niño, se expondría de nuevo a verse cercado, perdiendo de antemano la iniciativa táctica. De modo, que la policía de Ecuador no daba ningún golpe de Estado tomando sus propios cuarteles.

Ello, además, va en contra del inconsciente colectivo de las masas, que perciben a la policía de Ecuador como la institución más corrupta, inepta e indiferente ante la criminalidad creciente.

Los miembros de la policía han pasado, de 26 mil en 2002, a 42 mil en 2010. La tasa de homicidios ha crecido a la par, de 10 homicidios cada 100 mil habitantes, en 2005, a 20 homicidios cada 100 mil habitantes en 2010 (y menos del 1.3 % de estos homicidios, termina con una sentencia de condena, lo que constituye una de las más bajas tasas de eficacia policial a nivel mundial). El 70 % de esas muertes, corresponden a asesinatos a sueldo. El 40.1 % de los hogares ha sido víctima de un acto delictivo, sin que la policía haga nada. Esto explica por qué se han formado 600 agencias de seguridad privada, la mayoría informales, cuyos miembros duplican a los efectivos policiales. No obstante, el presupuesto de la policía de Ecuador se ha triplicado en estos años (hasta alcanzar la suma de 330 millones de dólares), destinados, fundamentalmente, al pago de sueldos. Un policía promedio percibía un ingreso mensual de 355 dólares en 2006. En 2010, el mismo agente tiene un ingreso que oscila entre 792 y 1,400 dólares, mientras el salario mínimo, en Ecuador, es de 240 dólares. De manera que Correa ha formado una burocrática policial en la sociedad.

Luego que Correa triplicara sus salarios en dos años, sin una reforma policial que sometiera a la institución a la sociedad civil, que la descentralizara en delegaciones distritales accesibles a la población (aboliendo sus cuarteles de carácter militar), sin que le impusiera parámetros de resultados en el resguardo de la seguridad ciudadana, sin que se depurara de elementos comprometidos con la corrupción y el soborno, los agentes se acostumbraron a recibir regalías en ascenso.

Correa ha creado una gigantesca célula enferma, parasitaria, que se invagina sobre la sociedad para engullir prebendas. Las vesículas policiales no devuelven nada a su entorno extracelular.

Con la iniciativa de Correa, de reforma del servicio civil, aprobada por la asamblea nacional a finales de septiembre, se eliminan los regalos navideños para los hijos de los agentes, la bonificación económica anual, las condecoraciones por antigüedad, de 800 dólares cada cinco años (que implican 30 millones de dólares de ahorro en el presupuesto). El organismo policial de Ecuador, constituido por una institución armada que ocupa el cuarto lugar entre las policías más corruptas de Latinoamérica, resiente estas restricciones como una carencia de elementos vitales, que trastorna su ingeniería molecular parasitaria. A pesar que Correa introduce, a la vez, una nueva propuesta de incremento salarial para la policía.

Si la policía preparara un golpe de Estado, al ver que el propio presidente se introduce en el cuartel del regimiento 1 de Quito, y realiza una arenga en la que les llama cobardes, se preguntaría si el mismo Correa no es quien encabeza el complot. Sólo faltaba, además del desplante de abrirse la camisa, que se amarrara a sí mismo en calidad de rehén.

Correa aprovecha la huelga policial para montar personalmente, tras la neblina de los gases lacrimógenos, una comedia con el título de música ranchera: “No habrá perdón ni olvido”. Al final de la obra, sacudiría a la policía, enjuiciando a su gusto a los elementos independientes al oficialismo. Con una labor de higiene política, especial, en el sector crucial de “inteligencia”. Después del rescate del ejército, la policía yacería inerme, con la yugular resignadamente expuesta al colmillo del gobierno populista.

Al caer el telón, la OEA se levanta eufórica de sus asientos; su secretario, el chileno Insulza, visita a Correa en los camerinos; Obama le manda al escenario un ramo de flores; y Unasur pide un repriss y le contrata para una gira triunfal.

Correa, carente de ideología, resulta impredecible, con un instinto de cazador primitivo, solitario, que no ha sido domesticado todavía. Especialista en poner trampas en lugares estratégicos.

No obstante, la triste realidad económica y social de Ecuador no se presta al escamoteo ilusorio de una pobreza que cubre, con las diez plagas del éxodo, los hombros curtidos de sol de más del 60 % de la población.

El 43 % de los ciudadanos exige la revocación inmediata del mandatario.

Correa, al amanecer, muestra la espalda plateada y la cabeza alargada del gorila. Frente a una población que ha derribado a tres presidentes en ocho años, requiere afianzar el poder con un gobierno bonapartista clásico, que controle directamente a la policía y al ejército.

Para este nuevo acto, los populistas y burócratas del continente han reservado asiento en primera fila.


*Ingeniero eléctrico