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Los llamados tratados de libre comercio (TLC, nomenclatura gringa; ALC, nomenclatura europea) son instrumentos jurídicos diseñados por los países del centro capitalista (USA y la Unión Europea, especialmente) para consolidar la implantación del modelo económico neoliberal en la periferia, desarticular en estos espacios sus encadenamientos productivos, apoderarse de sus mercados de consumidores y de sus recursos estratégicos. Todo ello utilizando un cuento para tontos sobre algo que no existe en el actual mundo globalizado: el libre comercio.

¿Quién ha oído hablar de un TLC entre China y USA, o entre China y la Unión Europea? Los chinos nunca cayeron en esa trampa cazabobos. Con un TLC de esta naturaleza no hubieran alcanzado el crecimiento espectacular de sus últimos 25 años; y estarían como México, un país de mediana industrialización que se convirtió en país maquilero y devastó sus producción agrícola endógena. Y ha llevado su decadencia hasta terminar con una superestructura política de narcoEstado.

Cuando a mediados de los 80 China decidió transitar hacia el capitalismo, estaba en auge el modelo neoliberal promovido a nivel mundial por el eje Reagan – Tatcher. La dirigencia china tuvo suficiente lucidez para rechazarlo y asignarle al Estado la función de rector estratégico de las reformas de mercado. Primero, elevó tarifas para proteger el conjunto de su mercado interior y subordinó bajo estricto control estatal la banca y las instituciones financieras. Después, acotó para la inversión extranjera espacios en su producción ligera e intermedia y definió las reglas de la inversión. A inicios de los 90, una delegación china asistió a DAVOS y le planteó a los representantes del gran capital corporativo: “Les invitamos a invertir en nuestra industria ligera e intermedia. Van a obtener grandes ganancias si adoptan las reglas del juego”.

Las reglas que ya estaban funcionando para los capitalistas chinos de la diáspora, fueron expuestas: a) inversión en la industria ligera e intermedia para la exportación y el mercado interior; b) encadenamientos con la producción primaria y la industria pesada nacional; d) transferencia tecnológica en los ámbitos de la inversión; e) garantías de estabilidad política y control de salarios; f) libre remisión de utilidades.

Los capitalistas de DAVOS hicieron sus cálculos, se frotaron las manos y buena parte de la inversión extranjera directa que circulaba entre los países del Norte se dirigió a China. Paralelamente, el gobierno chino promovió las inversiones en los mismos sectores productivos, de capitalistas nacionales y empresas mixtas. Lo demás es historia bastante conocida: con las polarizaciones características del capitalismo, 25 años de crecimiento sostenido del PIB con tasas de 8 – 10 %. La tercera o segunda economía industrial del mundo. El único país que durante la crisis actual ha seguido creciendo con tasas elevadas, gracias al control estatal de su sistema financiero. Una inmensa cantidad de reservas en valores monetarios internacionales.

Desde un país como Nicaragua, que necesita insertarse selectivamente en el mercado global buscando construir y no destruir su mercado interior, es imposible no mirar hacia China en términos de intercambio comercial o de fuente de inversiones. Pero esa mirada debe tender a buscar un socio comercial e inversionista y no un nuevo colonizador.

El problema está en que nuestros burócratas neoliberales padecen de una suerte de disfunción cerebral, y cada vez que piensan en relaciones comerciales les salta un reflejo condicionado: ¡Un TLC! ese instrumento concebido para profundizar las asimetrías entre prósperos y atrasados. Sería una torpeza gigantesca firmar un TLC con China. Brasil y Argentina tienen a China como su primer socio comercial y no se les ha ocurrido la estupidez de negociar un TLC con China. Ecuador, Venezuela y Brasil están concertando importantes inversiones con China y no están dispuestos a firmar un TLC con ese país.

Con China necesitamos dos acciones concertadas muy simples. La primera, un acuerdo comercial sencillo. Que ellos nos bajen sus tarifas para unos cuantos productos que tenemos interés en exportar; y nosotros, que ya tenemos una tasa promedio bajísima de desgravación tarifaria, les permitamos la entrada de igual cantidad de productos que ellos quieran colocar en nuestro mercado, preferiblemente máquinas – herramientas para la agricultura. Nada más. Nada que tenga que ver con agregar esos capítulos leoninos que incluyen los TLC o ALC elaborados por USA o la Unión Europea: inversiones, servicios, contratación pública, propiedad intelectual, etc.

La segunda acción que nos interesaría concertar sería la de las inversiones. Para ello, en vez de un acuerdo general, debemos proponerles proyectos específicos de inversión, con un alto grado de elaboración de forma que evidencien su atractivo en términos de rentabilidad; acompañados de unas cuantas reglas para el arbitraje de diferencias (nada de CIADI, un árbitro por país y un tercero de mutuo acuerdo). Y ya, con China no necesitamos acordar nada más.

Y paremos de una vez para siempre esa vocación orgiástica hacia los TLC.