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Desde hace algunos años, el Ministerio de Educación introdujo el Programa de Consejería Escolar. Aunque los tiempos y contextos del país han venido cambiando, todo hace indicar que tal Programa ha alcanzado carta de ciudadanía, siendo que la problemática a la que responde, cada día se percibe con mayor fuerza y presencia en el mundo infantil, adolescente y juvenil del país. Las reformas curriculares del país, tradicionalmente, han enfatizado la programación de contenidos de aprendizaje y, aunque técnicamente los distribuyan en contenidos declarativos, procedimentales y actitudinales, lo cierto es que, ya en el aula, su concreción acaba por simplificarse y reducirse a los ámbitos más fáciles de transmitir: los contenidos declarativos y, en mucho menor grado, los procedimentales y actitudinales.

En síntesis conviven tres tipos de currículos: el currículum explícito que se expresa en los programas y que, en la práctica, se reduce a meros conocimientos; el currículum implícito-oculto que, con los ejemplos y modelos de antivalores que recibe la niñez y adolescencia, suele contradecir al primero; y el currículum nulo, representado por la cantidad de contenidos, actitudes y valores que deberían ser enseñados pero son omitidos. Tal contradicción merece ser atendida, de manera que la calidad de la educación considere, también, los valores y actitudes.

Frente a este grave desencuentro, las nuevas sensibilidades y demandas que los jóvenes plantean, superan con mucho lo que, hasta ahora, ofrecen los centros educativos. Esta realidad obliga a replantear las transformaciones curriculares, trascendiendo el simple diseño técnico, para alcanzar también los procesos que conducen a su concreción práctica en el centro educativo. Esta perspectiva integral se interesaría en que, a la par de aprendizajes útiles, se moldeen actitudes y desarrollen valores humanos y ciudadanos en la práctica. Estas nuevas sensibilidades educativas, que debieran ser compartidas por la acción de directores y docentes, recargan cada día más a la Consejería Escolar. Sus funciones sumamente nobles, se complejizan cada día más, mientras el alumnado, los docentes y la familia reclaman, no siempre con la comprensión debida, su orientación y apoyo.

La formación que reciben actualmente los Consejeros y Consejeras en el Diplomado que están cursando, con la participación del Consorcio de las Universidades URACCAN, BICU, UCA y UNAN León, y el impulso y apopo del MINED y el UNFPA, bajo la Coordinación del IDEUCA, está aportando mayor solidez y calidad a este trabajo tan sensible y, con frecuencia, tan poco valorado. Los mil Consejeros y Consejeras que se preparan este año y los mil trescientos que se formarán en 2011, estarán en mejores condiciones para realizar su trabajo.

Esta Consejería toca la veta más sensitiva de la realidad educativa, que atañe a la comunidad de personas movidas por aspiraciones, logros, tensiones y contradicciones. Su papel educador y proactivo, más que clínico y curativo, encuentra en el camino escollos y dificultades. Apoyar al alumnado en su propia comprensión y autoestima y en actitudes que han de gestar valores; proporcionarles estrategias que alienten su liderazgo y protagonismo; incidir para que perfilen una personalidad y carácter equilibrados y proactivos; colaborar para que conozcan y apliquen sus deberes y derechos como estudiantes y ciudadanos, se rijan por patrones de cultura de paz, tolerancia y resolución de conflictos, y superen sus dificultades de aprendizaje. Acompañar a los colegas docentes para que comprendan y actúen como educadores ante los problemas que surcan las mentes y conductas del alumnado con una pedagogía sicoafectiva; iluminando caminos de actuación a padres-madres de familia que no saben asumir su rol primigenio de educadores; incidir en la orientación vocacional y profesional de los jóvenes y en la precaución con que deben emplear la tecnología, con la que conviven a diario, siempre en beneficio de las personas; detectar, orientar y referenciar a centros e instituciones especializadas, tantos casos de violencia que detectan en las aulas.

Estas y otras funciones de la Consejería Escolar reclaman una selección cuidadosa de personas con inteligencia emocional, vocación de servicio y valores expresos, en tanto este contacto e incidencia en las fibras más profundas de los educandos y de la comunidad educativa reclaman, no sólo talento, sino sobre todo talante, vocación y pasión por la educación y la formación de la persona humana. Estamos, aún, a tiempo para actuar con previsión y capacidad frente a las influencias globales inevitables que actúan en la niñez y juventud, con las tensiones y distorsiones que provocan en ellas, la violencia de sus derechos cada día en aumento en el entorno familiar y social; el peligro de los usos indebidos que puedan hacer de la tecnología; la violencia y chantajes entre jóvenes y al interior de los centros educativos, etc. Todo ello está a las puertas, si no es que ya ingresó a los centros educativos. La educación urge de una transformación curricular replanteada, integral, no sólo de diseño, sino sobre todo de acción y concreción. Ya va en camino una Consejería Escolar con vocación y mayor preparación. Pero esto no basta, también requiere de fondo de tiempo en el que puedan, efectivamente, cumplir con su compleja misión, mucho más allá del aula y de su grupo de clase.