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La posibilidad de la incertidumbre es una de las características más apreciables en los procesos electorales. Esa característica sí, solamente es posible encontrarla en elecciones auténticamente democráticas de las que los nicaragüenses hemos sido despojados. Ser protagonistas y testigos de comicios para elegir las autoridades que administren la cosa pública, si bien es una conquista ciudadana que data de poco más de dos siglos, en Nicaragua sigue siendo- volvió a ser- una reivindicación.

Las recientes elecciones parlamentarias en Venezuela y las presidenciales en Brasil, mostraron al mundo dos modelos distintos marcados por el sello y la conducta de los actuales presidentes de cada uno de esos países. Criticable una y plausible la otra. Como quiera que sea, Chávez maniobró de previo para asegurarse una ley electoral acomodada a sus intereses y así, obteniendo menos votos del total, se aseguró más diputados que la oposición. Pero menos de los que quería. Se sabe que en la Venezuela de Chávez se cambian los términos convencionales. El que pierde, gana. Manía nada ingenua la del Teniente Coronel que ya antes mandó a invertir la dirección de caballo del escudo nacional para orientarlo a la izquierda, porque dice él que allí se ubica políticamente. Pero a pesar de todo, el pintoresco presidente venezolano al menos se ve obligado a guardar las apariencias reprimiendo o postergando su esencia dictatorial.

En cambio, Lula con un 78 % (¡78 %!) de popularidad después de dos mandatos presidenciales, rechazó promover la reforma de la Constitución para buscar su reelección. Sin duda recibió consejos para que lo intentara, pero la entereza democrática del Presidente brasileño es lo suficientemente sólida como para ignorar esas provocaciones.

Pero en ambos casos las sorpresas han sido agradables para los demócratas latinoamericanos. Primero, porque en Venezuela se ha hecho claro que una mayoría de los votantes (el 52 %) rechaza el proyecto chavista y la oposición tiene ahora al menos la posibilidad de poner coto a los abusos que comete Chávez en nombre del indefinido proyecto denominado “socialismo del siglo XXI “.

Y en Brasil, porque la mayoría de votos obtenidos por Dilma Rousseff, la candidata del Partido de los Trabajadores, es un espaldarazo a la gestión indiscutiblemente exitosa de Lula, pero además porque la aparición de Marina de Silva, candidata presidencial del Partido Verde con un porcentaje de 20 % es absolutamente saludable para la democracia brasileña y asegura la presencia de una óptica crítica desde posiciones progresistas nada despreciable estadísticamente, especialemnte contra la amenaza de la corrupción en la gestión pública en un eventual gobierno de Rousseff.

Hay que recordar que Marina Silva fue miembro del PT e incluso Ministra del Ambiente del Presidente Lula hasta el año 2008, cuando renunció para ingresar después al Partido Verde Antes, como concejal en el estado de Acre, denunció y regresó las prerrogativas materiales que los demás concejales recibían.

Pero la otra enseñanza de la experiencia venezolana es que solamente la movilización ciudadana es capaz de frenar los proyectos totalitarios. En Venezuel a lo largo de los últimos cinco años la oposición se ha mantenido constantemente movilizada, convergiendo en la acción hasta materializar en octubre del año pasado la alianza electoral de quince partidos políticos, agrupados en la ‘Mesa de la Unidad’, que logró el cincuenta y dos por ciento de los votos.

Fueron reprimidos, amenazados, chantajeados y sufrieron varias zancadillas. Allá como aquí, los respectivos Presidentes no ahorran calificativos ni recursos para denigrar a la oposición. En Venezuela como en Nicaragua se inventan amenazas y conjuras para en nombre de una supuesta Revolución amenazar y reprimir.

La oposición venezolana también ha cometido errores, pero al final consiguieron una importante victoria. Y en el camino a conseguirlo, privó, como ellos mismos lo han señalado, “la racionalidad política “.

Ahora que nos aproximamos a un nuevo evento electoral en Nicaragua, si no es que finalmente Ortega decide mandar al traste de una vez por todas el precarísimo y lánguido Estado de Derecho, es necesario tener en cuenta estas experiencias.

Qué estimulante ha sido la victoria de la oposición venezolana y que saludable se ven la democracia y la economía brasileña. Qué temeroso se ve Chávez y qué gigantesco el ejemplo de Lula.